Pasado, presente, futuro. Tres caminos: una vida.

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domingo, 16 de febrero de 2014

8.02 - Emma

Los colores se mezclaban violentamente y la fuerza se apoderaba de mi obra. Había energía en mis dedos y podía sentirla fluir hasta llegar a la punta del lápiz. Toda la semana el cielo había sido escenario de una gran batalla: la lluvia y el sol no querían dar el brazo a torcer y el arco iris intentaba en vano oficiar de mediador. El clima había generado en mí una violenta sensación que debía manifestar en el exterior; en el papel. Un poderoso tornado se acercaba peligrosamente a una pequeña ciudad que había avanzado en beneficio del tan codiciado progreso y que estaba adornada con altos edificios y un gran avance tecnológico que se respiraba en el aire. Podía ser la más evolucionada de las sociedades pero la naturaleza podía arrasar en poco tiempo con los grandes logros y recordarles su propio origen.
Suspiré al ver mi cuadro terminado y apagué la música. Me recosté en la cama y comencé a pensar. Ese día era sólo para mí y aún no había decidido qué hacer. Debía estudiar un poco pero la mayor parte del tiempo me pertenecía, debía aprovecharlo al máximo. Había comenzado de la mejor manera, jugando con los colores en el papel y no sabía cómo seguir. Estudiaría a la noche pues la luna me sentaba bien para concentrarme.
Se acercaba el mediodía y tampoco quería quedarme en casa a almorzar. Las comidas en familia nunca habían sido de mi agrado y, después de la charla con mi padre, estaba segura que los gritos no tardarían en aparecer.
Miré mi celular; necesitaba saber cuánto tiempo disponía. Tres nuevos mensajes, rezaba la pantalla. Mi teléfono no funcionaba realmente como un medio de comunicación. Su misión principal era informarme la hora y molestarme cuando mis padres necesitaban algo de mí. No tenía nadie que me llamara pues Elías y Rosa se comunicaban directamente a casa. Nunca había sido muy fanática de la tecnología y el celular significaba una gran irritación en la mayoría de los casos. No tenía sentido que mi buzón almacenara tantos mensajes y me fue fácil suponer que la empresa que había contratado me enviaba propagandas inservibles.
Abrí el primero y un número desconocido se apropió de la dirección del emisario: tenemos que salir uno de estos dias, no see nada d tu vida. Seguro se habían equivocado. Podes contestarme? No te hagas la mala, salgamos. Esos mensajes no estaban dirigidos a mí, se habían equivocado sin lugar a dudas. Disculpa, soy Luca. Mi corazón dio un brinco y mi exterior permaneció frío e inamovible. ¿Cómo había conseguido mi celular? Sólo había una respuesta factible, la mamá de Agustín le había dado mi número.
-¡Emma! -gritaron a lo lejos.
-¡¿Qué querés?! -respondí a mi molesta madre.
-¡Necesito que vayas a comprar comida!
Sólo había una forma de escapar y debía aprovecharla. Te veo en una hora en España y el río, respondí. Me abrigué rápidamente, tomé algo de dinero y guardé mi mp3. Abrí la puerta y me escabullí hasta la entrada.
-No puedo, Elisa. Salgo con un amigo, vengo a la noche -le dije mientras partía.
-¿Por qué no avisás ant..?
No dejé que terminara de hablar. Quería huir de allí y no podía dar pie a quejas. Mis oídos se maravillaron con la voz de Florence Welch entonando las notas de una de las mejores canciones que Florence + the Machine podía tener: Shake It Out.
“And I've been a fool and I've been blind
I can never leave the past behind
I can see no way, I can see no way
I'm always dragging that horse around”
Sus palabras me guiaron hasta mi destino, lejos de mi hogar pero no lo suficiente como para convencerme de tomar un colectivo. Mis piernas estaban entrenadas para largas distancias y mi mente necesitaba recorrer el sendero. Sentía fuertes deseos de alejarme por mi propia voluntad de ese mar de problemas en el que se había convertido mi hogar. Mi cabeza me exigía huir y escapar de los problemas, negar mi realidad y crear una fantasía de mi propia autoría. Cuando caminaba solía pensar que mi vida no era mía sino una mala broma de mi atropellada mente y que realmente mi realidad era absolutamente distinta.
Mi realidad no real era más bella que la que me golpeaba todas las mañanas al apoyar mis pies en el suelo. Solía pensar que vivía sola y que Lira y un pequeño cachorro adoptado recientemente eran mi única familia. Solía imaginar que trabajaba en la biblioteca y que los fines de semana en la noche me presentaba en bares cantando con una banda que había formado en el último tiempo. Solía alejar todos mis problemas al caminar porque los dejaba atrás. Mis pasos me guiaban lejos de la telaraña que me apresaba y asfixiaba. Me alejaban de la mierda a la que me había acostumbrado pero rechazaba siempre que podía.
El parque lucía desolado, realmente no había notado que no sólo estaba fresco sino también nublado. Luca no había llegado y dudada que realmente lo lograra. Me senté y abracé mis rodillas. El río era mecido suavemente por el viento y el gris del cielo lograba que todo luciera más apagado y real. Comenzaba a dudar que viniera. Había creído ingenuamente que respondería a un mensaje tan violento y directo con una sonrisa y compañía. No tenía derecho a pedirle eso, no podía exigirle nada.

