Pasado, presente, futuro. Tres caminos: una vida.

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domingo, 16 de febrero de 2014

8.02 - Emma

Los colores se mezclaban violentamente y la fuerza se apoderaba de mi obra. Había energía en mis dedos y podía sentirla fluir hasta llegar a la punta del lápiz. Toda la semana el cielo había sido escenario de una gran batalla: la lluvia y el sol no querían dar el brazo a torcer y el arco iris intentaba en vano oficiar de mediador. El clima había generado en mí una violenta sensación que debía manifestar en el exterior; en el papel. Un poderoso tornado se acercaba peligrosamente a una pequeña ciudad que había avanzado en beneficio del tan codiciado progreso y que estaba adornada con altos edificios y un gran avance tecnológico que se respiraba en el aire. Podía ser la más evolucionada de las sociedades pero la naturaleza podía arrasar en poco tiempo con los grandes logros y recordarles su propio origen.
Suspiré al ver mi cuadro terminado y apagué la música. Me recosté en la cama y comencé a pensar. Ese día era sólo para mí y aún no había decidido qué hacer. Debía estudiar un poco pero la mayor parte del tiempo me pertenecía, debía aprovecharlo al máximo. Había comenzado de la mejor manera, jugando con los colores en el papel y no sabía cómo seguir. Estudiaría a la noche pues la luna me sentaba bien para concentrarme.
Se acercaba el mediodía y tampoco quería quedarme en casa a almorzar. Las comidas en familia nunca habían sido de mi agrado y, después de la charla con mi padre, estaba segura que los gritos no tardarían en aparecer.
Miré mi celular; necesitaba saber cuánto tiempo disponía. Tres nuevos mensajes, rezaba la pantalla. Mi teléfono no funcionaba realmente como un medio de comunicación. Su misión principal era informarme la hora y molestarme cuando mis padres necesitaban algo de mí. No tenía nadie que me llamara pues Elías y Rosa se comunicaban directamente a casa. Nunca había sido muy fanática de la tecnología y el celular significaba una gran irritación en la mayoría de los casos. No tenía sentido que mi buzón almacenara tantos mensajes y me fue fácil suponer que la empresa que había contratado me enviaba propagandas inservibles.
Abrí el primero y un número desconocido se apropió de la dirección del emisario: tenemos que salir uno de estos dias, no see nada d tu vida. Seguro se habían equivocado. Podes contestarme? No te hagas la mala, salgamos. Esos mensajes no estaban dirigidos a mí, se habían equivocado sin lugar a dudas. Disculpa, soy Luca. Mi corazón dio un brinco y mi exterior permaneció frío e inamovible. ¿Cómo había conseguido mi celular? Sólo había una respuesta factible, la mamá de Agustín le había dado mi número.
-¡Emma! -gritaron a lo lejos.
-¡¿Qué querés?! -respondí a mi molesta madre.
-¡Necesito que vayas a comprar comida!
Sólo había una forma de escapar y debía aprovecharla. Te veo en una hora en España y el río, respondí. Me abrigué rápidamente, tomé algo de dinero y guardé mi mp3. Abrí la puerta y me escabullí hasta la entrada.
-No puedo, Elisa. Salgo con un amigo, vengo a la noche -le dije mientras partía.
-¿Por qué no avisás ant..?
No dejé que terminara de hablar. Quería huir de allí y no podía dar pie a quejas. Mis oídos se maravillaron con la voz de Florence Welch entonando las notas de una de las mejores canciones que Florence + the Machine podía tener: Shake It Out.
“And I've been a fool and I've been blind
I can never leave the past behind
I can see no way, I can see no way
I'm always dragging that horse around”
Sus palabras me guiaron hasta mi destino, lejos de mi hogar pero no lo suficiente como para convencerme de tomar un colectivo. Mis piernas estaban entrenadas para largas distancias y mi mente necesitaba recorrer el sendero. Sentía fuertes deseos de alejarme por mi propia voluntad de ese mar de problemas en el que se había convertido mi hogar. Mi cabeza me exigía huir y escapar de los problemas, negar mi realidad y crear una fantasía de mi propia autoría. Cuando caminaba solía pensar que mi vida no era mía sino una mala broma de mi atropellada mente y que realmente mi realidad era absolutamente distinta.
Mi realidad no real era más bella que la que me golpeaba todas las mañanas al apoyar mis pies en el suelo. Solía pensar que vivía sola y que Lira y un pequeño cachorro adoptado recientemente eran mi única familia. Solía imaginar que trabajaba en la biblioteca y que los fines de semana en la noche me presentaba en bares cantando con una banda que había formado en el último tiempo. Solía alejar todos mis problemas al caminar porque los dejaba atrás. Mis pasos me guiaban lejos de la telaraña que me apresaba y asfixiaba. Me alejaban de la mierda a la que me había acostumbrado pero rechazaba siempre que podía.
El parque lucía desolado, realmente no había notado que no sólo estaba fresco sino también nublado. Luca no había llegado y dudada que realmente lo lograra. Me senté y abracé mis rodillas. El río era mecido suavemente por el viento y el gris del cielo lograba que todo luciera más apagado y real. Comenzaba a dudar que viniera. Había creído ingenuamente que respondería a un mensaje tan violento y directo con una sonrisa y compañía. No tenía derecho a pedirle eso, no podía exigirle nada.

-Perdón por la demora -murmuró al sentarse a mi lado-. Fui a comprar algo de comida. Supuse que no habías comido -sonrió.
Dejó una pizza y una gaseosa en el suelo. No lo había notado pero comenzaba a tener hambre y el olor a comida no ayudaba.
-¿Querés que la comamos ahora? Recién la compré y está calentita -comentó.
-Me parece perfecto -respondí y ataqué una tentadora porción-. ¿No tenías nada que hacer? -pregunté irritantemente.
-Me pediste que viniera y acá estoy -respondió-. ¿Cómo estás?
-Bien -miré el río que cada vez era agitado más fuerte por el viento, ya no lo acariciaba ahora lo violentaba.
-Me alegro -sonrió.
Terminamos de comer la pizza en silencio. No sé qué buscaba él pero yo estaba bien así; era el precio que pagaba por huir de mi realidad.
-¿Cómo te va en la facultad? -murmuró- No es que realmente me agrade tu decisión pero... la respeto.
-Me va bien -comenté desganada-. En unas semanas empiezo con los finales.
-Que horrible -expresó.
-Sí -asentí, no quería hablar, sólo quería estar.
-¿Para qué me dijiste que viniera? -preguntó dejando a un lado la caja de pizza y la botella de gaseosa vacía.
-Tenía que alejarme de casa -contesté-. Acá se está mejor que allá... En cualquier lugar se está mejor que allá.
-Eso no es una respuesta.
-Te usé para irme a la mierda -murmuré-. Yo diría que es una buena respuesta.
-Podrías haber mentido pero no lo hiciste...
No podía refutárselo porque estaba en lo cierto.
-Preferiste salir conmigo en vez de vagar por la ciudad... -murmuró- y sé que solés hacer eso.
-¿Y vos cómo lo sabés?
-Porque lo hacías cuando estabas en el secundario... Quizás no lo recordés pero nos cruzamos varias veces por la ciudad.
-No te quería hacer sentir mal después de los mensajes que me mandaste.
-¡Emma! No empecés otra vez con eso de herirme porque no te va a salir bien -se quejó-. ¿Tan difícil te es aceptar que querías algo de compañía?
-No quería compañía -me irrité-. Quería estar sola, disfruto mucho de mi soledad. ¿Eso solía hacerlo cuando estaba en el secundario?
Una gota recorrió mi rostro y otras no tardaron en unírseles. Comenzó a llover pero no me moví de allí. Quería que el agua acariciara mi piel y me cubriera de frío y temblores. Quería tener algo más en qué pensar y el frío helaba todo mi alrededor. Él tampoco se movió de mi lado y sólo guardó silencio. No tenía porqué quedarse bajo el agua, no tenía porque enfriarse con fuertes posibilidades de enfermarse pero aún así permanecía a mi lado.
-No estás sola, Em -susurró algo fuerte porque la lluvia no permitía oír bien-. Tenés mucha gente que te quiere a tu alrededor pero no te das cuenta -continuó-. No tiene nada de malo querer compañía y menos pedirla.
-Pues yo no la quiero, yo quiero sólo estar sola -casi le grité.
-¡Emma! -me gritó y volteó- Perdoname...
Sus labios se unieron a los míos y sus brazos me cubrieron. El frío estaba desapareciendo de mi ser y el calor que producía nuestro contacto comenzaba a apoderarse de mí. Nos separamos y rápidamente apoyé mi cabeza en su hombro, no quería verlo pero no quería que se fuera. Quería quedarme allí, apresaba entre sus brazos, prisionera de su calor. El calor humano que todos tenían pero yo creía mi ser había dejado de producir. Me abrazó con más fuerzas y la lluvia y su protección me permitieron llorar. Mi cuerpo descargaba la tristeza pero no sentía que realmente llorara porque las gotas y mis lágrimas se unían en el recorrido. Me alejé de todo y sólo sus brazos y mi cuerpo poblaron mi mente.
And it's hard to dance with a devil on your back
so shake him off.

