Pasado, presente, futuro. Tres caminos: una vida.

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domingo, 23 de febrero de 2014

8.03 - Martín

La Vita Strangiato — “The Waltz of the Shreves”







La mayor parte del trabajo práctico —el cual habían titulado «La Marcha Triunfal: una exploración del género operístico a partir de “aïda”»— estaba terminado. Pozzini les había dado el visto bueno y sólo quedaba ajustar el formato y disimular un poco más el copiado-y-pegado, corroborar las fuentes y compilar la bibliografía y, por supuesto, redactar una conclusión. Teresa había decidido ocuparse de la primera tarea y Fernando se había ofrecido para la segunda antes de que alguno de sus compañeros decidiese encargarle la más penosa. A pesar de lo innecesario de una última jornada —lo que restaba de trabajo era fácilmente ejecutable en forma individual—, habían optado por reunirse nuevamente.

      Mientras tanto, Teresa seguía sentándose al frente con el resto de las Sopranos de Coloratura y, si bien continuaba acatando los caprichos de Amanda Grossi con suma diligencia, lo hacía desde una posición imperceptiblemente altiva. Fernando ya no se molestaba en hacer rabiar a María Vistarini a través de sus irritantes mañas —aunque, claro, la paciencia de la chica se rebasaba por su propia cuenta.

     Martín podía observar un claro parecido entre las lideresas y se preguntaba si en el pasado no habrían sido amigas y en cómo —y cuán violentamente— se habría quebrado esa relación. Ninguna osaba cruzar palabra con la otra y ambas se habían hecho de un pequeño acorazado de acólitos recientemente rajado; sus compañeros de trabajo se deslizaban fuera de las barreras que sendas chicas habían forjado contra el resto de su curso y algo le decía que se trataba de una caída libre. Una suerte de vibración se había forjado entre los tres y Martín estaba seguro de que ésa era la fuente del quiebre que se (evidenciaba) ensanchaba cada día más.

     Sin embargo, su alianza era silenciosa. Dudaba que Fernando fuese a intercambiar su lugar con el de Bruno Stecchi o que Teresa arrimase un banco a su izquierda. Había un sistema de castas del que nadie podía hacer caso omiso —al menos, no explícitamente. Las juntadas en las que trabajaban, cocinaban y reían —esbozando algo que transgredía lo que hasta entonces les significaba la «amistad»— eran tan clandestinas y (socialmente) peligrosas como ocultar judíos en el sótano durante el Tercer Reich.



***



Al día siguiente del «incidente Memory» —como había denominado al ataque a sus sentidos a causa de una mujer cantando vestida de gato—, había decidido dar por finalizada su hipocresía musical. Elaine Stritch no cantaba, gritaba, y cuando no chillaba las palabras, simplemente las decía de una manera muy extraña. Company no era relajante ni interesante, era un montón de personas queriendo decir un montón de cosas al mismo tiempo. Prefería música convencional, un buen rock en el que importase más el solo de batería que el mensaje que las letras intentaban enviar. Además, ¡a él no le gustaban los musicales! Había concluido que eran demasiado peligrosos y no tenía intenciones de seguir revolcándose allí donde la mierda emocional ya se había petrificado. Estuvo a punto de borrar la carpeta «Musicales» que había copiado de la computadora de Cito, pero algo dentro de él seguía dando vueltas, incapaz de convencerse.

     Ya habían pasado dos semanas de eso cuando se agachó para cambiar de radio a auxiliar al equipo de música que estaba junto a la puerta de la cocina, de cara a la mesa del living comedor donde sus (amigos) compañeros se sentarían en cosa de media hora. Enchufó el celular y puso a reproducir Grace Under Pressure, el único álbum de Rush que había escuchado de entre toda la discografía que Cito había traspapelado entre sus comedias musicales. El aleatorio eligió empezar por The Body Electric y se dejó caer en el sillón. El colgante del Hombre y la Estrella levitó por unos instantes hasta caerle en el ojo. Martín refunfuñó y lo apartó, sin antes dirigirle una mirada nostálgica que la música no consiguió arrancarle. Ya había pasado... ¿cuánto? ¿Un mes? ¿Era suficiente o cuánto más de la vida de una persona tomaba el duelo? La madre de Cito había logrado recomponerse, al menos rudimentariamente, en menos de una semana. Claro que bien podía haber sido un montaje. Aún recordaba los golpes convulsos que lo habían dejado fuera de combate cuando esa una semana finalmente hubo terminado. No, se dijo Martín, acomodándose en su asiento, no había manera en que la señora Pérez pudiera haber estado bien aquel día; ella era su madre, pero, ¿tenía él derecho a seguir llorando por los rincones? Era su mejor amigo, porsupuesto, pero ¿era sano seguir sintiendo un escalofrío cada vez que tocaba esa puta estrella?

     Sonó el timbre y ni se molestó en atender por el portero —el aparatejo funcionaba cómo y cuando quería.

     Si bien faltaban veinte minutos para la hora, a Martín no se le ocurrió que pudiera ser raro. Sus compañeros no se caracterizaban por ser puntuales, pero ésta podía ser una excepción. Puesto que no había una exposición formal, el trabajo moriría allí, entre notebooks y gaseosas; el resultado, nada más allá de una laboriosa introspección. Las investigaciones se comentarían en voz alta a la clase siguiente de la devolución final, pero nada más. Nada de afiches, nada de división del material para hablar —se bajaba el telón, pero no seguían aplausos. Sus amigos no se irían hasta después que anocheciera, estaba seguro.

     Atravesó el pasillo y pasó tres casas antes de llegar a la puerta de vidrio esmerilado del frente.

     —¡Por una vez temprano! —empezó a decir mientras abría—. ¡Se viene el mundo abajo!

     Estuvo a punto de dejar que el cristal impactase contra la pared, pero un reflejo hizo que su mano atajara la puerta a último momento. El resto de Martín se había detenido.

     —Hola —dijo la señora Pérez—, ¿puedo pasar?



***



Había quitado Rush y la habitación se había llenado de silencio. La madre de Cito había rechazado amablemente la bebida que Martín le había ofrecido y aún no había explicitado sus razones para estar allí —tal y como él mismo en un principio se había abstenido de revelar sus intenciones al invadir su departamento. La mujer observaba el departamento con ojos ausentes, como intentando mirar a través del tiempo, recordando las veces que había estado allí tomando mates con la madre de Tincho o riendo en cenas de amigos-casi-familiares en aquella misma mesa a la que ambos estaban sentados. Había un velo opaco entre esas imágenes y lo que podía ver ahora; la tela psíquica era tan pálida e intensa como su reflejo en la jarra con agua que los separaba.

     Martín se sirvió.

     —¿Está segura de que no quiere?

     La señora Pérez negó con la cabeza.

     —Tendría que estar en la oficina ahora mismo, pero quería traerte esto.

     Extrajo de su bolso dos paquetes envueltos en un papel de regalo con motivos musicales. El poderoso perfume del primero de ellos evidenció su contenido.

     —Lo prometido es deuda —dijo la mujer, extendiéndoselo; Martín la miró por unos momentos antes de aceptarlo. —Cuando se vuelva a ensuciar, me lo podés mandar. Preferiría ser solamente yo la que la lave.

     Intercambiaron una mueca extraña —una sonrisa de supervivientes— y Martín rompió el envoltorio con manos temblorosas. Ahí estaba la bendita campera, blanca como una hoja en blanco, destilando su peste a no-canela como una mentira flotante. Si había alguna metáfora para lo que ahora representaba su amigo, era aquella prenda. Reprimió el impulso de abrazar la campera y, en cambio, estrujó la mano que la señora Pérez había dejado sobre la mesa.