-Perdón por la demora -murmuró al sentarse a mi lado-. Fui a comprar algo de comida. Supuse que no habías comido -sonrió.
Dejó una pizza y una gaseosa en el suelo. No lo había notado pero comenzaba a tener hambre y el olor a comida no ayudaba.
-¿Querés que la comamos ahora? Recién la compré y está calentita -comentó.
-Me parece perfecto -respondí y ataqué una tentadora porción-. ¿No tenías nada que hacer? -pregunté irritantemente.
-Me pediste que viniera y acá estoy -respondió-. ¿Cómo estás?
-Bien -miré el río que cada vez era agitado más fuerte por el viento, ya no lo acariciaba ahora lo violentaba.
-Me alegro -sonrió.
Terminamos de comer la pizza en silencio. No sé qué buscaba él pero yo estaba bien así; era el precio que pagaba por huir de mi realidad.
-¿Cómo te va en la facultad? -murmuró- No es que realmente me agrade tu decisión pero... la respeto.
-Me va bien -comenté desganada-. En unas semanas empiezo con los finales.
-Que horrible -expresó.
-Sí -asentí, no quería hablar, sólo quería estar.
-¿Para qué me dijiste que viniera? -preguntó dejando a un lado la caja de pizza y la botella de gaseosa vacía.
-Tenía que alejarme de casa -contesté-. Acá se está mejor que allá... En cualquier lugar se está mejor que allá.
-Eso no es una respuesta.
-Te usé para irme a la mierda -murmuré-. Yo diría que es una buena respuesta.
-Podrías haber mentido pero no lo hiciste...
No podía refutárselo porque estaba en lo cierto.
-Preferiste salir conmigo en vez de vagar por la ciudad... -murmuró- y sé que solés hacer eso.
-¿Y vos cómo lo sabés?
-Porque lo hacías cuando estabas en el secundario... Quizás no lo recordés pero nos cruzamos varias veces por la ciudad.
-No te quería hacer sentir mal después de los mensajes que me mandaste.
-¡Emma! No empecés otra vez con eso de herirme porque no te va a salir bien -se quejó-. ¿Tan difícil te es aceptar que querías algo de compañía?
-No quería compañía -me irrité-. Quería estar sola, disfruto mucho de mi soledad. ¿Eso solía hacerlo cuando estaba en el secundario?
Una gota recorrió mi rostro y otras no tardaron en unírseles. Comenzó a llover pero no me moví de allí. Quería que el agua acariciara mi piel y me cubriera de frío y temblores. Quería tener algo más en qué pensar y el frío helaba todo mi alrededor. Él tampoco se movió de mi lado y sólo guardó silencio. No tenía porqué quedarse bajo el agua, no tenía porque enfriarse con fuertes posibilidades de enfermarse pero aún así permanecía a mi lado.
-No estás sola, Em -susurró algo fuerte porque la lluvia no permitía oír bien-. Tenés mucha gente que te quiere a tu alrededor pero no te das cuenta -continuó-. No tiene nada de malo querer compañía y menos pedirla.
-Pues yo no la quiero, yo quiero sólo estar sola -casi le grité.
-¡Emma! -me gritó y volteó- Perdoname...
Sus labios se unieron a los míos y sus brazos me cubrieron. El frío estaba desapareciendo de mi ser y el calor que producía nuestro contacto comenzaba a apoderarse de mí. Nos separamos y rápidamente apoyé mi cabeza en su hombro, no quería verlo pero no quería que se fuera. Quería quedarme allí, apresaba entre sus brazos, prisionera de su calor. El calor humano que todos tenían pero yo creía mi ser había dejado de producir. Me abrazó con más fuerzas y la lluvia y su protección me permitieron llorar. Mi cuerpo descargaba la tristeza pero no sentía que realmente llorara porque las gotas y mis lágrimas se unían en el recorrido. Me alejé de todo y sólo sus brazos y mi cuerpo poblaron mi mente.
And it's hard to dance with a devil on your back
so shake him off.

domingo, 10 de noviembre de 2013

5.03 - Emma

Desperté con el sol acariciando mi rostro y una pequeña brisa entrando por mi ventana. Solía molestarme cuando la olvidaba abierta, puesto que despertaba resfriada y enferma, pero ese día todo relucía y una luz especial iluminaba mi cuarto. Mi cuerpo estaba relajado y mis músculos habían descansado lo justo y necesario en aquella cama que tantas noches de mierda había presenciado. Ese lunes el día me sonreía y podía sentirlo -estaba feliz-. Era como uno de esos días en que todo me salía a la perfección -el único en todo el año-. Me incorporé y me cambié; tenía un parcial y no podía esperar a sacármelo de encima. Estaba completamente segura de que me iría bien -¿cómo podía irme mal?- ya que había estudiado toda la semana y estaba preparada para hacer mi último esfuerzo y decirle adiós a Matemática I -al menos al cursado-. Aún debía enfrentarme al final pero confiaba en mí, nada podía fallar.
Me arreglé y desayuné mientras repasaba un poco, no debía confiarme demasiado porque me podía jugar en contra. Bien sabía yo que eso ya me había pasado y no iba a permitir que ocurriera de nuevo. Sonreí y observé a mi alrededor: la decoración de mi casa no era de mi agrado pero sí adoraba tenerla sólo para mí. Rendía a las 8 y mis padres ya se habían largado -habiendo dejado a mi hermano en el colegio y a Mía en lo de Estela-. Estaba absolutamente sola y eso me tranquilizaba, nadie me molestaría por los pocos minutos que allí permanecería. No discutiría antes de ir a cursar, no cambiaría pañales, no cocinaría el desayuno, no calentaría la mamadera, no me enojaría... Sólo respiraría en paz porque sabía que sólo yo habitaba la casa y que nadie podía molestar. Los problemas se alejaban y el silencio invadía la escena; en cada habitación sólo había paz. Volví a sonreír como una tonta y miré el reloj, debía marcharme para llegar a horario.
Lavé mi tasa, tomé mi mochila y giré la llave en la cerradura; estaba lista para enfrentar al mundo con una sonrisa en mi rostro. Sin embargo, un llanto me detuvo...