domingo, 12 de enero de 2014

7.02 - Emma

Acaricié la panza de Lira cuando se volteó en busca de una mayor comodidad. Su pelaje variaba entre todas las tonalidades de gris pero su pecho, cara y patas eran blancos. Sus ojos verdes buscaban siempre atención y si no la obtenía por las buenas un cable o un sillón sufrían las consecuencias. Tenía carácter y eso era todo -nunca encontraría una mejor forma para describirla-. Era una gata que sabía lo que quería, era independiente y orgullosa y hacía lo que deseaba. Había sacado mi actitud frente a la vida y eso me alegraba.
-Sos una pequeña molestia hermosa -le susurré cuando volvió a cambiar su posición y a exigir más caricias.
Adoraba dormir arriba mío y yo disfrutaba su compañía. Había planeado estudiar esa mañana pero ella había cambiado mis planes. Me había invadido apenas me había despertado y ni tiempo me había tenido para salir de la cama. Para cuando logró dormirse yo ya me había rendido y había puesto para escuchar el disco que Luca me había regalado. Peter Allen no me fascinaba del todo pero apreciaba el gesto y no podía evitar recordar a mi tía. Me dolía pensarla pero estaba fuera de mí evitarlo, era más fuerte el deseo de escuchar y viajar lejos en el tiempo. Atravesar el portal que me alejaba de ella y encontrarme a su lado valía las lágrimas que me arrojaban al solitario presente. Lira se volvió a cambiar de posición y me recordó que no estaba tan sola como creía. Ella me acompañaba y también lo hacían Tomás y Elías... también Luca. Había mucha gente que me rodeaba aún cuando yo no deseaba apoyarme en ellos.
Abandoné a Lira y luego de ducharme fui a desayunar. Elisa me encontró en la cocina para despedirse y limpiarse las manos -nada nuevo en ella-.
-Tenés que ir a buscar a Tomás a lo de Agus.
-¿Qué te impide a vos ir a buscarlo? -le escupí.
-Tengo que salir -respondió altaneramente.
-Yo también tengo que hacer...
-Supongo que se quedará allá entonces -comentó despreocupada, sabía que yo no lo abandonaría-. Isabel dijo si podía pasarlo a buscar a las 11 porque tenían que hacer no sé qué... así que supongo que tendrán que esperar.
-No podés ser tan mierda, Elisa. Es tu hijo, no el mío -me molesté y comencé a devorar mi tostada, eran las 10.30.
-Te estoy pidiendo ayuda. Las cosas no están bien con tu papá...
-Ya lo sé, nunca estuvieron bien -añadí aún sabiendo cuál eran los planes de Luis en esa ocasión.
-Por favor -su voz se tiñó de súplica y me sorprendió.
Era la primera vez que verdaderamente demandaba mi ayuda. Siempre lo hacía de mala gana pero en ese momento sentí que realmente necesitaba su tiempo. No quería acceder, mi orgullo me lo impedía, pero veía que algo había cambiado. No pude dejárselo pasar fácilmente pero terminé ayudándola.
-¡Al fin y al cabo siempre lo voy a buscar yo! -puntualicé y se marchó.
¿Acaso estaba mal y yo estaba preocupada por ella? La mujer que decía ser mi madre pero que me había abandonado antes de tiempo, la mujer que se quejaba todo el tiempo por la hija que no había querido tener, la mujer que descuidaba a uno de sus hijos y adoraba a otro había logrado despertar en mí la preocupación. Pocas cosas rondaban mi cabeza y ella parecía añadirse a la lista.