     —Juan dejó esto para vos —le dijo tras un suspiro entrecortado, deslizando el segundo bulto.

     Sus dedos se movieron sobre el papel, ajenos a su consciencia. El paquete era pequeño, como del tamaño de un CD, y fue, efectivamente, la caja de un disco doble lo que apareció debajo de unas claves de sol.

     —«Versión Musical de Jeff Wayne... “La Guerra de los Mundos”» —leyó Martín, ahogando un ¿qué carajos? hacia el final de la frase.

     —Era su musical favorito —explicó la madre de Cito. —Le costó mucho encontrar una versión doblada, pero estaba emperrado en regalarte ésta —se sonrió y su cara se llenó de color. —Sabía lo mucho que odiás el inglés y quería asegurarse de que lo entendieras.

Con aquel último y críptico comentario, la señora Pérez se incorporó.

     —Bueno, mejor me voy yendo antes de que se den cuenta que no salí a comprar café.

     —Ahí te abro.

     Recorrieron el pasillo en silencio; Martín pensó que sencillamente no había más que decir. La mujer avanzaba con un paso más ligero y seguro, como si se hubiese liberado de un peso importante —arrojándoselo a él y dejándole bastante en qué pensar.

Entonces, ¿después de todo sí iba a contarle sobre sus actividades secretas? No tenía idea de cómo podía hacerse una «versión musical de “La Guerra de los Mundos”», ni tampoco quién era Jeff Wayne, pero Celeste le había dicho que existía una comedia musical sobre Spider-Man. Se suponía que había lugar para todo lo que uno pudiera imaginarse, pero los marcianos no cuadraban con su imagen de gente cantando y bailando (no) incoherencias. Sin embargo, algo así no acababa de parecer extraño en Cito. Le parecía más lógico que Company y mucho más sano que lo que el incidente Memory le había representado a su psique.

     Para cuando hizo girar la llave en la cerradura de la puerta del frente, Martín ya estaba seguro de que a partir de ese disco podría completar los espacios vacíos en la historia de su amigo. Lo marchoso de la señora Pérez se le había pegado e incluso le dedicó una sonrisa antes de abrazarla para despedirse. El contacto duró hasta rozar el límite en que hubiera sido incómodo o forzado, pero no acabó de rebasarlo. Se había acumulado una nube de pesar cuando se habían encontrado en el velorio de Juan, ya un mes atrás, pero ahora los rodeaba un aura de felicidad que ninguno de los dos podía acabar de comprender. En un pensamiento relámpago, Martín comprendió que no importaba cuándo dejara de llorar por los rincones, que quizá siempre sentiría un estremecimiento cada vez que minimizara la ventana del navegador y los viese juntos en el fondo de pantalla. Todo eso sólo llegaría a aplacarse un poco, pero el sentimiento —junto con lo que Cito había dejado de su espíritu en la Tierra— jamás moriría. Su amigo, su madre y él eran sobrevivientes, y de eso se trataba. El duelo no era contra el pesar en un momento de debilidad, era una lucha constante de la que uno no podía acabar de salir airoso pues no era ése el objetivo. El duelo era contra la mortaja que había querido ceñirse sobre él a lo largo del día cero y que de a ratos le nublaba la vista a la señora Pérez; era contra dejarse estar. Se tomaron de las manos y se las presionaron, afirmándose que ninguno de los dos daría el brazo a torcer —nunca.

     —¡Casi me olvidaba! —exclamó la mujer, ya a un par de pasos de distancia. —¡Feliz cumpleaños!

     Lo saludó con la mano y Martín le devolvió el gesto como por inercia. Antes de que pudiera acabar de pensar en cómo carajos podía habérsele olvidado que hoy cumplía años, se escucharon unos gritos a la distancia. La inconfundible voz de Teresa le gritaba, muy seguramente, a Fernando. Sus compañeros forcejeaban con una torta y un encendedor mientras doblaban por Santa Fe.

     —¡Dejala quieta que no puedo encender las velas!

     —¿No podés esperar un poco para hacer eso? ¿Cómo a que lleguemos a la casa o podamos apoyarla en algún lado o algo?

     —¡No, sino no va a ser sorpresa!

     Para entonces ya habían cubierto la mitad de la cuadra y Martín los observaba apoyado en la puerta, con un aire a mitad de perplejo y divertido. Fer soltó una risotada y Tere lo fulminó con la mirada. Así, en mitad de la calle, entonaron una muy triste interpretación del Feliz Cumpleaños a la que algunos transeúntes se sumaron, deteniéndose para cantar o aplaudir.



***



—Supongo que por esto querían juntarse una última vez —dijo Martín. —Porque otra no se me ocurre.

     Había decidido que no pondría La Guerra de los Mundos hasta que estuviese solo. Mientras tanto, Teresa le había permitido que dejara Rush, pero «¡Sólo por ser tu cumpleaños!». La torta —de la cual los tres ya se habían servido— era artesanal, como lo evidenciaba el desnivel hacia la izquierda y el torpe Felis Cumple!, autoría de Fernando. No obstante, como todo lo que hacían sus amigos, estaba riquísima. Eran dos esponjosos pisos de chocolate intercalados por crema de maní, coronados por un baño de chocolate y rodeados por obleas.

     —Esto podría matar a un diabético en menos de quince minutos —comentó Fernando. —Hace rato que quería hacer esta torta yo mismo.

     —¿Cómo vos mismo? —preguntó Martín, frunciendo el entrecejo.

     —Es que la familia de Fer tiene una pastelería, ¿a que vos tampoco sabías? —dijo Teresa, dejando sobre la mesa su servilleta. —Quería que te trajéramos una de las que hace su viejo; tuve que insistirle para que te hiciéramos una nosotros.

     —¡Nunca dije que le trajéramos una de las que ya estaban hechas! —se defendió Fer, con la boca llena. —Solamente dije que ésas siempre iban a estar mucho mejor hechas.

     Teresa lo acusó con la oblea clavada en su tenedor antes de comérsela:

     —Es que sos un vago.

     Martín rió y Fernando lo secundó, negando con la cabeza; la chica los observó, chasqueando la lengua para evitar que su sonrisa pasara a mayores. El dueño de casa fue a la cocina a buscar gaseosa y Teresa se paseó por el living, estirándose —elongando para entrar en calor. La parte que quedaba del trabajo era la más tonta, pero también la más minuciosa. Claro que aquello sería acompañado de más torta. Y gaseosa. No obstante, era el momento de mayor concentración.

     General se restregó contra sus piernas y la chica se agachó a acariciarlo. El animal maulló en demanda de que lo levantaran. Con el gato reposando en una posición torcida entre sus brazos —algún día tendría que observar cómo su tía cargaba a su bebé— Teresa se giró para ver cómo Fernando devoraba su porción con el mismo entusiasmo que le dedicaba a sus hamburguesas de queso con dulce. El auricular pendía del expansor, escupiendo música a un volumen tan bajo que sólo debía llegarle estática. Se preguntó si, hacía un mes atrás, hubiera imaginado que estaría allí y con esa compañía. Se dijo que no y se acercó a la cara el hocico de General. El gato la miró con ojos altaneros y, decidiendo que había estado alzado por tiempo suficiente, saltó al suelo —junto al equipo de música y el regalo de Cito.

     —Solamente queda de la light, pero... —empezó Martín, desde el umbral de la cocina, deteniéndose al ver lo que Teresa sostenía en sus manos.

     —¿«Versión Musical de “La Guerra de los Mundos”»? —leyó la chica, sólo un poco más perpleja de lo que él había estado. —¿Qué es esto?