-¿No lo podés callar? -le pregunté a mi tía, odiaba oírlo llorar.
-Está enfermo, Em, ya se va a calmar.
Lo tomó en sus brazos y lo meció un poco mientras tarareaba una dulce melodía que yo adoraba puesto que solía cantármela cuando me sentía mal. Suspiré mientras ajustaba mi colita, quería jugar pero mi hermano acaparaba toda la atención de mi tía.
-Dejalo en la cuna y vamos a cantar -tironeé de su vestido.
Sus ojos me encontraron y sonrieron, vieron en mí a una niña que sólo buscaba divertirse y veía estropeado su momento por un bebé que, todos le decían, era su hermano.
-Hagamos algo, traeme la guitarra y cantamos acá, ¿te parece? -me guiñó un ojo y yo salí corriendo.
Traje la guitarra criolla y se la di. Tomás ya dormía en la cuna y ella me esperaba sentada en el piso, como siempre hacía. Tocó unos pocos acordes y me enseñó la letra de una nueva canción, ella era la autora y buscaba una opinión sobre su creación. Para cuando terminamos de cantar ya sabía qué tenía que decir.
-¡Me encanta! -reí sonoramente y Tomi me imitó.
-Parece que tu hermano se siente mejor.
Me asomé a la cuna y pude ver su rostro lleno de puntitos rojos. Estaba enfermo pero la música parecía haberlo aliviado.
-Tu canción lo curó -le dije, estaba convencida de los poderes sobrenaturales de las canciones de mi tía.
-No, fue tu voz -sonrió-. Los hermanos mayores cuidan y protegen a los pequeños, parece que vos descubriste cómo ayudarlo -acarició mi cabeza y desacomodó mi peinado.
-Yo lo voy a cuidar siempre -tomé su pequeña mano y le sonreí.

Mis ojos se abrieron cuanto pudieron y mi sonrisa se volvió una mueca de odio, ¿acaso la habían olvidado? ¿la había olvidado? ¿Cómo podían haberse olvidado de su hija? ¿por qué lo había hecho? El asqueroso ruido seguía de fondo mientras yo trataba de comprender qué estaba pasando. Mi padre dejaba a Tomás en la escuela y a Mía con una amiga -una mujer que no me agradaba-. Entonces ¿por qué la escuchaba llorar cuando debía estar en otro lugar?
Subí las escaleras apurada, no tenía tiempo para perder. Tomé un bolso y guardé lo que necesitaría para cuidar a Mía: pañales, una muda de ropa, la mamadera, una toalla y un juguete para que se entretuviera. Rió cuando la levantaba de la cuna y la vestía después de cambiarle el pañal. ¡No podían haberla olvidado, no tenían derecho a hacerlo ese día! Saqué el coche a la calle y caminé rápido hasta llegar a la facultad. Me encargué de que la beba no durmiera así lo hacía durante el parcial -no estaba dispuesta a desperdiciar mi tiempo de estudio-. Iba a rendir sin importar nada y ella no iba a impedírmelo. Mi día había empezado bien y no iba a terminar mal.
Entré al salón y, sin querer, azoté la puerta. Todos levantaron su cara para mirarme y la bronca comenzó a apoderarse de mi cuerpo. Caminé, con el coche adelante mío, hasta el final del salón -para mi suerte había un asiento libre-. Acomodé mis cosas en el banco y bajo la mirada de todos hice dormir a Mía; luego de tomar la mamadera no tardó mucho en desvanecerse. Algunos volvieron a preocuparse por sus exámenes pero otros siguieron observándome. Gracias a la política de la universidad no podían impedirme ingresar con mi hermana -dejaban que cualquiera entrara así que no podían negarme nada-. El profesor caminó hasta mi lugar y dejó el parcial en mi banco, no sin antes observar detenidamente a la criatura inmóvil que reposaba mi lado.
-Tienen tiempo hasta las 10 -resaltó el viejo dejando bien en claro que no habría excepciones.
-No necesito tanto, gracias -le sonreí con diversión.
Bajé mi rostro y me enfoqué en el papel. No estaba segura de lo que había dicho, eran las 8.30 y dudaba llegar a terminar todo antes de las 10 pero no soportaba que me presionara así. Era una de las mejores estudiantes y, al parecer, no podían perdonarme una tardanza ni una beba en el salón. Alejé todos los pensamientos que me desviaban de mi meta: aprobar Matemática I. Había terminado todos los ejercicios pero al revisar noté que había cometido un error. Miré el reloj: se me acababa el tiempo. Tachar, un número aquí, un número allá, una suma errada a corregir y todo marchaba bien... Me detuve, ¿se había movido?