Me subí al colectivo sin muchos deseos de hacerlo. Agustín vivía lejos y si quería llegar lo menos tarde posible debía usar el transporte público.
-¿Podés pagarme el viaje que se me agotó la tarjeta? -una joven preguntó y yo sin mucho interés pasé la tarjeta dos veces.
Miré los asientos -no esperaba que realmente me diera el dinero-, elegir no era un problema puesto que siempre me sentaba en los individuales pero en esa ocasión sólo quedaba disponible uno de dos. Me senté del lado de la ventanilla y comencé a buscar mi Mp3, la música me permitiría relajarme un poco... Fue una gran desilución descubrir que todos los bolsillos que mi ropa podía contener estaban completamente vacíos. Un viaje sin música, ¡genial!, ironicé para mi interior y me dispuse a mirar por la ventana esperando que nadie se sentara al lado mío.
-Muchas gracias por eso -comentó una muchacha al sentarse junto a mí-. Acá tenés -sonrió ampliamente y me entregó cinco pesos, los tomé y guardé-. La verdad que el centro está terrible, incluso con tanto frío la gente no deja de comprar.
La miré y medité unos instantes si buscaba una respuesta o no e incluso me tomé mi tiempo para pensar si yo deseaba responderle. Su cabello era negro como el petróleo y estaba recogido en una larga y alta cola de caballo que había acomodado sobre su hombro izquierdo. Una bufanda protegía su cuello y una campera impermeable la abrigaba. Sus ojos estaban delineados a la perfección y el negro iris de ellos combinaba claramente con su pelo.
-Ajá... -murmuré, una respuesta desinteresada evidenciaba que hablar no estaba en mis planes.
-Todo está carísimo, es impensable salir a comprar en estos días -se quejó ordenando sus bolsas-. ¿No te parece?
Sonrió buscando conversación y yo sólo la miré fríamente, no quería hablar y si ella no lo entendía se lo haría entender a la fuerza.
-Disculpame -rió chillonamente-. Me llamo Diana. Parecés una chica simpática, ¿cómo te llamás?
¿Simpática? Definitivamente necesita que le acomoden algunos tornillos dentro de su cabeza, pensé ante su estúpido comentario. Mis ojos no cambiaron su actitud y mi corazón tampoco. Me estaba enfureciendo con aquella desconocida que osaba interrumpir mi silencioso y forzado viaje con palabras triviales e irrelevantes. ¿Acaso no notaba mi absoluto desinterés? ¿Realmente lucía simpática? Evidentemente ella debía acomodar su concepto de simpatía.
-Hay gente que no sabe captar directas -esbocé con nada de sutileza.
-Tenés razón -respondió-. La gente puede ser muy molesta, ¿no te parece? Siempre hablando y quejándose cuando uno sólo quiere silencio y tranquilidad -suspiró-. A mí también me pasa, creeme.
-Te creo -me burlé y no la miré, la ventana mostraba un paisaje más interesante y le resultaría difícil hablar con mi nuca.
-Contame, ¿estás estudiando o trabajás? -no volteé a verla pero sabía perfectamente que sus labios estaban arqueados y que buscaba simpatía en el lugar equivocado.
¿Realmente creía que una desconocida compartiría esa información con ella? Incluso si se hubiera tratado de una persona amable -y no de mí- hubiera sonado completamente extraño su interés en la vida de su eventual acompañante. En esa ocasión no medité sobre mi accionar: no le contesté. Pronto una embarazada subió al colectivo y mi plan se formuló solo: luciría amable, le dejaría el asiento y me iría al fondo a permanecer parada; lograría sacármela de encima con gran destreza. Claro está, la gente fue demasiado amable y apenas subió la futura madre un asiento se desocupó antes que yo pudiera siquiera ofrecer el mío. Debía pensar en algo más.
-A mí me tocó trabajar -rió estúpidamente-. Me fui a vivir con mi novio cuando tenía 20 así que no tuve muchas opciones -suspiró profundamente-. ¡Qué agotador que es el trabajo! Ni un respiro te dan -se quejó.
-Igual que las personas, ¿no te parece? A veces no te dejan en paz -fríamente comenté.
-¡Parece que estuviéramos conectadas! ¡Estaba a punto de decir lo mismo! -sus ojos brillaron con mucha felicidad.
-¿No te parece genial? -entré en su juego- Debimos de haber sido hermanas en otra vida -reí estúpidamente- pero en esta yo no te conozco y vos a mí tampoco así que -me le acerqué suavemente y susurré- no me jodas.
Estaba segura que si no lograba convencerla de que se callara con esas fuertes palabras no habría otra forma de lograrlo. Al parecer esa chica había nacido para hablar y para hacer oídos sordos porque siguió intentando interaccionar conmigo. Para mi pesar el trayecto a lo de Agus era bastante extenso y el tráfico no ayudaba en absoluto. Diana me contó que trabajaba como secretaria en un estudio de abogados y que vivía con su novio, incluso me dijo que hacía poco habían adoptado un cachorro y que andaba mal de salud. Era imposible callarla y si bien dentro de mí crecía la ira poco a poco comencé acostumbrarme a su chillante voz y a su sonrisa eterna. Miraba por la ventana mientras escuchaba el murmullo constante y esporádicamente escuchaba realmente lo que decía. No tenía música para ambientar el viaje pero tenía una radio prendida que no dejaría de funcionar ni aunque la arrojara contra la pared.

El silencio reinó y me tomó por sorpresa; podía notar que algo no andaba bien. Giré y la vi. Aquella joven llena de cosas para decir y de un espíritu fuerte y extrovertido había callado. Su cabeza miraba sus manos apoyadas sobre su regazo y aunque ella parecía querer evitarlo yo podía ver cómo algunas lágrimas recorrían su rostro y se perdían en la caída. No sabía qué hacer. Involucrarme con las personas no formaba parte de mi rutina pero sentía que debía ayudarla.
-¿Te sentís bien?
Apenas mis palabras fueron pronunciadas noté lo estúpidas que sonaban. Evidentemente no estaba bien y no había que ser un sabio para notarlo. No contestó mi idiota pregunta y yo me vi obligada a insistir. No era una posición cómoda pero me sentía peor sino hacía nada.
-¿Te pusiste mal por lo que te dije antes? -el sollozo casi imperceptible comenzó a ser cada vez más sonoro- A veces tengo mal carácter, disculpame.
-No... no es eso...
La fragilidad se sentía en el aire y yo sólo esperaba que nadie notara que había una joven llorando al lado mío. Cuando las personas ven gente que está triste suelen acercarse para molestar y yo no deseaba estar rodeada.
-No estoy pasando por un buen momento con mi familia...
-Me engañaste muy bien, tu vida pintaba bastante perfecta -sus ojos se abrieron y las lágrimas aumentaron-. No quise decir eso -froté mi frente comprendiendo en el lío en el cual me había metido, las relaciones sociales no eran mi fuerte pero aún así intentaba fingir que lo eran-. ¿Qué pasa con tu familia?
-Me peleé con mis padres y me fui de casa cuando me junté con Alejandro, mi novio -explicó-. Hace mucho que no los veo...
-Lo que daría yo por eso -susurré y palideció-. No escuchés todo lo que digo, ¿si?
-La semana que viene Ale tiene que hacerse unos estudios... Los médicos creen que tiene un tumor en el hígado...
-Es una situación complicada, Diana, pero tenés que ser fuerte.
-Ya lo sé, es sólo que me gustaría que mi familia estuviera conmigo para ayudarme con esto.
-Seguro tenés amigos que te pueden acompañar...
-Sí, pero no es lo mismo.
-Seguro que si les contás a tus papás qué está pasando te van a ayudar -mastiqué cada una de las palabras.
Mis palabras me hicieron gracia porque estaba repitiendo las pelotudeces que todos me habían dicho desde niña. Esas palabras me enfurecían por ser mentiras pero nada más cruzaba mi mente para decir. Por supuesto que confiaba en que sus padres no fueran tan ajenos como los míos pero no podía saberlo con certeza.
-Quizás tengas razón -secó sus lágrimas y le sonreí.
Mi intención era que dejara de llorar y si con unas mentiras lo lograba estaba dispuesta a seguir mintiendo.
-Tenés que calmarte y hablar con ellos, seguro te van a apoyar -miré por dónde estábamos y noté que mi parada se esfumaba en la velocidad-. Disculpame pero me tengo que bajar.
Me dejó pasar y antes de que descendiera del colectivo se acercó y me entregó un papel.
-Gracias -sonrió honestamente-. Llamame si necesitás algo.
Un número escrito con una delicada caligrafía fue lo que ese viaje me dejó.