     —Es mi regalo de cumpleaños de parte de Juan —explicó Martín, sin moverse e intentando que su tono no se alterara. —Me lo trajo su mamá hoy.

     —¡Perdón! —dijo Teresa, regresándolo a donde lo había encontrado. —No quería meterme con esas cosas.

     —Está bien, igualmente lo quería escuchar.

     Se despegó del umbral y dejó la gaseosa sobre la mesa. Le indicó a Fernando que buscara los vasos y rompió el celofán que cubría al disco. Había pretendido escucharlo en soledad, pero se sentía cómodo junto a ellos. Para sus amigos, por otro lado, la situación podía volverse algo rara —notaba cómo las manos de Teresa temblaban como si estuviese intentando desconectar una bomba. Abrió la caja y dejó escapar una risita que sonó como un resoplido.

     —«La Llegada de los Marcianos» —negó con la cabeza. —Sos un hijo de puta.

     Insertó el primer disco y Fernando regresó justo antes de que un hombre empezara una cháchara en español gallego. Los tres se miraron entre sí y luego al título que se deslizaba sobre el ecualizador digital: «la víspera de la guerra». Una orquesta hizo su aparición y Martín pensó si no sería esa la puta ópera sobre la que Cito había querido hacer el trabajo desde el principio. Entonces la música viró a un tono más (progresivo) interesante y un par de cosas se volvieron más claras.

     Dejó que el disco corriera, pero alejó la vista del equipo. Recogió la caja y encontró, junto al disco dos, «La Tierra en Poder de los Marcianos», el folleto con las letras traducidas. Una transcripción entera de lo que el hombre había estado diciendo y lo que en ese momento le llegaba cantado en inglés. Todo en español —todo entendible. Incluso había ilustraciones de lo que, supuso, eran los momentos clave en la historia. Sí, había una historia enlazando las partes habladas y la música, y Cito había estado decidido a que lo comprendiera todo. «Le costó mucho encontrar una versión doblada», repitió en su cabeza la señora Pérez.

     Volvió a dejar el folleto dentro de la caja y sacó el disco del equipo. Fernando arqueó una ceja y entreabrió la boca, pero no encontró qué decir y la cerró. Teresa pasó sus manos por los hombros de los dos chicos y le dedicó una mirada suplicante a Martín, pero sus brillantes ojos verdes no lograron sonsacarle una respuesta a la pregunta que no podía acabar de formular.

     —¿Les molesta si suspendemos el estudio por unos minutos? Hay un lugar al que quiero ir y me gustaría que me acompañen.

     Lo dijo al espacio de pared que separaba las puertas de la cocina y el baño, con la crónica musical de la llegada de los marcianos en su mano. Fernando asintió y le dio unas palmaditas en la espalda. Teresa lo abrazó y guardó el disco por él.



***



Los tres amigos estaban parados frente al escaparate de Arcadia, con sus reflejos en el vidrio interrumpiéndose entre manchas de pintura y polvo. Hacía frío y Teresa se ajustaba el miserable saquito negro, pero no alcanzaba a taparse por debajo de la cintura; Fernando lucía su campera de cuero de siempre y Martín se había llevado a la cara las mangas de su prenda recientemente recuperada.

     —Antes de que se divorciaran, mis viejos nos traían a Juan y a mí acá las tardes que no teníamos gimnasia. Nos pasábamos horas viciando con un pinball y siempre jugábamos al Mortal Street; nos sentábamos a dar vuelta el juego de tiros de Jurassic Park por lo menos una vez al mes —Martín se abrazó y dejó escapar una risita entrecortada—, y ninguno tenía buena puntería. Gastábamos dinerales. Supongo que quebraron cuando mi papá dejó de sentarse a jugar al Tetris mientras esperaba a que termináramos de sacrificar todos los billetes.

     En un gesto que se le antojó casi molestamente dramático, apoyó una mano en el vidrio. Esperó el escalofrío, pero no llegó nada. Nada tembló dentro de él ni se proyectó a través de su brazo. El lugar estaba vivo sólo en su imaginación —y sus recuerdos. Algo se tensó allí, entre los retazos de memoria, y le hizo humedecer y abrir mucho los ojos.

     —Cada vez que entrábamos... —negó enfáticamente con la cabeza. —No, justo antes de que entráramos, Juan decía muy bajito, como para que no lo escuchara pero yo siempre lo alcanzaba a oír, «At the ballet».

     —¿Como en A Chorus Line? —preguntó Teresa tras una pausa. Martín se volvió hacia ella, perplejo. —A Chorus Line es un musical de los ochenta.

     —El musical es de los setenta, la película es de los ochenta —la corrigió Fernando.

     Martín entreabrió la boca y se cruzó de brazos en una (dramática) señal de protesta. ¿Es que todo el mundo sabía de musicales menos él?

     —¿Tienen idea de si podemos conseguirla? —sus amigos intercambiaron una mirada preocupada que luego dirigieron a él. —Ninguno de ustedes pensaba trabajar hoy.



***



La sección musical del primer videoclub que visitaron se restringía a conciertos de los Rolling Stones y Bee Gees, The Wall de Pink Floyd y a un título llamado «El Mago de Oz» que Teresa le advirtió jamás mirara si pretendía conservar su dignidad.

     —Nadie debería ver esa interminable secuencia de enanitos cantando —le había dicho mientras revolvía DVDs.

     Visitaron luego el que solía frecuentar cuando sus padres alquilaban películas todos los fines de semana. El local era mucho más amplio y tenía al menos dos estanterías para cada categoría. Las comedias musicales estaban separadas de los conciertos e incluso de un par de óperas —«que podrían haber resultado útiles», comentó la chica. Si bien las películas no estaban indexadas ni había catálogo alguno, Fernando localizó la caja casi al instante. Haciendo uso de su prodigiosa altura, recogió A Chorus Line del primer estante.

     —Apenas la terminamos nos ponemos con el trabajo, ¿eh? —dijo Fer.

     —A vos te toca buscar fuentes para disfrazar el hecho de que hay un muy importante algo de Wikipedia en cada apartado del trabajo —replicó Martín. —El único que tiene que romperse el coco soy yo, que me clavé con la conclusión.

     —Tené en mente que la presentación es mañana.

     —Vos asegurate de mandarme esas fuentes falsas antes de irte a dormir.

     El tono era cómicamente ácido y las palabras salían acompañadas de sonrisas burlonas. Cuando llegaron a la caja la conversación se había desviado a si deberían comprar papas o si con la torta bastaba. Teresa aseveró que al menos debían comprar gaseosa para personas normales.

     —¿Qué tiene de malo la light? —repuso el empleado mientras tomaba la película y la pasaba por un lector. Los tres se miraron y Fernando frunció el ceño, como preguntándole a su amigo «¿Vos lo conocés?» sin necesidad de mover los labios. Martín tardó en reconocer la bufanda a cuadrillé, pero una vez lo hizo no pudo evitar abrir la boca para replicar algo que no llegó a formulársele en la cabeza. —¿Te acordás de mí? Nos conocimos hace un par de semanas en la casa de Celeste.

     Quemi le sonrió.

     —Kevin Steller, ¿no?

     —Kev Steller, sí. ¿Llevás ésta?

     Martín asintió y el chico tecleó unos comandos. Antes de devolverle la película envuelta en una bolsa plástica, Quemi reparó en el brazo de su cliente —y luego en el resto de su vestuario. Sus ojos palpitaron con indignación y acabó deslizando muy lentamente el DVD por el mostrador, en un gesto tan dramático como todos los que rodeaban el microcosmos de Cito.