Levanté mi rostro y dejé de leer. Me pareció que su mano se movió y tardé varios minutos antes de darme cuenta de que había sido mi imaginación o las estúpidas esperanzas que seguía manteniendo. No estaba en coma pero sí estaba muy mal. La quimioterapia arrasaba con todas sus fuerzas y moverse no era una tarea fácil para alguien en un estado tan débil.
-Disculpá, no quise interrumpir el relato -le dije al recordar cuánto le enfadaba que me detuviera cuando leía-. “...Era el bosque más silencioso que se pueda imaginar. No había pájaros, ni insectos, ni animales, y no soplaba el viento. Casi se podía sentir cómo crecían los árboles. El estanque del que acababa de salir no era el único. Había docenas de estanques, uno cada pocos metros hasta donde alcanzaban sus ojos, y creía percibir cómo los árboles absorbían el agua con sus raíces. Era un bosque lleno de vida y al intentar describirlo más tarde, Digory siempre decía: «Era un lugar apetitoso: tan apetitoso como un pastel de ciruelas»...”
La miré de nuevo: seguía intacta y eterna. Su pálida piel y la ausencia de su cobrizo cabello decían más de lo que ella hubiera querido decir. Continué sin detenerme hasta finalizar el capítulo. Ese había sido uno de los primeros libros que me había regalado y el primero que habíamos leído juntas.

Volteé y la vi: sus grandes ojos estaban bien abiertos y me miraban expectantes, sus labios estaban separados, su lengua se asomaba divertida y estaba preparada para comenzar a balbucear. Vocalizó -sí, frente a todo mi clase- y muchas cabezas se movieron, incluyendo la de mi docente que, con ojos de hierro, había descubierto al origen de la molestia.
Me fastidié y me levanté. Guardé mis cosas como pude y, con el coche adelante, llegué hasta el gran escritorio. Dejé allí mi parcial y con asco miré a ese anciano que se creía tanto y valía tan poco.
-Esperemos que le haya ido bien -murmuró.
-Yo no espero, yo hago que las cosas pasen -respondí y me largué.
¿Acaso todo marcharía para la mierda ese día? Mi mañana había sido soleada y a medida que el tiempo pasaba todo se oscurecía. Me había ido mal, no podía negarlo, y, para empeorarlo todo, había tratado mal al docente del cual mi nota dependía. Mi gran bocaza se había entrometido y no tenía dudas: aprobar esa materia me costaría más de lo que pensaba.
-¿Es su hija? -susurraron a una mesa de distancia, ¿creían que no los escuchaba?
-Es obvio que sí, son iguales.
La miré: sus ojos eran más grandes que los míos aunque compartíamos el mismo color, su cabello era un poco más oscuro y los pequeños bucles lo poblaban, yo había tenido el mismo pelo de pequeña. No cabía duda, éramos muy parecidas e incluso nuestras sonrisas se asemejaban. Las habíamos sacado de nuestro padre y eso no me agradaba en absoluto.
-Tan joven y con un hijo... Eso es cagarse la vida.
-¿Tendrá un padre?
-Andá a saber, quizás fue una noche y le apareció el bombo. Con eso basta...
Respiré profundo y terminé de tomar mi café, había pedido uno bien cargado puesto que debía espabilarme. Jugué con el pequeño osito color verde -mi primer y único regalo- y Mía no tardó en llevárselo a la boca y babearlo, sonreí y se lo cambié por el chupete.
-¡Una cagada total! -siguieron murmurando entre ellos.
-Se arruinó la vida.
Eran unos idiotas y yo era consciente de que no valían la pena pero aún así me enfadaba el escuchar sus estupideces. ¿No tenían nada más importante para hablar? ¿Yo tenía que ser su tema principal? Ni siquiera me conocían pero me juzgaban como si fueran expertos, ¿acaso sus vidas eran tan miserables y aburridas que yo era lo único divertido sobre lo cual divagar?

Mi tía ya no tenía salida. Creían que no los escuchaba pero podía oírlos murmurar y conspirar. Decían que moriría pronto y ya no quedaba nada por hacer. Fui con mi tía, no quería oírlos porque no podían estar hablando en serio, ¡no podían dejarla morir! Tomé el libro y seguí leyendo, me faltaba poco para terminarlo.
-“...y la voz más profunda e impetuosa que había oído jamás empezó a decir: Narnia, Narnia, Narnia, despierta. Ama. Piensa. Habla. Sed Árboles Andantes. Sed Bestias Parlantes. Sed Aguas Divinas...”
Bajé el libro y lo apoyé en mi regazo. Lo sabía, ya lo sabía y aún me negaba a aceptarlo. Las lágrimas brotaron solas, no podía detenerlas y tampoco quería hacerlo. Quería dejarme llevar, liberarme por unos instantes de tanto dolor. La cabeza me dolía horrores y mi corazón daba fuertes golpes dentro de mi pecho, quería huir de allí y acabar con tanto sufrimiento. Mi tía me había abandonado...

-¡Basta! -grité y todos, incluso quienes atendían el bar, me miraron.
Había bloqueado demasiado, estaba harta de recordar. Me había forzado a no hacerlo, todo el día lo había hecho pero no había bastado. ¿Por qué tenía que soportarlo? ¡No quería revivir aquellos días! Había ignorado los recuerdos pero al parecer mi mente no jugaría mi juego, poco a poco quebraba el muro y rasgaba la piel.
-¡Ella no es mi hija! -me enfurecí y Mía se asustó, sus ojitos brillaron y supe que podía sentir la tensión en el ambiente.
Descargaría en ellos todo lo que dentro mío se estaba formando. Me acerqué a la mesa donde se debatía sobre mi vida y miré uno a uno a quienes participaban. Sus rostros se deformaron en pánico. ¿Tanto miedo generaba?
-¿Por qué no hablan sobre sus vidas en vez de meterse en la de los demás? ¿Por qué no preguntan en vez de pensar estupideces? Ella -la señalé y algo en mí se quebró- no es mi hija pero estaría orgullosa si lo fuera -su nariz se puso colorada y sus cejas se arquearon en señal de tristeza-. Voy a tener un hijo cuando yo quiera tenerlo -la alcé en mis brazos cuando el llanto comenzó-, no cuando la sociedad crea que es correcto.
La abracé contra mi cuerpo y arrojé el gran bolso al coche. Salí del bar dejando atrás rostros curiosos, divertidos, asustados e irritados -lo cual no me molestaba en lo más mínimo-. Aún tenía que cursar una materia pero no pasaría por lo mismo otra vez. Me encaminé hacia mi colegio: sólo había una persona que podía ayudarme y sabía que podía contar con ella... Me detuve en seco: mi tía me había abandonado...