domingo, 24 de noviembre de 2013

6.01 - Emma

Abrí mis ojos como dos grandes platos cuando vi lo que hacía. ¿Realmente creía que no me daría cuenta? Era sumamente descuidada y hacía demasiado ruido -al menos para un lugar donde reinaba el silencio-. Me acerqué sin que notara mi presencia -la sorpresa era mi aliada y sacaría ventaja de ella-. Mi deber era proteger a los libros y cumpliría mi misión más allá de lo que ellos pensaran. Algunos estúpidos adolescentes habían venido a la biblioteca porque a algún estúpido profesor se le había ocurrido enviarlos a hacer un trabajo allí. ¿No se daban cuenta del peligro que representaban para los libros? ¿Yo era la única que los veía como la verdadera amenaza que eran? Jóvenes inmaduros con sus manos llenas de grasa por ingerir comida chatarra -y no lavárselas luego-.
Sus rostros de desesperación sólo podían evidenciar que debían entregar un trabajo al día siguiente y ninguno -¡había como 30 en la sala de lectura!- lo había hecho aún. Se conocían entre ellos y no dudaban en gritar de una mesa a la otra para “ayudarse” -molestarse sería más apropiado-. Había sido un día agotador, había retado demasiados niños y cuando parecía haber logrado la paz en ese campo lleno de minas, ella había cometido el peor de los crímenes.
Apoyé una mano en su hombro y con la otra tomé el paquete de papitas -grasientas y nocivas-. Su rostro se levantó y me miró con temor. Era una niña y yo la autoridad, no tenía posibilidades de ganar ese enfrentamiento.
-No se puede comer en la biblioteca -apreté el paquete.
-Lo... lo siento -murmuró por lo bajo.
-Que sea la última vez -sentencié y me llevé las papas.
Salí de la sala y me escabullí hasta el cuartito secreto. Rosa seguía en el mostrador pero Elías aún no había abandonado el escondite.
-¡Hey! ¿Cuándo pensás salir? Necesitaba refuerzos allá afuera -le dije mientras me servía un café y arrojaba las papas lejos.
-¿Estamos en guerra y no me enteré? -bromeó sin apartar sus ojos del celular.
-¿No viste al enemigo entrar hace media hora?
El silencio respondió y comenzó a irritarme. Él nunca había sido de los que se pasaban todo el día prendido a su celular pero al parecer las cosas estaban cambiando.
-Elías... Elías... ¡Elías!
-¿Qué... qué pasa? -me miró.
-¡Te estoy hablando y vos no soltás el teléfono!
-Perdoná, estaba hablando con Carolina.
De pronto noté lo que estaba pasando: me estaba cambiando por ella. Antes escuchaba lo que tenía que decir sin ningún tipo de queja -sin importar cuán tonto fuera mi pensamiento- pero en ese momento me ignoraba. No quería eso... Él había sido por mucho tiempo el único con quien había hablado y ahora... tenía mi reemplazo del otro lado del celular. Mis ojos se abrieron en tristeza pero no podía hacerle eso... Después de tanto, ¿estaba ocurriendo de verdad? Después de tanto conocerse, ¿las cosas estaban funcionando entre ellos? Todo marchaba perfectamente y podía sentir el amor en el aire. No podía...
-¿Anda todo bien? -pregunté, no quería sonar brusca pero tampoco desinteresada.
-Sí, estábamos arreglando para salir.
-Entonces los dejo -sonreí con un dejo de rareza y le di la espalda para luego voltear-. ¿Me podés reemplazar en la sala? Esos chicos me desquician.
-Ya voy -me guiñó un ojo y lo dejé solo.
No me gustaba nada el lugar que comenzaba a ocupar en la vida de Elías pero no podía hacer nada al respecto. Salí con mi café en mano y me quedé en el mostrador junto a Rosa. El movimiento había sido bastante escaso, a excepción de las crías de secundario.
-¿Cómo se portan los niños? -sonrió irritablemente.
-Como siempre, como monstruos -me quejé.
-Son chicos, Emma, están aprendiendo a manejarse en la vida.
-Eso no quita que sean un peligro.
-Todos lo fuimos alguna vez -finalizó la conversación y yo no seguí hablando, con ella no valía la pena hablar de esos temas.
Terminé mi café y las palabras se me escaparon. Él se acercaba amenazantemente al mostrador, se dirigía a Rosa con una malvada sonrisa en sus labios y yo no tenía otra alternativa más que detenerlo -no había otra salida-. Me le acerqué apenas pasó al viejo guardia y lo arrastré a un rincón -mientras menos lo vieran por allí era mejor-.
-Pensé que teníamos un acuerdo.
-Así es -sonrió sabiendo que me tenía en su poder-. Vine por mis clases de inglés.
-Ahora no puedo, estoy trabajando -le escupí y antes de que pudiera quejarse accedí a su capricho-. Te veo mañana a las 9 arriba.
-Tengo escuela.
-Está bien... A las 2, ¿te parece? -odiaba amoldarme a los horarios ajenos pero era mi cabeza la que estaba en juego.
-Perfecto -volvió a sonreír maliciosamente-. Te veo mañana, Emma.
Su voz pronunciando mi nombre molestó a mis oídos. Ese estafador de cuarta me tenía con una soga al cuello y yo no había hecho nada para impedirlo. Lo había dejado sobornarme cambiando el silencio por clases de inglés. ¡En qué inocente juego me había metido pero qué cruel era sentir mi cabeza en riesgo!

¡Llegaba tarde! ¡Habíamos pautado juntarnos a las 2 y ya había pasado media hora! ¿Me lo hacía a propósito? ¿Me iba a hacer pagar caro mi simple desliz? Ni siquiera sabía qué estaba dando en el colegio pero había traído mis libros por las dudas. Confiaba plenamente en mis anotaciones y sabía que las necesitaría pero... nunca había dado clases, ¿cómo mierda iba a enseñarle a un adolescente inglés? ¿Por dónde empezaría? Mi ira pronto se transformó en preocupación. Improvisaré sobre la marcha, pensé y decidí así hacerlo. Ese chico no sabía nada de mí y yo podía fingir que sabía lo que hacía. Mi preocupación se convirtió en bronca: le haría pagar la espera, mi tiempo era muy valioso como para desperdiciarse así.
-Al fin decidiste aparecer -sonreí maliciosamente, la balanza se había inclinado a mi favor-. Llegué a pensar que no vendrías -mentí.
Tiró una mochila en una silla y se desplomó en otra, lucía bastante agotado -como si hubiera corrido hasta el lugar-.
-¿Comenzamos? -pregunté.
-Comencemos, Emma -y volvió a sonar extraño.
-Mostrame tus libros.
Sacó unas fotocopias anilladas y me las alcanzó. Los libros y las escuelas parecían no tener mucha relación; las copias se habían adueñado de la educación de los niños y eso me inquietaba. El contenido era el mismo pero la conexión era distinta. Los libros tenían cuerpo y también debía apreciarse, tenían un aroma que los caracterizaba y un alma propia que había que aprender a conocer. Las copias, en cambio, eran estériles y perdían el verdadero encanto de los textos.
Un pequeño rotulado con una hiriente caligrafía rezaba: Martín Verdi, 5º D T.M., Superior de Comercio. Pasé las páginas con rapidez, no quería que notara el detalle en el cual yo me había detenido; ambos compartíamos el mismo secundario, yo como egresada y él como actual estudiante. Quizás lo conoce a Luca, la frase cruzó mi mente y temí. Había demasiadas cercanías entre nosotros, ¿cuántas más cosas podían llegar a unirnos? ¿Cuánto más podía ocultar ese joven tan común a todos?
-¿Por dónde empezamos? -preguntó y no dudé en dominar la situación.
-Copiá estos cuadros -le arrojé mis anotaciones-. Es lo básico para empezar.
Anotó sin cuestionar mi autoridad y comencé a pensar qué haría a continuación. Los pronombres personales y posesivos y la conjugación de los verbos en simple past, present simple, present continuous y future debían servir para empezar pero aún debía resolver algo más: su nivel. Tenía que saber con qué estaba lidiando, qué tan malo era. Busqué mis libros y le di para responder las preguntas de la primera unidad, aquellas clásicas y tontas preguntas sobre la propia vida: el nombre completo, la edad, la vivienda, la familia, las mascotas, un recuerdo y un futuro. Simple y claro, ¿cuán terrible podía ser?