     —Esa campera es de...

     —Sí.Muchasgracias.

     Le entregó un billete de veinte y murmuró que se quedara el cambio antes de darse la vuelta y salir del local, sin permitirle a Kev Steller acusarlo con la mirada por segunda vez.



***



Fernando y Teresa se fueron del departamento hacia las once, tras terminarse la película, la torta, dos paquetes de papas fritas y tres botellas de gaseosa «para gente normal». La casa volvía a estar vacía, pero no silenciosa. El eco de los comentarios que habían echado durante la película aún revotaba en las paredes junto a las risas que habían acompañado a la mayor parte de las acotaciones.

     Pero ése era un sonido hueco; Martín necesitaba uno físico, capaz de llenar la habitación. Sabía qué era lo que tenía que hacer, pero optó por quedarse allí, parado en mitad del living, inmóvil por unos momentos. Saboreó el instante y se acercó las mangas a la cara. Tenía todas las piezas del puzle junto a él. Incluso había llegado a ver un musical entero. No podía afirmar que lo hubiese disfrutado —al menos no enteramente—, pero al menos lo había soportado.

     Colocó «La Llegada de los Marcianos» y se echó en el sillón con el folleto. Eso sí que lo disfrutaría. Si Cito se había molestado tanto por encontrar esa versión en particular para contarle cuál era su verdadera música y su pasión, era porque había querido que la compartieran. Era hora del enfrentamiento final contra las letras.

     El hombre —Teófilo Martínez, constató el papel en sus manos— inició el prólogo y Martín sintió miedo de que, más allá del golpe progresivo que seguía, no encontrase nada que le gustara; sintió terror de que incluso con aquel material tan específico —tan para él— no pudiera conectarse; tuvo que ahogar un estremecimiento y sofocar la idea de que, pasada la primera canción, la brecha entre ellos se ensanchara más de lo que el final de la existencia de su amigo y el descubrimiento de su vida secreta ya habían hecho.

     Se hizo un ovillo contra el respaldo y dejó escapar un suspiro entrecortado. Aflojó la mano que llevaba el folleto, dedicándole toda su atención a la que ya estaba entumecida de lo mucho que presionaba al colgante del Hombre y la Estrella, y las letras cayeron al suelo. Se agachó para recogerlas y encontró la página con la lista de las canciones —y su duración. La sonrisa que se formó en su rostro se ensanchó al tiempo que el agujero en su estómago se reducía. La víspera de la guerra sumaba un poco más de nueve minutos y no era ni de lejos la más larga de todo el álbum. Cualquier preocupación que hubiera podido sumarse a las que le habían comido la cabeza hasta entonces murió antes de existir. Cito había dado en el clavo. Besó la insignia de Rush en un gesto que se le conjuró tan (dramático) estúpido como necesario.

     Devoró el primer (acto) disco sin despegar los ojos del folleto ni los oídos de los chillidos (uuuulla) marcianos.





Redactó la conclusión —unas miserables seis líneas, poco más que una revisión de lo previamente desarrollado— y compaginó el material que sus compañeros ya le habían mandado. Para las doce ya estaba nuevamente en el sillón, escuchando y leyendo qué había sido de la Tierra tras la conquista marciana, como si fuese lo más natural del mundo. Y la verdad era que, en el fondo, así lo era. Cito lo había estado preparando para aquel momento desde hacía años. Le había presentado 2112, las dos partes de Cygnus X-1 y si había insistido tanto en comprar Clockwork Angels era porque alguien había sacado una novela basada en el disco. No había llegado a enseñarle los dos micromusicales del disco Caress of Steel, pero eso había sido porque un camión y su propia torpeza se habían cruzado en su camino. Y sabía que a partir de entonces las historias no acompañarían sólo al rock progresivo —y ahora también sinfónico—, sino que quizá hasta encontrara el sentido en que Elaine Stritch mezclaba gritar con cantar. Era un registro que no terminaba de cerrarle, pero que ahora podía aceptar. Había conseguido sintonizar con la vibración. Había algo que excedía a la música en sí, algo que Teresa había dicho una vez y ahora volvía a su consciencia:

     —En las partituras de las óperas hay personajes, personas de una ficción aún inmaterial, vislumbradas a través y más allá de la letra escrita.

     Pero existía algo que sencillamente no se encontraba entre las claves de sol y ningún instrumento excepto el hombre podía reproducir. Allí se producía lo que Memory había soltado sobre él, en el terciopelo sobrenatural que cubría la voz de la mujer mal disfrazada de gato. En eso mismo con lo que brillaban los gestos de Cito y Celeste. Ahora lo sabía.

     Volvió a ver el DVD de A Chorus Line, regresando a las canciones a partir de sus diálogos anteriores, y esta vez sí le gustó. Las canciones cobraban un matiz ligeramente más agradable cuando tenían un objetivo de ser y él —después de su encuentro musical con el tercer tipo— estaba de acuerdo con que lo tuvieran. Incluso le chocaba menos lo extraño de las mallas que usaban los bailarines. Lo sacó tras ver por segunda vez At the Ballet y comprender que su mejor amigo tenía motivos vitales para refugiarse en el Arcadia, los mismos que lo habían llevado a hacer (ballet) comedias musicales. Se alegraba de haber compartido al menos uno de sus cables a tierra. Sonrió en la oscuridad del living y entonces —acompañando el clic de la caja del DVD al cerrarse— una idea se disparó con la intensidad de un relámpago.



***



El videoclub abría las veinticuatro horas y el turno de Quemi era el de la noche. Eso se lo aseguraba la misma certeza mística que le había dicho que «Celeste Aida» estaba muy cerca de ser la contraseña de la notebook de Cito. Y, efectivamente, había tenido razón.

     Tras el mostrador, Kev Steller revisaba Facebook y jugaba al solitario al mismo tiempo. Levantó la vista al abrirse la puerta y se apretó la bufanda al cuello a pesar de que la calefacción estaba a tope. Sus ojos eran fríos e inflexibles; seguía ofendido porque ese chico estaba ultrajando esa campera. Pero eso no importaba ahora. Nada importaba, aseveró un grito psíquico desde lo más profundo de la mente del chico que avanzaba hacia el cajero.

     Martín extendió el DVD y conectó su mirada ámbar con la gris del empleado. El cruel apodo Quemi estuvo a punto de deslizarse entre sus palabras, pero se concentró.

     —Necesito que me respondas dos preguntas, Kev.

     El cajero tomó A Chorus Line y tecleó algo sin dejar de mirar al chico que compartía el olor de su ex compañero.

     —¿Qué podés decirme de Juan Pérez y a cuánto está la cuota de La Forza?



FIN



lunes, 6 de enero de 2014

7.01 - Martín

La Vita Strangiato — “Danforth & Pape”

  

 

El viernes pasado el mediodía, tras haberle entregado el avance a Pozzini esa misma mañana, cada uno volvió a su grupo original durante el almuerzo en Hipertensión. Mientras Teresa comía, cabizbaja, a una histérica de distancia de Amanda, Fernando —sentado entre María Vistarini y Bruno Stecchi— devoraba con una sonrisa alegremente indiferente su hamburguesa con queso y dulce. Martín, sin acabar de preguntarse porqué había decidido no regresar al bar de la esquina de la escuela, comió solo antes de volver a casa.

 

El horario pactado por Celeste, en primera instancia, había sido un ambiguo «tipo nueve», con opción a definirlo en caso de que le interesase —y sí que le interesaba. Escribirle fue lo primero que hizo tras atravesar el jardín-pasillo que daba a su departamento.