-Estoy buscando a Luca Salvatore -le dije a la portera del Superior con temor a que me reconociera pero, al parecer, desconocía quién era.
-Tenés suerte, recién pasó a la sala de profesores -me señaló por dónde debía ir, claro que yo ya sabía dónde podía encontrarlo.
Acosté a Mía en el coche y la tapé con una frazadita de soles y lunas, estaba fresco para una beba tan pequeña. Por supuesto, cuando uno va por la vida con un bebé todos -absolutamente todos- los rostros te observan. Parecen ser juguetes que nadie se cansa de mirar y malcriar. Muchos miraron el coche y exclamaron el típico “ahh” que los niños siempre generan.
-Es una preciosura -dijo la portera-. ¿Cuánto tiempo tiene?
-Seis meses -respondí fríamente y entré, ignorándola por completo, por el pasillo que me conduciría a mi salvador.
No habíamos hablado desde el sábado pero confiaba en que la relación estuviera bien -o al menos no destruida-. En realidad no había motivos para que estuviéramos mal pero el no habernos comunicado en casi una semana después de nuestro encuentro me ponía algo histérica, ¿acaso seríamos amigos o sólo nos veríamos esporádicamente cada vez que se presentara la ocasión?
Me asomé por la puerta y vi a dos profesores que yo había tenido. Hablé mientras rogaba que no se dieran cuenta de quién era.
-¿Luca? -lo llamé por lo bajo y un joven profesor con camisa y pantalón negro se dio vuelta.
Llevaba una carpeta en sus manos y una corbata un tanto desajustada en su cuello. Debía haber estado trabajando desde temprano porque su aspecto lucía algo desprolijo -aunque no por eso menos atractivo-.
-¿Emma? -respondió con una sonrisa en sus finos y seductores labios.
-Necesito tu ayuda -exclamé tratando de sonar sincera, pedir favores no era habitual en mí y cuando lo hacía solía estropear el momento.
-¡Mirá esa ternurita! -dijo la mujer y se acercó al coche para verla más de cerca.
Era mi ex-profesora de historia con unas arrugas de más. ¿Tan desapercibida había pasado que no me recordaba?
-Es muy linda, Lu -añadió el otro profesor, el cual me había dado clases de física.
-Bella como la madre, no hay dudas -resaltó la vieja intentando ganarse mi simpatía, un intento estúpido.
-Y nada parecida al padre, ¿estás seguro que es tuya? -bromeó el hombre, mis ojos se abrieron cuanto pudieron y Luca lo notó.
-No es suya -respondí incómodo y molesta-. Tampoco es mía -enmudecieron sin saber qué decir-. Es mi hermana -expliqué antes de que se pusieran histéricos.
Se disculparon y se marcharon sin saludar. Veía cómo les importaban sus estudiantes, ninguno había visto en mí a una ex-alumna, ¿sólo había sido un número en la planilla? ¿Un número que debían completar con más números? ¿Un número que tenían que calificar sin importar la persona? ¿Había sido un número como cualquier otro? No me habían reconocido en lo más mínimo, al parecer les importaban una mierda sus estudiantes y sólo podía hacerme una pregunta: ¿para qué se habían dedicado a la docencia?
-¿Emma? -me llamó Lu.
-Disculpá -comencé- pero tengo que pedirte un favor -le confesé-. No sé si tenés que seguir trabajando pero pensé que si no estabas ocupado podías encargarte de Mía por una o dos horas, tengo que ir a cursar y ya hice un papelón.
-Tenés suerte, el curso que me tocaba se fue de excursión a la Bolsa de Comercio así que estoy libre hasta el mediodía.
-En mi época no nos llevaban de paseo a ningún lado.
-¿En tu época? -rió- Apenas hace dos años que te graduaste, sigue siendo tu época -me dedicó una sonrisa-. Las cosas cambiaron bastante.
Tomé a Mía y la sacudí suavemente, tenía que despertarla -era increíble la rapidez con que se dormía- para que conociera a Luca. Sus ojitos se abrieron y sus manos buscaron mi trenza, adoraba llevársela a la boca -en realidad adoraba llevarse todo a la boca-.
-Te quedan bien los niños -dijo y yo lo ignoré.
-Mía, él es Luca, te va a cuidar y yo voy a volver en un rato a buscarte -le dije a la beba y Lu la alzó.
No lloró ni hizo un berrinche, sólo se acomodó con la cabeza en el hombro de él y se durmió. La meció un poco y le tarareó una dulce melodía.
-A vos también te quedan bien los niños -me aventuré a decir y le provoqué una sonrisa.
Le dejé el bolso con todas las cosas de Mía y me marché.