-Creeme que me sorprende que hayas llegado a quinto y no te la hayas llevado -me molesté al leer las primeras respuestas, no sólo tenían horrores ortográficos sino que estaban mal redactadas, necesitaba ayuda y mucha.
-¿Qué te hace pensar que nunca me la llevé?
-¿Te la llevaste alguna vez?
-No.
-Entonces llamate al silencio.
Continué leyendo. Íbamos a tener que empezar de cero pero por lo menos tenía algo. Comenzaríamos con las unidades -una por una- de sus copias y las complementaríamos con mis textos. Teníamos mucho trabajo por delante pero antes de que pudiéramos poner manos a la obra algo me detuvo. La despreocupación con la que había venido el día anterior había desaparecido y lucía tan indefenso y escurridizo. Por unos instantes me hizo acordar a Tomi pero todo se desvaneció cuando habló.
-¿No deberías estar dándome clases, Emma? -otra vez esa irritante voz.
-Mirá, pendejo, yo puedo explicarte todo lo que quieras mil veces pero vos sos el que tiene que poner la cabeza en funcionamiento -lo amedrenté.
-Parece que voy a tener que ir a hablar con esa gordita tan simpática -murmuró simulando irse, esperando que lo detuviera y, en vista de las circunstancias, me vi obligada a hacerlo.
-No es necesario que hagas eso -dije mientras con mi rostro dejaba bien en claro que no le temía-. ¿Por qué no respondiste la última? ¿No la entendiste?
-No tengo nada en mente para mi futuro -explicó desplomándose en el asiento.
-Lamento decirte que esa no es una respuesta válida para un examen, algo tenés que escribir así que a usar la imaginación -le sonreí, no quería ser amable pero me sonaba duro escucharlo decir eso con 17 años de edad y quería suavizarlo.
-Está bien, dame la hoja.
La tomó de mi mano y me la devolvió: -What will you do in the future? -Nothing. Lo miré con suspicacia; no era una respuesta válida pero le reconocía haber escrito bien la palabra.
-Vamos a tener que trabajar en eso -remarqué-. ¿Sabés cómo se ordenan las palabras en una oración?
Esa pregunta desembocó en todo lo que sucedió a continuación. No sabía nada y se confundía constantemente el orden en las preguntas y en las oraciones afirmativas y negativas. Tuve que explicarle los pronombres y los tiempos verbales, casi como enseñarle a un niño a hablar. Le dejé bien en claro que con el vocabulario yo no podía hacer nada, ese debía ser su trabajo -debía memorizarlo si quería aprobar-. Estuvimos dos horas trabajando con sus ejercicios y de tarea le quedarían los míos.
-¿Necesitás ayuda con el oral?
-No, rindo escrito nada más.
Esa respuesta me tranquilizó, no quería imaginar su pronunciación si se equiparaba con su gramática. Suspiré algo cansada, ese chico tenía problemas para incorporar el inglés a su vida y me fastidiaba.
-¿Ves alguna serie o escuchás música en inglés? -pregunté e incluso me animé a añadir otro tópico- ¿Te gusta leer?
-Escucho música, no lo que dicen y... si los comics cuentan, sí, me gusta leer.
Algo era algo y podía tratar de incentivarlo aunque claro, yo sólo podía empujarlo, él debía hacer el resto.
-Quiero que cuando escuches música trates de distinguir las palabras -le pedí- y buscá los comics que leas en inglés.
-Yo sólo quiero aprobar -se quejó.
-Entonces te sugiero que hagas lo que te digo.
Se incorporó y se sentó recto en la silla. Se puso tenso como un gato, estaba incómodo y no tenía ganas de molestarme. ¿Por qué actuaba tan extraño y cambiante? A veces asumía el control de la situación y otras optaba por ignorar todo a su alrededor y mantenerse indiferente al mundo que lo rodeaba.
-Ya estamos por hoy, Emma -sí, lo hizo otra vez.
-Quiero que hagas esto para la próxima, Martín -disfruté la venganza y le di un writing para hacer.
-Ya vamos a ver... -guardó todo desordenado en su mochila.
-Hacelo -le ordené y se detuvo.
Me daba la espalda y su semblante lucía tenso y luego relajado. ¿Qué pasaba por su cabeza? ¿Qué le generaba tantos cambios de ánimos? ¿Qué ocultaba y no quería compartir con nadie?
-Si vos no te ayudás nadie más va a poder hacerlo -le dije.
Sentí que mis palabras se alejaban lentamente del contexto pero me parecieron apropiadas y no dudé en enunciarlas. Al fin y al cabo la vida era así.
-Te veo la próxima semana, Em.
Se marchó y pude sentir que la tensión desaparecía, ese “Em” había quebrado el muro y nuestra relación recién comenzaba a formarse. Guardé mis cosas y me marché, no trabajaba y debía aprovechar el tiempo... para mí.

Pinté un poco con mis viejos pinceles y manché mi camisa de trabajo. Cuando era pequeña me quedaba demasiado grande pero ya con 20 años se había amoldado a mi cuerpo y permitía que mis formas -no tan voluptuosas pero tampoco invisibles- se lucieran de manera atractiva. No logré terminar la pintura porque unos golpes en la puerta me sorprendieron.
-Pasa, Tomi -él era el único que accedía a mi cuarto si golpeaba la puerta antes.
-No soy Tomás.
La puerta se abrió y mi padre me miró. Ni él ni mi madre habían entrado allí por mucho tiempo, de hecho nunca aparecían por mi habitación. Nuestra comunicación era casi nula y era innecesario molestarnos en nuestros cuartos.
-¿Qué necesitás? -dije con extrañeza mientras apagaba la música, siempre pintaba con música.
-Quería hablar -murmuró al cerrar la puerta y sentarse en la cama.
-Te escucho.
Me senté en la silla del escritorio y me crucé de brazos. Cuando yo quería hablar él no tenía intención de hacerlo y, por primera vez, él era quien ofrecía tener una conversación.
-Lamento no haber sido un buen padre -comenzó- pero tenés que tener en mente que no estaba en mis planes.
¿Por qué tenía que escuchar eso?
-Vos sólo apareciste, Tomás fue un intento de recuperar algo que nunca existió y Mía fue un descuido de tu madre...
¿Cuánto más quería herirme? Sabía muy bien cómo hacerlo.
-Te hubieras hecho cargo igual pero se ve que te faltan huevos para enfrentar la realidad -le escupí con furia-. ¿Querés que escuche algo más o te parece que ya fue suficiente?
-No tengo porqué escuchar esas cosas de mi propia hija -se enfadó.
-Vos mismo lo dijiste, yo sólo aparecí y así fueron las cosas. ¿Algo más? -no tenía intenciones de seguir hablando.
-Tu madre se equivocó... -comenzó lentamente- y yo también... -respiró profundo- La voy a dejar.
Discutían todo el tiempo y no me sorprendía su comentario. El matrimonio de mis padres pendía de un hilo desde que podía recordarlo y por una razón que desconocía habían permanecido juntos. Quizás había sido por nosotros... o por lo que los demás podrían pensar.
-¿Y por qué me lo decís a mí si ella es quien tiene que oírlo? No me metás en el medio de tu relación -ya había tenido suficiente con sus juegos.
-Quería que te encargaras de tus hermanos, que los cuidaras.
Y de pronto atisbé una beta paterna en su ser. Al menos algo sentía por esas tres criaturas a quienes les había dado la vida.
-Vos fuiste la única que estuvo para ellos... siempre...
¿Ahora me reconocía todo mi esfuerzo? ¿Su desinterés e indiferencia absolutos debían compensarse por unas pocas palabras de aliento para su hija mayor?
-Yo sólo hice lo que vos no.
-Vos... -se calló- siempre fuiste tan fuerte e independiente.
-¿Qué otra opción tenía? ¡Para vos ni existía y mi madre se había ganado mi desprecio! -las lágrimas de bronca cayeron de mis ojos- Andá, dejala que yo me encargo de arreglar tus desastres.
-Sólo quería que lo supieras...
-¿Sabés qué fue lo que te faltó? Voluntad y decisión, algo que nunca vas a tener.
-¡Basta, Emma!
Se marchó y me dejó allí, con más problemas de los que ya tenía. Debería lidiar con dos hermanos menores que deberían superar un divorcio a una edad tan joven. Mi tarea como hermana había aumentado y no sabía qué ocurriría cuando la noticia se esparciera. Me sentía mal por no estar triste ni impactada pero la verdad era que nunca había sentido que fuéramos una verdadera familia y únicamente había logrado conectarme con Mía y Tomás. Mis padres sólo ponían el dinero para que viviéramos pero el amor no formaba parte de la relación. Sin embargo, las palabras de mi padre eran difíciles de creer. ¿Mi madre lo aceptaría? Lo dudaba... aunque suponía no tenía otra opción. Debía reconocerlo, mi padre parecía decidido pero era tan fácil disuadirlo de algo que había que ver hasta dónde llegaba con su plan. Quizás me sorprendería... o quizás no.