---Che

>>Me copa lo del sabado, tengo q llevar algo?

La chica se tomó (su tiempo) unas tres horas para responderle. A las siete de la tarde,  su voz, impresa muda en la ventana de chat, le pasó la dirección de su departamento y le indicó que llevase la gaseosa más grande que pudiera encontrar. Le comentó —siempre entre “:P”s— que pedirían pizza y le pidió que le dijera su gusto preferido así podía tener todo listo en caso de que los invitados se tardasen y los lugares cerraran.

---sos un poco maniatica no te parece? xD

---nah, simplemente m gusta tener todo calculado.

---pero es un sabado! Las pizzerias no van a cerrar hasta muuuuuuuuuy taaarde!

---cuando hagamos joda en TU casa hablamos :P ---Martín sintió que el corazón le daba un vuelco. ---Hasta tanto, mi casa mis reglas :P

La conversación acabó un par de líneas después, con el horario definido de las 21:30 y un abrazo.

Martín cerró el explorador y se distanció con lentitud de la notebook. La habitación estaba en silencio; del resto de la casa sólo le llegaba el correteo psicópata de General, a lo largo y ancho del living. No había adultos responsables a la vista —la estancia estaba vacía. Podía hacer que estallaran los parlantes, pero no se sentía de humor. Había escuchado Grace Under Pressure de principio a fin unas dieciocho veces y no le apetecía volver a poner By-Tor & the Snow Dog. Se sentía con la falta de voluntad suficiente como para escuchar algo de lo que le había robado a Cito.

Volvió a acerarse a la computadora y, con los dedos a milímetros del teclado, sintió repentinamente la necesidad de cubrirse con la campera blanca. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y tuvo que refugiarse en el colgante del Hombre y la Estrella, cerrando el puño sobre él —haciendo caso omiso del pinchazo con el metal puntiagudo y presionando hasta que sus dedos dejaron de dolerle y pasaron a entumecerse. Sólo entonces pudo buscar entre las carpetas. Dejó pasar «Cats» y se decidió por una que decía «Company». Sonaba agradable. Compañía, ¿no? Mientras elegía entre los siete discos disponibles, se preguntó si se refería a personas o a una empresa. Eligió la grabación londinense de 1972, planteándose que podían ser personas en una empresa.

Echó un vistazo a los nombres de las canciones. No entendía ni la mitad. Uno de ellos, no obstante, le llamó la atención. The Ladies Who Lunch. Se exprimió el cerebro para intentar traducirlo. Si tenía “The” y “Who” en el título, y había sido grabado en los setenta, quizá fuera bueno.

—¡Las señorasque almuerzan! —exclamó con un dejo de orgullo en la voz mientras la seleccionaba.

Música lenta, y de repente una vieja empezó a hablar incluso más lento. Martín frunció el entrecejo. ¿Qué carajos escuchaba su amigo? No había nadie cantando ahí. ¿No se suponía que la gente cantaba sobre la música? No, se dijo de repente; la señora estaba, en efecto, cantando. Extendía un poco las notas quebradas, gritadas. Era algo extrañísimo. Se acercó al parlante. No entendía ni la mitad de nada, pero aquel discurso en jeringoso sonaba interesante. Al momento la música empezó a subir su intensidad para luego bajar sin gracia, como una montaña rusa para personas con problemas cardíacos. La señora que almorzaba (¿tendría ella los problemas cardíacos?) se había calmado, pero algo en la voz de aquella mujer seguía repicando, algo que nunca antes había oído en ningún otro lugar. Se acercaba bastante a lo que oía en las partes lentas de 2112, pero lo excedía (dramática) kilométricamente.

Sacudió la cabeza y pausó la canción. ¿No tenía su amigo nada que no le trastocara el cerebro? Suspiró. No obstante, aquel disco tenía algo extraño y atrayente que el de los gatos carecía —algo que no dejaba de hacerle un ruido familiar. La idea de la canela resurgió de las profundidades de su mente como un acceso de vómito psíquico, decidiéndolo a escucharlo todo, desde el principio. Se abalanzó sobre la pantalla del reproductor. Había algo de Cito en aquel disco que Martín ansiaba recuperar.

La primera pista, Company, empezó con unos buenos golpes y luego unas voces se susurraron —esta vez claramente cantando—, persiguiéndose de un parlante a otro. Y unos veinte segundos después fue locura cruda. Debía haber al menos una docena de cantantes, todos arrojando versos como granadas y huyendo cuerpo tierra a sus trincheras para que luego otros salieran y dieran unos escopetazos antes de volver a guarecerse. Por unos momentos, alternado la mirada entre las salidas del equipo de sonido, Martín pensó que su mente simplemente colapsaría, pero aún así no se atrevió a pararlo. Las voces se unieron en un coro (casi) uniforme y luego una sola tomó el relevo. Respiró tranquilo, apenas notando que comenzaba a agradarle. Y entonces la locura regresó. ¿Cómo podía Cito disfrutar semejante cosa? Mientras cada cual hacía su gracia, paseándose entre los cinco diferentes parlantes del home theatre, Martín recordó que Teresa había definido su música como «gritos sobre ruido». ¿Cuán alejado estaba esto de su definición? La gente no gritaba, no, pero no había melodía distinguible. No, se dijo, había demasiadas. Contrapunto, era un violento contrapunto lo que le atacaba los oídos, le paralizaba el brazo y le producía un escozor detrás de las orejas.

Tragó saliva y se acomodó en la silla de escritorio. Le... ¿le gustaba?

 

***

 

La música rock se escuchaba a dos manzanas de distancia y poseía la misma y particular vibración con la que las señoras almorzaban, con lo cual, dedujo, no era sencillamente rock. La canción, ininteligible pero pegadiza, sólo podía tener una posible procedencia.

—Comedias musicales —masculló Martín sin pensarlo mientras el elenco londinense de Company le cantaba al oído el cuarto y final reprise de la primera canción. El finale, se dijo con una sonrisa. En un día ya había aprendido lo esencial del vocabulario técnico que su amigo había manejado en secreto hasta hacía dos semanas.

Dobló la esquina, adentrándose en Dorrego y preguntándose a qué le temía exactamente Cito. ¿Por qué se lo había ocultado? Había estado a punto de entrar en colapso nervioso antes de la mitad de Company, y Las señoras que almuerzan, musicalmente hablando, le había producido retorcijones en el estómago, pero no había estado tan mal. No era su música, desde luego, y ni aunque se la martilleara en el cerebro —como llevaba haciendo desde el viernes por la noche— lo sería; pero podría soportarlo de tanto en cuando, de la misma manera que podía aguantarse tres horas de Educación Física a la semana. Sin embargo, algo en su mente hacía ruido cuando Elaine Stritch le pedía que levantase su copa por las señoras que toman antidepresivos. Ese algo replicó, en un tono rasposo y sofocado, que se trataba de una necesidad dormida sacudiéndose los pies entumecidos. Por primera vez sentía que debía saber qué era lo que la gente cantaba, y eso lo inquietaba.

Tocó el timbre y esperó a que una voz metálica le preguntase quién era. El finale finalizó y se quitó los auriculares.

Antes de que pudiese sacar el celular para comprobar si era (políticamente) correcto volver a tocar, un golpe sordo lo sobresaltó. Se giró hacia la calle. Alguien acababa de arrojar un manojo de llaves envuelto en un repasador mugriento. Miró hacia arriba y descubrió una mano que lo saludaba agitándose exageradamente.

—¡Es el B, el que no tiene letra! —le gritó Celeste desde una terraza del tercer piso antes de desaparecer más allá del hormigón sin pintar de otro edificio rústicamente posmoderno.