La clase fue sumamente aburrida y para cuando llegó la hora de irnos pude ver cómo todos murmuraban sobre mí. Sabía perfectamente que lo que había hecho en el bar había sido esparcido por todo el lugar pero no tenía interés en averiguar si los rumores relataban la verdad. Había escuchado varias versiones pero ninguna que me molestase. Dejé que siguieran nadando en el aire y salí del salón.
-¡Emma! -un joven gritó en la lejanía, ¿cómo sabía mi nombre?
-¿Qué necesitás? -pregunté con crudeza, no sería el primero que me pedía algún ejercicio resuelto para los prácticos.
-Quería pedirte disculpas por lo que dijeron hoy mis compañeros -explicó y pude verlo, él había estado en esa mesa, él había sido uno de los protagonistas de la escena que había montado-. No tenían derecho a hablar así, ellos ni siquiera te conocen.
-¿Y vos sí? ¿Vos sí me conocés? -me le acerqué, teníamos la misma altura pero yo estaba mucho más erguida y podía asustar más.
-Cursamos el secundario juntos -respondió-. ¿No te acordás de mí?
Lo observé. La realidad era que nunca le había prestado atención a los varones de mi curso porque todos eran unos idiotas y no veía provechoso relacionarme con ellos.
-Soy Tobías -me informó al darse cuenta de que no tenía la menor idea de quién era-. Se ve que no fui un gran personaje en el colegio -bromeó y a mí no me generó gracia así que se puso serio al notarlo.
-Nos vemos por los pasillos entonces.
Me marché, sólo podía pensar en una cosa: buscar a Mía y llevarla a casa. Caminé rápido y entré al colegio sin siquiera saludar a la mujer de la entrada. Fui directo a la sala de profesores pero me detuve antes de entrar. Unas notas musicales llegaron a mis oídos y una melodía que conocía muy bien apuntó a mi corazón. Una suave voz cantaba y una chillona voz reía.
-Hola -saludé al abrir la puerta y Luca calló-. Es una hermosa canción -las lágrimas se agolparon en mis ojos pero no cayeron, todo estaba bajo control.
-When everything old is new again de Peter Allen. Tiene una bella melodía -respondió y se acercó, iba a abrazarme pero yo me adelanté y lo esquivé.
Tomé el coche y el bolso. Tenía que irme de ahí -tenía que huir-.
-¿Em, estás bien? -me miró preocupado.
-Estoy perfecta -sonreí con labios temblorosos.
Huí sin despedirme y sólo caminé. Paso tras paso, dejando todo detrás y sólo pensando en llegar a casa. Caminé decidida y esquivando todo obstáculo. Las lágrimas permanecieron en mis ojos y comenzaron a caer cuando puse a Mía en su cuna. Entré en mi pieza y cerré la puerta tras de mí. Podía sentir cómo todo me lastimaba, cómo mi entorno me dañaba y quería liberarme de todo.
Revisé el bolso de la beba buscando algunos papeles que había guardado allí en el apuro de largarme del parcial. Me topé con un papel dorado y una pequeña nota: Estuvimos paseando con Mía y descubrimos este hermoso disco. Que lo disfrutes y nos vemos pronto. Luca. Rompí el papel y vi a Peter Allen sonriéndome. Una de sus canciones había sido magia durante mi infancia y ahora me trasportaba tiempo atrás. Puse el disco y con su canción lloré... Lloré libre y sin presiones, lloré para sacar todo fuera y decir ¡basta!
“Cuando las cosas marchan mal, uno descubre que por lo general acostumbran a ir de mal en peor, pero cuando las cosas por fin empiezan a ir bien, a menudo mejoran y mejoran sin parar.”
“Las Crónicas de Narnia: El Sobrino del Mago” de C. S. Lewis