domingo, 10 de noviembre de 2013

5.03 - Emma

Desperté con el sol acariciando mi rostro y una pequeña brisa entrando por mi ventana. Solía molestarme cuando la olvidaba abierta, puesto que despertaba resfriada y enferma, pero ese día todo relucía y una luz especial iluminaba mi cuarto. Mi cuerpo estaba relajado y mis músculos habían descansado lo justo y necesario en aquella cama que tantas noches de mierda había presenciado. Ese lunes el día me sonreía y podía sentirlo -estaba feliz-. Era como uno de esos días en que todo me salía a la perfección -el único en todo el año-. Me incorporé y me cambié; tenía un parcial y no podía esperar a sacármelo de encima. Estaba completamente segura de que me iría bien -¿cómo podía irme mal?- ya que había estudiado toda la semana y estaba preparada para hacer mi último esfuerzo y decirle adiós a Matemática I -al menos al cursado-. Aún debía enfrentarme al final pero confiaba en mí, nada podía fallar.
Me arreglé y desayuné mientras repasaba un poco, no debía confiarme demasiado porque me podía jugar en contra. Bien sabía yo que eso ya me había pasado y no iba a permitir que ocurriera de nuevo. Sonreí y observé a mi alrededor: la decoración de mi casa no era de mi agrado pero sí adoraba tenerla sólo para mí. Rendía a las 8 y mis padres ya se habían largado -habiendo dejado a mi hermano en el colegio y a Mía en lo de Estela-. Estaba absolutamente sola y eso me tranquilizaba, nadie me molestaría por los pocos minutos que allí permanecería. No discutiría antes de ir a cursar, no cambiaría pañales, no cocinaría el desayuno, no calentaría la mamadera, no me enojaría... Sólo respiraría en paz porque sabía que sólo yo habitaba la casa y que nadie podía molestar. Los problemas se alejaban y el silencio invadía la escena; en cada habitación sólo había paz. Volví a sonreír como una tonta y miré el reloj, debía marcharme para llegar a horario.
Lavé mi tasa, tomé mi mochila y giré la llave en la cerradura; estaba lista para enfrentar al mundo con una sonrisa en mi rostro. Sin embargo, un llanto me detuvo...

-¿No lo podés callar? -le pregunté a mi tía, odiaba oírlo llorar.
-Está enfermo, Em, ya se va a calmar.
Lo tomó en sus brazos y lo meció un poco mientras tarareaba una dulce melodía que yo adoraba puesto que solía cantármela cuando me sentía mal. Suspiré mientras ajustaba mi colita, quería jugar pero mi hermano acaparaba toda la atención de mi tía.
-Dejalo en la cuna y vamos a cantar -tironeé de su vestido.
Sus ojos me encontraron y sonrieron, vieron en mí a una niña que sólo buscaba divertirse y veía estropeado su momento por un bebé que, todos le decían, era su hermano.
-Hagamos algo, traeme la guitarra y cantamos acá, ¿te parece? -me guiñó un ojo y yo salí corriendo.
Traje la guitarra criolla y se la di. Tomás ya dormía en la cuna y ella me esperaba sentada en el piso, como siempre hacía. Tocó unos pocos acordes y me enseñó la letra de una nueva canción, ella era la autora y buscaba una opinión sobre su creación. Para cuando terminamos de cantar ya sabía qué tenía que decir.
-¡Me encanta! -reí sonoramente y Tomi me imitó.
-Parece que tu hermano se siente mejor.
Me asomé a la cuna y pude ver su rostro lleno de puntitos rojos. Estaba enfermo pero la música parecía haberlo aliviado.
-Tu canción lo curó -le dije, estaba convencida de los poderes sobrenaturales de las canciones de mi tía.
-No, fue tu voz -sonrió-. Los hermanos mayores cuidan y protegen a los pequeños, parece que vos descubriste cómo ayudarlo -acarició mi cabeza y desacomodó mi peinado.
-Yo lo voy a cuidar siempre -tomé su pequeña mano y le sonreí.

Mis ojos se abrieron cuanto pudieron y mi sonrisa se volvió una mueca de odio, ¿acaso la habían olvidado? ¿la había olvidado? ¿Cómo podían haberse olvidado de su hija? ¿por qué lo había hecho? El asqueroso ruido seguía de fondo mientras yo trataba de comprender qué estaba pasando. Mi padre dejaba a Tomás en la escuela y a Mía con una amiga -una mujer que no me agradaba-. Entonces ¿por qué la escuchaba llorar cuando debía estar en otro lugar?
Subí las escaleras apurada, no tenía tiempo para perder. Tomé un bolso y guardé lo que necesitaría para cuidar a Mía: pañales, una muda de ropa, la mamadera, una toalla y un juguete para que se entretuviera. Rió cuando la levantaba de la cuna y la vestía después de cambiarle el pañal. ¡No podían haberla olvidado, no tenían derecho a hacerlo ese día! Saqué el coche a la calle y caminé rápido hasta llegar a la facultad. Me encargué de que la beba no durmiera así lo hacía durante el parcial -no estaba dispuesta a desperdiciar mi tiempo de estudio-. Iba a rendir sin importar nada y ella no iba a impedírmelo. Mi día había empezado bien y no iba a terminar mal.
Entré al salón y, sin querer, azoté la puerta. Todos levantaron su cara para mirarme y la bronca comenzó a apoderarse de mi cuerpo. Caminé, con el coche adelante mío, hasta el final del salón -para mi suerte había un asiento libre-. Acomodé mis cosas en el banco y bajo la mirada de todos hice dormir a Mía; luego de tomar la mamadera no tardó mucho en desvanecerse. Algunos volvieron a preocuparse por sus exámenes pero otros siguieron observándome. Gracias a la política de la universidad no podían impedirme ingresar con mi hermana -dejaban que cualquiera entrara así que no podían negarme nada-. El profesor caminó hasta mi lugar y dejó el parcial en mi banco, no sin antes observar detenidamente a la criatura inmóvil que reposaba mi lado.
-Tienen tiempo hasta las 10 -resaltó el viejo dejando bien en claro que no habría excepciones.
-No necesito tanto, gracias -le sonreí con diversión.
Bajé mi rostro y me enfoqué en el papel. No estaba segura de lo que había dicho, eran las 8.30 y dudaba llegar a terminar todo antes de las 10 pero no soportaba que me presionara así. Era una de las mejores estudiantes y, al parecer, no podían perdonarme una tardanza ni una beba en el salón. Alejé todos los pensamientos que me desviaban de mi meta: aprobar Matemática I. Había terminado todos los ejercicios pero al revisar noté que había cometido un error. Miré el reloj: se me acababa el tiempo. Tachar, un número aquí, un número allá, una suma errada a corregir y todo marchaba bien... Me detuve, ¿se había movido?