Dejó la botella de gaseosa en el suelo y recogió el repasador.

 

***

 

Antes de que lograra poner la llave —e incluso que llegara a la puerta—, Celeste abrió de un tirón. Lo recibió con una sonrisa cálida y algo retorcida. Llevaba el cabello recogido en una pañoleta verde brillante y sus brazos, ocultos bajo una túnica con un idéntico motivo, se extendieron ante él; un collar ridículamente largo se sacudía sobre su mono negro y suelto.

—¿Quién soy? —le preguntó, abriendo como psicópata los ojos sobremaquillados y la boca roja de tanto lápiz de labios.

Martín arqueó una ceja y ladeó la cabeza en señal negativa.

—Ni la más mínima idea —replicó.

—Cierto que vos no sabés ni mierda y media de musicales —dijo Celeste, bajando los brazos, pero sin perder el entusiasmo. —Soy Glenn Close interpretando a Norma Desdmond en la única canción de Sunset Boulevard que realmente vale la pena escuchar, ¡With One Look!

Martín dejó escapar una risotada nerviosa y Norma lo tomó de la mano, arrastrándolo dentro. La música pseudo-rock aún hacía vibrar las paredes.

—Estamos escuchando A Freak Like Me Needs Company, del musical de Spider-Man —anunció Celeste.

—¿Hay un musical de Spider-Man? —le preguntó Martín, frunciendo el entrecejo con más preocupación que sorpresa.

—Hay musicales sobre ajedrez y chicas que menstrúan y matan a sus compañeros con rayos láser —explicó la chica cruzándose de brazos en uno de sus gestos desmedidamente dramáticos. —Poné la gaseosa en la heladera y servite algo de todo el copetín barato mientras esperamos a la pizza.

La chica se encaminó fuera de la cocina, abriendo la puerta —revelando así una improvisada pista de baile— pero deteniéndose en el umbral. Se dio la vuelta y le dedicó una sonrisa a Martín. «Con calma», dibujaron sus labios carmesíes antes de desaparecer. El chico suspiró y, tras dejar las llaves sobre la mesada, abrió la heladera. Guardó la botella y enfiló hacia el living, no del todo seguro de querer averiguar qué le esperaba al otro lado de la puerta. Quizá todos los invitados estuviesen en disfraz y él pasaría por el desubicado de turno que había decidido ir de sí mismo. Tomó un vaso de plástico de una bolsa abierta y se lo quedó viendo antes de siquiera atreverse a girar el pomo. Arqueó las cejas. Claro que la dueña de casa no le había advertido nada —y dudaba que Celeste fuese capaz de malicia alguna. Llenó una compotera vacía con una bolsa de papas tamaño industrial y entró.

Una bola disco claramente artesanal enviaba luces de colores en todas direcciones. El sofá del living había sido movido contra una pared, junto a una mesa de jardín y otra de café, ambas cargadas con botellas medio vacías y vasos usados y olvidados. La gente —una veintena— vestía de civil; la única que se destacaba era Celeste, que saltaba al compás de la música agitando el collar y la túnica. La música de Spider-Man había acabado y rock convencional inundaba ahora la pista de baile. Dejó la compotera en la mesita de café y se sirvió un poco de gaseosa.

—¿Nada más fuerte? —le preguntó un chico a sus espaldas, y Martín se dio la vuelta.

Lo primero que tuvo tiempo de pensar —incluso antes de darse cuenta de qué le estaba hablando— fue qué carajos hacía alguien con una bufanda dentro de la casa. Incluso con el aire acondicionado encendido, la concentración de gente agitándose como condenada hacía subir la temperatura a los límites de lo soportable. Y allí estaba el chico —un rubito, hubiese dicho Cito—, con una bufanda a cuadrillé dándole tres vueltas al cuello.

—No hay Fernet —replicó Martín, encogiéndose de hombros y ofreciéndole una sonrisa gentil. —¿Te sirvo algo?

—Nah, estoy bien —contestó el rubito.

La bufanda se acercó peligrosamente a un vaso con agua mientras el chico se inclinaba para tomar un puñado de chizitos que rápidamente metió en su boca. Acto seguido, sacó la lengua y, enseñándole una amorfa y repugnante masa amarilla, levantó los pulgares en señal afirmativa al tiempo que se adentraba, de espaldas, entre el cúmulo de personas que bailaban y gritaban. Martín lo observó hasta que la bufanda se perdió de vista y finalmente localizó la botella de Fernet. Se sirvió más de lo recomendado —resultando el trago casi demasiado fuerte y amargo para su garganta acostumbrado sólo a chocolatada y gaseosa—, pero la situación lo ameritaba. Bajó medio vaso de un trago y se limpió la boca con la manga de la camisa, preguntándose dónde carajos había ido a meterse.

 

***

 

Lo salvaje de la fiesta se aplacó media hora más tarde, cuando llegó la pizza y todos se abalanzaron sobre las cajas de cartón grasiento. Celeste pasó lista a toda la compañía para Martín, quien asintió, sonrió, besó y estrechó manos en gestos tan gentiles como incómodos. El último al que presentó fue al chico de la bufanda, y Martín estuvo a punto de escupir lo que llevaba de su porción de cantimpalo cuando escuchó el nombre.

—Y este es Kevin —el rubito tosió dramáticamente—, Kev Steller.

—Un… un gusto —replicó Martín, extendiéndole una mano temblorosa.

Kev la tomó y presionó con fuerza, viéndolo directamente a los ojos de una manera (demasiado) particular. Un pensamiento mudo le sugirió a Martín que era casi como si quisiese inyectarle algo de sus irises azules a través de la mirada. No, no inyectar, comunicar. Un relámpago de algo indescriptible atravesó el espacio entre ambos y Martín tuvo que soltarse. Lo sabe, aulló su mente.

—Perdón, me está vibrando el celular —se excusó y, tomando el teléfono, escapó hacia la cocina.

Cerró la puerta tras de sí e inspiró largas bocanadas de aire. Era imposible que supiera que él había entrado en la sesión de Cito. Si Celeste no lo había supuesto, tampoco él. Claro que la chica no había visto la sesión abierta. Pero no. No. No había manera. Tenía que relajarse —tomar un largo vaso de la gaseosa que se enfriaba en la heladera y un puñado de (la masa aforma de saber lo sa be) papas fritas.

 

***

 

La «llamada» duró poco menos de cinco minutos.

Nadie de la compañía volvió la mirada cuando la puerta se abrió. La charla se veía tan interesante y apasionada que Martín dedujo que debían estar sacando mano a alguien que no se encontraba allí —y su mirada fue a buscar directamente a la persona que (sorpresa sorpresa) estaba ausente. Kev Steller, el chico bufanda.

—¿Todo en orden? —le preguntó Celeste, extendiéndole una porción de mozzarella en una servilleta.

—Supongo que sí —replicó Martín, aceptándosela con una sonrisa.

La chica le hizo señas con la cabeza de que la acompañara y ambos se sentaron junto al equipo de música, en el extremo opuesto al grupo de La Forza.

—¿La estás pasando bien? Te traje acá y no conocés a nadie, debe ser bastante incómodo —Celeste se quitó la pañoleta y la dejó sobre su regazo. Se detuvo unos momentos a contemplar con detenimiento el motivo en verde antes de finalizar, levantando una mirada esmeralda inexpresiva hacia Martín. —Disculpame.

El chico sacudió negativamente la cabeza.

—Está bien —dijo cuando finalmente pudo tragar. —Me estoy acostumbrando a socializar. Parecen copados.

Celeste resopló una risita.