domingo, 29 de septiembre de 2013

4.01 - Emma

Pasó de su cuarto al baño, se escabulló en su habitación de vuelta y luego se encerró en el baño otra vez. Cada vez que tenía que salir Tomás se tomaba su tiempo para llevar a cabo ese ritual que tanto lo divertía y entusiasmaba. Sonreí mientras acariciaba a Lira y ella se paseaba entre mis dedos -me ponía feliz verlo así-. Para cuando Tomi se me unió lucía como todo un caballerito: se había perfumado y había elegido una delicada camisa y el mejor jean que tenía. Siempre era la misma historia con él: el pequeño vestía sus mejores ropas y yo me encargaba de llevar ropa cómoda y para ensuciar en un bolso. Después de todo sólo era un niño y, si bien sus hábitos eran bastantes peculiares, correr y ensuciarse seguía formando parte de su vida. Adoraba curar sus heridas rodillas las pocas ocasiones en que eso ocurría. Esas pequeñas heridas eran parte de la vida, del crecimiento y del disfrute, ¿por qué debían ser algo malo? Las raspaduras y moretones significaban que Tomás estaba creciendo como cualquier niño de su edad. Lo cierto es que generaba más temor no verlos.
Guardé unas hojas de dibujo, un cuaderno con unos textos de la facultad y mi cartuchera llena de todo lo que podría llegar a necesitar. Tendría que pasar allí al menos tres horas y debía entretenerme de alguna forma puesto que socializar no era de mi interés. También guardé una muda de ropa para Tomás. Miré a mi padre sentado en el sillón frente a la televisión. Un control remoto en su mano derecha y una cerveza en la otra bastaba para alienarlo y mantenerlo en un estado de lejanía escalofriante para aquellos que lo desconocían. Para mí esa imagen era parte de mi ruta diaria y en la pintura de mi vida su rigidez y su falta de emoción eran sólo un detalle al borde del cuadro. Podía estar como no, su ausencia era igual a su presencia y su existencia no significaba nada -quizás un número más, un cero innecesario e inservible-. ¿Acaso alguien vivía dentro de ese cuerpo o tiempo atrás su ser había dejado abandonada esa cápsula de carne y pelo?
-Ya estoy lista, Em -Tomi me alejó de mis pensamientos tironeando de mi campera.
-Vamos entonces -le sacudí su corto cabello y él trató de acomodarlo sin mucho éxito.
-Papá... -su rostro se movió pero sus ojos no se despegaron de la pantalla, de la colorida y brillante imagen- Me voy con Tomi, vamos al cumple de Agus. Es en Funes así que llegaremos tipo cuatro o cinco.
Su cabeza se sacudió en señal de afirmación y su boca pronunció torpemente unas pocas palabras: tengan... cuidado... manden sal... saludos... pásenla lindo...
-Andá saliendo, Tom, yo ya voy -se alejó y yo me acerqué al asiento donde un ente reposaba-. Si tanto querés que la pase bien podés molestarte en ir con él. ¡Sé su padre de una vez! ¿Acaso no te importa? -murmuré con bronca, sabía que su desinterés hería a Tomi.
-Hago lo que puedo -me miró y sus ojos lucieron tan extraños para pertenecer a una persona con la cual había vivido toda mi vida-. Ya es grande para que yo le esté atrás.
-¡Claro que no! Es un niño de 8 años que busca que le estén atrás, lo necesita como cualquier hijo necesita a su padre.
-Es mi problema, ¿de acuerdo? -sus ojos se endurecieron, no parecía haber vuelta atrás- Es mi hijo y yo hago lo que quiero.
-Es mi hermano y pienso cuidarlo. Yo nunca te tuve pero él no tiene porqué pasar por lo mismo -enfurecí.
Su boca se abrió con la intención de reprochar pero prefirió callar -siempre prefería callar-.
-Hablaremos luego -murmuró.
-Con vos todo siempre queda para después. ¿Qué mierda te pasó para que seas tan mal padre? -le dije sin lograr un gran cambio en él.
No respondió así que me largué sin decir más, con toda la ira en mi garganta y con bronca en mi sangre.