Levanté mi rostro y dejé de leer. Me pareció que su mano se movió y tardé varios minutos antes de darme cuenta de que había sido mi imaginación o las estúpidas esperanzas que seguía manteniendo. No estaba en coma pero sí estaba muy mal. La quimioterapia arrasaba con todas sus fuerzas y moverse no era una tarea fácil para alguien en un estado tan débil.
-Disculpá, no quise interrumpir el relato -le dije al recordar cuánto le enfadaba que me detuviera cuando leía-. “...Era el bosque más silencioso que se pueda imaginar. No había pájaros, ni insectos, ni animales, y no soplaba el viento. Casi se podía sentir cómo crecían los árboles. El estanque del que acababa de salir no era el único. Había docenas de estanques, uno cada pocos metros hasta donde alcanzaban sus ojos, y creía percibir cómo los árboles absorbían el agua con sus raíces. Era un bosque lleno de vida y al intentar describirlo más tarde, Digory siempre decía: «Era un lugar apetitoso: tan apetitoso como un pastel de ciruelas»...”
La miré de nuevo: seguía intacta y eterna. Su pálida piel y la ausencia de su cobrizo cabello decían más de lo que ella hubiera querido decir. Continué sin detenerme hasta finalizar el capítulo. Ese había sido uno de los primeros libros que me había regalado y el primero que habíamos leído juntas.

Volteé y la vi: sus grandes ojos estaban bien abiertos y me miraban expectantes, sus labios estaban separados, su lengua se asomaba divertida y estaba preparada para comenzar a balbucear. Vocalizó -sí, frente a todo mi clase- y muchas cabezas se movieron, incluyendo la de mi docente que, con ojos de hierro, había descubierto al origen de la molestia.
Me fastidié y me levanté. Guardé mis cosas como pude y, con el coche adelante, llegué hasta el gran escritorio. Dejé allí mi parcial y con asco miré a ese anciano que se creía tanto y valía tan poco.
-Esperemos que le haya ido bien -murmuró.
-Yo no espero, yo hago que las cosas pasen -respondí y me largué.
¿Acaso todo marcharía para la mierda ese día? Mi mañana había sido soleada y a medida que el tiempo pasaba todo se oscurecía. Me había ido mal, no podía negarlo, y, para empeorarlo todo, había tratado mal al docente del cual mi nota dependía. Mi gran bocaza se había entrometido y no tenía dudas: aprobar esa materia me costaría más de lo que pensaba.
-¿Es su hija? -susurraron a una mesa de distancia, ¿creían que no los escuchaba?
-Es obvio que sí, son iguales.
La miré: sus ojos eran más grandes que los míos aunque compartíamos el mismo color, su cabello era un poco más oscuro y los pequeños bucles lo poblaban, yo había tenido el mismo pelo de pequeña. No cabía duda, éramos muy parecidas e incluso nuestras sonrisas se asemejaban. Las habíamos sacado de nuestro padre y eso no me agradaba en absoluto.
-Tan joven y con un hijo... Eso es cagarse la vida.
-¿Tendrá un padre?
-Andá a saber, quizás fue una noche y le apareció el bombo. Con eso basta...
Respiré profundo y terminé de tomar mi café, había pedido uno bien cargado puesto que debía espabilarme. Jugué con el pequeño osito color verde -mi primer y único regalo- y Mía no tardó en llevárselo a la boca y babearlo, sonreí y se lo cambié por el chupete.
-¡Una cagada total! -siguieron murmurando entre ellos.
-Se arruinó la vida.
Eran unos idiotas y yo era consciente de que no valían la pena pero aún así me enfadaba el escuchar sus estupideces. ¿No tenían nada más importante para hablar? ¿Yo tenía que ser su tema principal? Ni siquiera me conocían pero me juzgaban como si fueran expertos, ¿acaso sus vidas eran tan miserables y aburridas que yo era lo único divertido sobre lo cual divagar?

Mi tía ya no tenía salida. Creían que no los escuchaba pero podía oírlos murmurar y conspirar. Decían que moriría pronto y ya no quedaba nada por hacer. Fui con mi tía, no quería oírlos porque no podían estar hablando en serio, ¡no podían dejarla morir! Tomé el libro y seguí leyendo, me faltaba poco para terminarlo.
-“...y la voz más profunda e impetuosa que había oído jamás empezó a decir: Narnia, Narnia, Narnia, despierta. Ama. Piensa. Habla. Sed Árboles Andantes. Sed Bestias Parlantes. Sed Aguas Divinas...”
Bajé el libro y lo apoyé en mi regazo. Lo sabía, ya lo sabía y aún me negaba a aceptarlo. Las lágrimas brotaron solas, no podía detenerlas y tampoco quería hacerlo. Quería dejarme llevar, liberarme por unos instantes de tanto dolor. La cabeza me dolía horrores y mi corazón daba fuertes golpes dentro de mi pecho, quería huir de allí y acabar con tanto sufrimiento. Mi tía me había abandonado...

-¡Basta! -grité y todos, incluso quienes atendían el bar, me miraron.
Había bloqueado demasiado, estaba harta de recordar. Me había forzado a no hacerlo, todo el día lo había hecho pero no había bastado. ¿Por qué tenía que soportarlo? ¡No quería revivir aquellos días! Había ignorado los recuerdos pero al parecer mi mente no jugaría mi juego, poco a poco quebraba el muro y rasgaba la piel.
-¡Ella no es mi hija! -me enfurecí y Mía se asustó, sus ojitos brillaron y supe que podía sentir la tensión en el ambiente.
Descargaría en ellos todo lo que dentro mío se estaba formando. Me acerqué a la mesa donde se debatía sobre mi vida y miré uno a uno a quienes participaban. Sus rostros se deformaron en pánico. ¿Tanto miedo generaba?
-¿Por qué no hablan sobre sus vidas en vez de meterse en la de los demás? ¿Por qué no preguntan en vez de pensar estupideces? Ella -la señalé y algo en mí se quebró- no es mi hija pero estaría orgullosa si lo fuera -su nariz se puso colorada y sus cejas se arquearon en señal de tristeza-. Voy a tener un hijo cuando yo quiera tenerlo -la alcé en mis brazos cuando el llanto comenzó-, no cuando la sociedad crea que es correcto.
La abracé contra mi cuerpo y arrojé el gran bolso al coche. Salí del bar dejando atrás rostros curiosos, divertidos, asustados e irritados -lo cual no me molestaba en lo más mínimo-. Aún tenía que cursar una materia pero no pasaría por lo mismo otra vez. Me encaminé hacia mi colegio: sólo había una persona que podía ayudarme y sabía que podía contar con ella... Me detuve en seco: mi tía me había abandonado...