—Son unas viles arpías que vienen por la bebida gratis —recogió un vaso de jugo de naranja junto a su silla y bebió un poco. —Quería hacer una fiesta temática con los musicales que Juan amaba y odiaba. Por eso estoy vestida tan ridículamente. A él le encantaba With One Look; nunca se dignó a escuchar el resto de Sunset Boulevard, pero por lo menos esa le gustaba —la chica se acomodó en su asiento, recostándose contra un estante repleto de libros. —Juan decía que todos los musicales de Webber eran una bola de caca —Celeste levantó el dedo índice en el aire y abrió los ojos con violencia, robándole unas risas a Martín—, porque él no decía mierda, vaya uno a saber porqué; pero bueno, una bola de caca excepto por esa canción que la rompía. ¿Ubicás Memory? Todo el mundo ubica Memory, igual que la canción del Fantasma de la Ópera y No llores por mí, Argentina, a eso se refería. A mí personalmente me gustaba el Fantasma, pero nunca me senté a escuchar Sunset Boulevard. Supongo que en memoria a Juan nunca debería hacerlo. ¿Qué te parece?

—Que no entiendo ni la mitad de nada de lo que acabaste de decir —admitió Martín al tiempo que le daba un mordiscón a la pizza.

—¡Demasiados musicales! —exclamó Celeste, incorporándose de un salto y haciendo flamear su túnica como una bandera. —Escuchemos música de personas normales —quitó el pendrive de donde surgía la música con vibración y eligió una emisora de radio al azar. Les llegaron los últimos versos de Rainy Days and Mondays y la chica comentó: —Cortémonos las venas con una sonrisa alegremente melancólica.

Un par de cabezas se dieron la vuelta y los miraron con cejas arqueadas, en un gesto tan similar al que hacían las acólitas de Amanda Grossi que Martín tuvo que apartar la vista. En cuestión de segundos los hermanos Carpenter dieron paso a algo que el chico simplemente tuvo que celebrar. A Passage to Bangkok, la segunda pista de 2112, empezó a sonar y Martín no pudo evitar cantar en un jeringoso afectado tras la introducción oriental. Comenzó silenciosamente y el caudal de su voz fue aumentando a medida que sus ojos se cerraban. Celeste lo observó atentamente, entretenida y algo sorprendida por el look dramático que el chico iba adquiriendo. Con uno de los primeros violentos golpes de la música, Martín elevó la voz y la nota con un falsete admirablemente preciso. Un par de cabezas se dieron la vuelta y rápidamente se giraron nuevamente hacia el círculo de conversación, agitándose en algo entre negación y vergüenza ajena.

Cuando llegó el estribillo, Celeste lo levantó de un tirón y lo arrastró hasta el centro de la habitación, justo debajo de la bola disco. El chico la observó, sorprendido, empezar un dueto:

—We're on the train to Bangkok —Celeste le tendió una mano y Martín, sonriendo, retomó su jeringoso agudo— aboard the Thailand Express. / We'll hit the stops along the way; we only stop for the best!

El estribillo finalizó y hubo unos instantes de silenciosa reverberación en los que ambos sintieron el ardor de las miradas de veinte personas sobre ellos. Celeste recogió la pañoleta y se la ató a Martín al cuello al tiempo que el vocalista —y su coro en vivo— regresaba. Encararon a su picajosa audiencia para el momento en el que el estribillo volvió. El chico siguió los pasos improvisados de su amiga, que lo llevaron a tocar con sentimiento desmedido una guitarra eléctrica invisible para luego, al tiempo que se repetía la introducción oriental, dar unos cómicos pasos de costado, abriendo y cerrando los brazos y las piernas, agitándose tanto la túnica como la pañoleta.

Ya casi sin aliento, entonaron por tercera vez el estribillo y finalmente, mientras sacudían las cabelleras como en un ochentoso concierto de metal, clavaron con envidiable maestría la última nota, continuándola incluso hasta después que Geddy Lee hubiese dejado de chillar.

El público seguía sentado e intercambiaba miradas, dudando acerca de si aplaudir,  abuchear o simplemente volverse a seguir comiendo. Sólo una chica se decidió a felicitarlos, optando por incorporarse y abrazarlos a ambos.

—Buenos agudos —comentó dirigiéndose a Martín, con una sonrisa divertida y una extraña mueca en la boca. —¿Hacés comedias en algún lado?

—No, sólo exhibicionismo musical en fiestas privadas —replicó Celeste por él, guiñándole un ojo. —Parecés un cowboy de bajo presupuesto o un metrosexual de los sesenta.

Martín rió, no ante el chiste —el cual se escapaba de su comprensión, como la mayor parte de lo que salía de la boca de la muchacha—, sino a causa de la adrenalina que pulsaba por evacuarse. El pecho le latía con un sentimiento que jamás había experimentado; se acercaba a los nervios de exponer una clase especial pero lo excedía (kilométrica) dramáticamente. Sus dedos aún vibraban y era extrañamente agradable. Mientras volvía a su asiento, ya con un vaso de gaseosa en la mano, se preguntó si aquella sensación, tan (gloriosa) sencillamente espectacular —en todo lo que esa palabra le representaba ahora—, era lo que su amigo experimentaba cuando hacía comedias musicales. Bebió un sorbo y se dejó caer en la silla junto al equipo. A medida que se adentraba en lo que Cito había visto, oído, y ahora incluso sentido, comprendía menos la necesidad de ocultarlo. ¿No querría compartirlo? Frunció el entrecejo y dejó el vaso en el suelo.

En su mente volvió a sonar Company, con aquella docena de voces queriendo destacarse al mismo tiempo, recordándole a un(a compañía) aula de escuela. Pensó en cómo Teresa había ansiado tanto tener una voz propia y lo tembloroso que había detrás del discurso de yo-macho de Fernando. Observó el grupo que su amigo había compartido dos veces a la semana por sólo Dios sabía cuántos años y en cómo se parecían a las chicas de su curso.

Kev Steller pasó a su lado y le dejó una compotera con chizitos en el momento en que su cabeza empezaba el solo. La bufanda se agitó tras él y una parte de su cuello quedó a la vista. El chico se detuvo en seco y se la levantó en un movimiento (duro) rápido, pero ya era tarde. Martín había alcanzado a ver las terribles marcas de su quemadura.

 

***

 

Se acercaban las tres de la mañana y la mayor parte de los invitados estaban congregados en torno al televisor, viendo con atención evanescente la película de Cats. Martín, por su parte, compartía una gaseosa dietética con Celeste en la seguridad de la cocina.

—Es bastante divertido que compartas los gustos de Juan —comentó la chica mientras rellenaba el cuenco de papas. —Él odiaba esa cosa que están viendo allá.

—¿Entonces por qué lo estás pasando en una fiesta en su honor y memoria?

Celeste suspiró y jugueteó un poco con el collar antes de responder.

—Se suponía que íbamos a verla para reírnos de la falta de trama y coherencia que intenta vincular las canciones —replicó, desviando la mirada al reloj a un lado de la heladera. —Pero parece que nada está saliendo como debería. Después de todo, soy la única ridícula que se disfrazó —procedió a quitarse la túnica, pero se detuvo. —Es raro, veo a esa gente dos veces a la semana desde hace más de cinco años y recién ahora me doy cuenta de que apenas los conozco —hizo una pausa que Martín reconoció no era deliberadamente dramática, y le dirigió una mirada de desconcierto iracundo (que en el caso de que la chica hubiese tenido una nariz aguileña hubiese pasado por una expresión de Glenn Close)— y apenas les importo. Creo que no tengo un solo aliado pasando esa puerta.

—¿Y la chica que nos saludó después que la rompimos con un poco de Rush?

Celeste dejó escapar una risotada y, con la boca aún abierta, se acomodó el carré detrás de las orejas. Martín se descubrió pensando que era un delicioso tic nervioso.

—Esa chica es dulce, pero hasta ahí. Es el tipo de persona que sabe perfectamente quién es y lo que puede hacer, y todo eso sin miedo de llevarse al mundo por delante. Y creeme que lo ha hecho, varias veces. Es la estrellita de La Forza.

—¿Tan terrible es toda esta gente? —Martín se recostó en el respaldo de la silla y cruzó los brazos detrás de la cabeza.

—Es el negocio del espectáculo, baby, matar o morir —explicó Celeste, encorvándose en torno a la mesada que los separaba y sirviéndose más gaseosa. —Dog Eats Dog, como diría Thénardier. ¿Escuchaste Los Miserables? Es la mejor mierda jamás compuesta —aseveró la chica al tiempo que se incorporaba sobre su asiento. —Lo que él te pasaba estaba bien, Tommy, pero no escuchaste música hasta que le preguntan a una chica, en pleno 1832, “en qué anda”.

—¿Y vos conocés todo lo que él me pasaba? —la cuestionó, cruzándose de brazos.

—Conocía Tommy porque hay un profe en La Forza que siempre te pasa musicales copados que uno de otra manera no conocería. Él me hizo escuchar el de la chica que menstrúa y mata a sus compañeros. Y Juan me pasó 2112. El disco me gustó, no es mi estilo, pero me gustó.

—Y sin embargo cantamos E Pasish tu Bancoc en tu living.

Celeste hizo una mueca de sufrimiento y agitó la cabeza.

—No vuelvas a hablar en inglés, por favor —suplicó dramáticamente, entrecerrando los ojos. —No suelo hacer ese tipo de cosas, pero sentí como que tenía que hacerlo. La canción la conozco bien y además estuve obsesionándome con ese disco estas dos semanas. A todo esto, ¿dónde aprendiste a cantar?

—Yo no canto —replicó Martín con una sonrisita avergonzada.

—Cantás —aseveró Celeste. —Pocas veces escuché agudos tan seguros en un hombre. En serio.

—Supongo que gracias —el chico se encogió de hombros y de pronto una idea volvió a su cabeza. —¿Y el chico de la bufanda, no hace agudos él también?

—Quemi es un tema.

—¿Quemi?

—Ouch —la chica echó un vistazo a la puerta y se acercó un poco más a Martín. —Supongo que no vas a volver a ver a esta gente, así que no hay problema si te cuento. Ese chico, Kevin Steller, tuvo un accidente hace un par de años. Fueron fuegos artificiales en las fiestas. Él dice que alguien los encendió mal, pero yo creo que él se la mandó solo. La cuestión es que algo de lo que estaba tirando salió disparado contra él y se le quedó atrapado en la ropa. Casi le destroza todo el cuello —Celeste no pudo evitar llevarse allí las manos. —Se salvó por poco, pero le quedaron unas marcas bastante importantes.

—¿Y ustedes le dicen Quemi? —el comentario salió con más acidez y agresividad de la que Martín había esperado; no era un reproche tonto, era una acusación lo que se le había escapado de los labios.

—Sé que no está bien, pero el chico se hace odiar —Martín notó cómo ni siquiera ella acababa de tragarse su excusa. —Como sea, no tiene muy buenos agudos, pero como es el único que tiene los huevos, va a cantar la canción de Juan para la muestra de mitad de año.

—¿La canción de Juan? —el chico bajó el vaso.

—Memory —replicó Celeste, y volvió a mirar el reloj. —Debe estar por empezar el reprise en este momento. ¿Querés escucharla?

—No voy a entender nada —admitió Martín. —Ya escuchaste mi inglés.

—Pongo los subtítulos —propuso la chica, abandonando la silla. —De paso los molestamos un poco.

Martín tomó los vasos y la acompañó a través de la puerta. Tal como Celeste había calculado, estaban a sólo media canción de Memory. El chico dejó los vasos a un lado del equipo de música y se reunió con su amiga en torno al sofá —ahora vuelto a su lugar original, frente al televisor—, con una compotera en la mano. Celeste le ofreció un almohadón y ambos se sentaron en el suelo. Un gato en algo parecido a un esmoquin terminó de bailar y desapareció en un efecto especial que a Martín le desprendió una risita.

Memory dio inicio, haciendo que todos los presentes giraran las cabezas en una expresión de lastimosa ternura. Celeste apoyó la cabeza en su hombro y el chico tuvo sólo unos segundos para saborearlo antes de que un escalofrío violento le recorriese la espalda.

—¡Poné los subtítulos! —exigió en un grito, hacia nadie en particular.

Uno de los gatos había empezado a hablar, y si bien el inglés era indistinguible, reconocía perfectamente la cadencia. Estaba dando un recitado que ya había oído antes. Celeste se apresuró a localizar el control remoto y buscó el español.

—...y a través de un silencio que con un cuchillo podrías cortar —decía el gato en pantalla—, anuncia al gato que puede ahora resucitar... y en una nueva vida Jellicle regresar.

Una gata raída entró con el primer golpe de la música y Martín apretó la mano de la chica.

—Eso lo decía Cito cada vez que salía de bañarse, después de Gimnasia —musitó, con los ojos imposiblemente abiertos.

—Recuerdos —empezó la gata en una voz quebrada. —Bajo la luz de la luna, deja a tu mente guiarte —los ojos de Martín no podían despegarse de las letras blancas de los subtítulos mientras sus oídos intentaban decodificar, infructuosamente, lo que les llegaba. —Abrete, dejate. / Si descubres lo que la felicidad es, / una vida recomenzará.

El pecho empezó a vibrarle —sintió cómo un agujero negro tomaba forma en la boca de su estómago— y presionó aún más la mano de Celeste dentro de la suya. La chica hizo una leve mueca de dolor y se giró con suavidad para verlo. Tenía los ojos vidriosos y una expresión de algo que rayaba el terror pero lo excedía terriblemente.

—Recuerdos —prosiguió la película. —Sola bajo la luna, / Sonrío a esos días / de belleza y amor —la garganta de Martín se retorció en un nudo violento— Recuerdo cuando sabía qué era ser feliz. / Que el recuerdo vuelva a ser.

A partir de allí ya no pudo seguir (escuchando) leyendo. La vibración rompió todas sus barreras y algo en su mente se rompió. Y con ello llegaron las lágrimas. Había decodificado qué era lo particular que reverberaba en Las señoras que almuerzan, qué obligaba a esas doscientas personas a gritar al mismo tiempo en Company, y, fundamentalmente, qué tenía de interesante Memory. Se avergonzó y sintió ganas de vomitar. No por el ridículo que podría estar pasando, sino por jamás haber tenido la decencia de detenerse a escuchar lo que estaba oyendo. Había algo que excedía a la orquesta y a la voz que la mujer gato pudiese hacer surgir. Estaba en las palabras, esas dichosas palabras que había ignorado por tantos años. Había emoción cruda apenas diferenciada en versos y allí, entre las estrofas y los silencios, entre esos benditos agudos y en toda la vibración estaba Cito. Y era tan glorioso y tan triste que cuando la gata cayó al suelo él también lo hizo, deshecho en lágrimas, incapaz de recomponerse, con la cara envuelta en una película de llanto y moco líquido. Y la canción siguió y, aunque lo deseó con todo su ser —con toda la fuerza de su mente colapsada—, Martín no pudo dejar de escucharla.