-Estoy buscando a Luca Salvatore -le dije a la portera del Superior con temor a que me reconociera pero, al parecer, desconocía quién era.
-Tenés suerte, recién pasó a la sala de profesores -me señaló por dónde debía ir, claro que yo ya sabía dónde podía encontrarlo.
Acosté a Mía en el coche y la tapé con una frazadita de soles y lunas, estaba fresco para una beba tan pequeña. Por supuesto, cuando uno va por la vida con un bebé todos -absolutamente todos- los rostros te observan. Parecen ser juguetes que nadie se cansa de mirar y malcriar. Muchos miraron el coche y exclamaron el típico “ahh” que los niños siempre generan.
-Es una preciosura -dijo la portera-. ¿Cuánto tiempo tiene?
-Seis meses -respondí fríamente y entré, ignorándola por completo, por el pasillo que me conduciría a mi salvador.
No habíamos hablado desde el sábado pero confiaba en que la relación estuviera bien -o al menos no destruida-. En realidad no había motivos para que estuviéramos mal pero el no habernos comunicado en casi una semana después de nuestro encuentro me ponía algo histérica, ¿acaso seríamos amigos o sólo nos veríamos esporádicamente cada vez que se presentara la ocasión?
Me asomé por la puerta y vi a dos profesores que yo había tenido. Hablé mientras rogaba que no se dieran cuenta de quién era.
-¿Luca? -lo llamé por lo bajo y un joven profesor con camisa y pantalón negro se dio vuelta.
Llevaba una carpeta en sus manos y una corbata un tanto desajustada en su cuello. Debía haber estado trabajando desde temprano porque su aspecto lucía algo desprolijo -aunque no por eso menos atractivo-.
-¿Emma? -respondió con una sonrisa en sus finos y seductores labios.
-Necesito tu ayuda -exclamé tratando de sonar sincera, pedir favores no era habitual en mí y cuando lo hacía solía estropear el momento.
-¡Mirá esa ternurita! -dijo la mujer y se acercó al coche para verla más de cerca.
Era mi ex-profesora de historia con unas arrugas de más. ¿Tan desapercibida había pasado que no me recordaba?
-Es muy linda, Lu -añadió el otro profesor, el cual me había dado clases de física.
-Bella como la madre, no hay dudas -resaltó la vieja intentando ganarse mi simpatía, un intento estúpido.
-Y nada parecida al padre, ¿estás seguro que es tuya? -bromeó el hombre, mis ojos se abrieron cuanto pudieron y Luca lo notó.
-No es suya -respondí incómodo y molesta-. Tampoco es mía -enmudecieron sin saber qué decir-. Es mi hermana -expliqué antes de que se pusieran histéricos.
Se disculparon y se marcharon sin saludar. Veía cómo les importaban sus estudiantes, ninguno había visto en mí a una ex-alumna, ¿sólo había sido un número en la planilla? ¿Un número que debían completar con más números? ¿Un número que tenían que calificar sin importar la persona? ¿Había sido un número como cualquier otro? No me habían reconocido en lo más mínimo, al parecer les importaban una mierda sus estudiantes y sólo podía hacerme una pregunta: ¿para qué se habían dedicado a la docencia?
-¿Emma? -me llamó Lu.
-Disculpá -comencé- pero tengo que pedirte un favor -le confesé-. No sé si tenés que seguir trabajando pero pensé que si no estabas ocupado podías encargarte de Mía por una o dos horas, tengo que ir a cursar y ya hice un papelón.
-Tenés suerte, el curso que me tocaba se fue de excursión a la Bolsa de Comercio así que estoy libre hasta el mediodía.
-En mi época no nos llevaban de paseo a ningún lado.
-¿En tu época? -rió- Apenas hace dos años que te graduaste, sigue siendo tu época -me dedicó una sonrisa-. Las cosas cambiaron bastante.
Tomé a Mía y la sacudí suavemente, tenía que despertarla -era increíble la rapidez con que se dormía- para que conociera a Luca. Sus ojitos se abrieron y sus manos buscaron mi trenza, adoraba llevársela a la boca -en realidad adoraba llevarse todo a la boca-.
-Te quedan bien los niños -dijo y yo lo ignoré.
-Mía, él es Luca, te va a cuidar y yo voy a volver en un rato a buscarte -le dije a la beba y Lu la alzó.
No lloró ni hizo un berrinche, sólo se acomodó con la cabeza en el hombro de él y se durmió. La meció un poco y le tarareó una dulce melodía.
-A vos también te quedan bien los niños -me aventuré a decir y le provoqué una sonrisa.
Le dejé el bolso con todas las cosas de Mía y me marché.

La clase fue sumamente aburrida y para cuando llegó la hora de irnos pude ver cómo todos murmuraban sobre mí. Sabía perfectamente que lo que había hecho en el bar había sido esparcido por todo el lugar pero no tenía interés en averiguar si los rumores relataban la verdad. Había escuchado varias versiones pero ninguna que me molestase. Dejé que siguieran nadando en el aire y salí del salón.
-¡Emma! -un joven gritó en la lejanía, ¿cómo sabía mi nombre?
-¿Qué necesitás? -pregunté con crudeza, no sería el primero que me pedía algún ejercicio resuelto para los prácticos.
-Quería pedirte disculpas por lo que dijeron hoy mis compañeros -explicó y pude verlo, él había estado en esa mesa, él había sido uno de los protagonistas de la escena que había montado-. No tenían derecho a hablar así, ellos ni siquiera te conocen.
-¿Y vos sí? ¿Vos sí me conocés? -me le acerqué, teníamos la misma altura pero yo estaba mucho más erguida y podía asustar más.
-Cursamos el secundario juntos -respondió-. ¿No te acordás de mí?
Lo observé. La realidad era que nunca le había prestado atención a los varones de mi curso porque todos eran unos idiotas y no veía provechoso relacionarme con ellos.
-Soy Tobías -me informó al darse cuenta de que no tenía la menor idea de quién era-. Se ve que no fui un gran personaje en el colegio -bromeó y a mí no me generó gracia así que se puso serio al notarlo.
-Nos vemos por los pasillos entonces.
Me marché, sólo podía pensar en una cosa: buscar a Mía y llevarla a casa. Caminé rápido y entré al colegio sin siquiera saludar a la mujer de la entrada. Fui directo a la sala de profesores pero me detuve antes de entrar. Unas notas musicales llegaron a mis oídos y una melodía que conocía muy bien apuntó a mi corazón. Una suave voz cantaba y una chillona voz reía.
-Hola -saludé al abrir la puerta y Luca calló-. Es una hermosa canción -las lágrimas se agolparon en mis ojos pero no cayeron, todo estaba bajo control.
-When everything old is new again de Peter Allen. Tiene una bella melodía -respondió y se acercó, iba a abrazarme pero yo me adelanté y lo esquivé.
Tomé el coche y el bolso. Tenía que irme de ahí -tenía que huir-.
-¿Em, estás bien? -me miró preocupado.
-Estoy perfecta -sonreí con labios temblorosos.
Huí sin despedirme y sólo caminé. Paso tras paso, dejando todo detrás y sólo pensando en llegar a casa. Caminé decidida y esquivando todo obstáculo. Las lágrimas permanecieron en mis ojos y comenzaron a caer cuando puse a Mía en su cuna. Entré en mi pieza y cerré la puerta tras de mí. Podía sentir cómo todo me lastimaba, cómo mi entorno me dañaba y quería liberarme de todo.
Revisé el bolso de la beba buscando algunos papeles que había guardado allí en el apuro de largarme del parcial. Me topé con un papel dorado y una pequeña nota: Estuvimos paseando con Mía y descubrimos este hermoso disco. Que lo disfrutes y nos vemos pronto. Luca. Rompí el papel y vi a Peter Allen sonriéndome. Una de sus canciones había sido magia durante mi infancia y ahora me trasportaba tiempo atrás. Puse el disco y con su canción lloré... Lloré libre y sin presiones, lloré para sacar todo fuera y decir ¡basta!
“Cuando las cosas marchan mal, uno descubre que por lo general acostumbran a ir de mal en peor, pero cuando las cosas por fin empiezan a ir bien, a menudo mejoran y mejoran sin parar.”
“Las Crónicas de Narnia: El Sobrino del Mago” de C. S. Lewis