Los árboles y las amplias llanuras verdes comenzaron a aparecer a nuestros alrededores. Tomás miraba maravillado el campo y yo escuchaba música con mi Mp3. Black Bird inundaba mis oídos y yo no podía evitar imaginarme allá afuera, del otro lado del vidrio. Me veía parada mirando los autos pasar, sintiendo ninguna preocupación tan solo pensando en estar. Allí afuera, sin presiones y sólo libertad... libertad para hacer lo que mi corazón quisiese. Pintar, escuchar música, leer e incluso cantar. Sí, poco a poco me acostumbraba a la idea. Aunque dolía pensar en eso, una fracción de mi cerebro lo hacía. Suspiré y la pude ver. Lejos, oculta detrás de unos pocos árboles y feliz una pequeña ardilla comía una avellana. Los colores adquirieron ciertos matices animados y todo se convirtió en un gran dibujo, en una gran pintura. Al principio los colores eran los reales, los verdaderos, los honestos pero poco a poco se mezclaban y se divertían dejándolo todo al revés. Los árboles adoptaban el color celeste del cielo y los grandes troncos se teñían de gris como la ardilla. El verde se le adhería a la última y las nubes se teñían de marrón. Sin embargo, la lógica dentro de ese sinsentido comenzó a perderse por completo. Los colores lilas, rojos y fucsias poblaron la escena y todo fue, por unos pequeños momentos, un gran paisaje fantástico lleno de grandes misterios y de magia. Dejé de prestarle atención, sabía que podría conservar la imagen en mi mente hasta el momento de plasmarlo en el papel.
-¿Falta mucho? -preguntó Tomi después de que me sacara los auriculares.
-No, apenas unas cuatro garitas -sonrió-. Tuvieron suerte de que les tocara un día tan lindo.
El sol se asomaba amablemente afuera y, si bien el viento permanecía, el frío no era mortal como podría haberlo sido para esa época del año.
-¿Tendrán cancha para jugar al fútbol?
-Probablemente -reí-. Igual no vas a poder jugar con esa ropa.
-Sé que me trajiste ropa más cómoda -sonrió ampliamente-. Te conozco mucho.
-Así parece, peque -desacomodé su peinado otra vez.
-También sé que lo retaste a papá...
Lo miré. ¿Acaso en su pequeña cabeza de crío de ocho años cabía mencionar la discusión que habíamos tenido con Luis? Tal vez no en la cabeza de otro niño de esa edad pero sí en la suya.
-No lo reté -señalé-. Sólo expresé mi punto de vista.
-No quiero que me defiendas. Estoy bien así.
-No, Tom. Podrías tener un muy buen padre y una muy buena madre pero te tocaron ellos -remarqué-. Me gustaría que tuvieras una mejor infancia de la que yo tuve.
-Pareciera que no te das cuenta que aunque vos tuviste esa infancia que tanto odiás sos una gran persona hoy en día -comentó generándome un gran asombro, nunca dejaría de sorprenderme.
-No sé si haya tenido mucho que ver con ellos... -le espeté mientras sus ojos se tornaban más sabios- Creo que tuve alguna que otra persona para que me guiara -pensé y esta vez el dolor no fue tan fuerte, fue tolerable.
-Yo también tengo alguien para que me guíe, ¿no te parece?
Sabía que se refería a mí pero me daba algo de pánico pensar que yo me había convertido en su ejemplo a seguir. No porque no fuera un buen ejemplo pero sí porque eso depositaba una gran responsabilidad en mí. Una que iba más allá de llevarlo al colegio, ayudarlo con la tarea o llevarlo a un cumpleaños. Implicaba que yo me había convertido en mi tía... Implicaba que dependía de mí y, si bien me era difícil admitirlo, así había sido desde su más inocente niñez.
-Ya nos tenemos que bajar -atiné a decir cuando vi que nos acercábamos a nuestra parada.
Caminamos unos cuantos pasos y los gritos de unos niños y un poco de música divertida nos confirmaron que íbamos por el camino correcto. El sol acariciaba mi rostro y recorría mi cabello, era un hermoso día para disfrutar del aire libre. Entramos en un pequeño terreno poblado por un verde césped. Por un lado, había una gran construcción blanca con puertas de vidrio corredizas. Dentro unas amplias mesas, algunas para niños y otras para adultos, estaban decoradas con coloridos manteles. En la otra región, una pequeña cancha de fútbol donde unos niños corrían captó la atención de Tomás y sus ojos no se desprendieron de ella. Sonreí al verlo cautivado por tan bella imagen. Sin embargo, seguí recorriendo el paisaje hasta reconocer a la madre de Agustín.
-Emma, tenía miedo que se perdieran en el camino. No estaba segura si Agus les había dado bien los datos -sonrió apenas me acerqué.
Nos conocíamos. En todos los actos escolares yo ocupaba un lugar en la sección de los padres y siempre me sentaba con ella. Era la única que me caía bien. No haciendo demasiadas preguntas y sólo siendo amable.
-Parece que nos informó bien -le sonreí-. ¿Dónde está el cumpleañero?
-Anda corriendo por ahí con sus amigos -señaló la canchita-. Podés ir con él, Tomi.
El niño le sonrió y salió corriendo. Sus piernas le pedían ejercitarse y estaba en el lugar indicado para hacerlo.
-Yo después lo saludo, no quiero molestarlo.
-Vení que te llevo a tu mesa -me guió hasta dentro de la casa-. Aquí están los primos de Agus. Te podés sentar con ellos -me guiñó un ojo y se marchó a seguir saludando a los invitados.
Me senté y saludé por cortesía. Tendrían entre 25 y 35 años y absolutamente todos estaban acompañados por sus parejas. No me detuve ni siquiera a conversar y tampoco me importó si lucía antipática -honestamente creo que ni deben haberlo notado porque siguieron atendiendo a sus novios-. Saqué una hoja y me puse a dibujar, la imagen estaba fresca pero pronto mi mente olvidaría algunos detalles que yo disfrutaba trazar en la hoja -no quería que eso pasara-. Los colores cobraron vida y mi paisaje quedó esbozado en poco tiempo. Había que retocar, siempre había algo que arreglar. Comencé a hacerlo, a presionar con más fuerza los lápices y a darle mayor brillo a los colores. Al mismo tiempo, comía chisitos y papitas.
Cuando mi dibujo comenzaba a convencerme sentí una molesta presencia detrás. Alguien me observaba o peor, observaba lo que estaba haciendo. Empezaba a irritarme, sentía sus ojos siguiendo mi mano, persiguiendo todos mis movimientos e investigando mi accionar. Su respiración acarició mi cuello y me volteé preparada para atacar -de manera elegante- a quien había colmado mi paciencia.
Ahí fue cuando lo vi. ¡Tenía que estar ahí, él tenía que estar ahí..!
Mi primera reacción fue detenerme. No imaginaba encontrarlo allí por nada del mundo, me había tomado completamente por sorpresa y por unos momentos pensé qué hacer. ¿Debía saludarlo cortésmente, después de todo estaba en un cumpleaños, e invitarlo a sentar? ¿Debía ignorarlo, voltear y seguir con mi dibujo? ¿Debía agredirlo y hacerle un gran escándalo? ¿Debía abrazarlo porque lo había extrañado? ¿Qué debía hacer?
-Hola -sonrió ampliamente como un niño.
Sus dientes blancos parecieron cautivarme por unos instantes y el poco bello que cubría su barbilla me pareció extremadamente sexy y atractivo. Sus pelos revueltos caían en todas las direcciones posibles y sus anteojos lo hacían ver tan intelectual.
-Hola -respondí para luego voltearme y seguir dibujando.
Sus ojos se alejaron y él se sentó al lado mío. Saludó a los demás y comió y bebió un poco.
-¿Qué hacés acá? -pregunté sin dejar de dibujar pero encargándome que los demás no me escucharan.
-Soy el tío de Agus -me guiñó un ojo-. Vos viniste con Tomi, ¿eh?
-Sí -contesté fríamente.
Qué cruel que era el destino, qué feas trampas nos ponía y cómo nos tentaba. Para cuando terminé mi dibujo él seguía mirándome. Lucía algo alegre e incluso divertido. Quizás encontraba entretenido el haberme cruzado allí o sencillamente se comportaba así fuera del salón, fuera de su yo profesor. Solía comportarse cálido y cercano, él había sido uno de los pocos con los cuales había logrado compartir gran parte de mis pensamientos pero las cosas habían cambiado. Hacía años no ejercitaba esa actividad: charlar con seriedad sobre lo que pasaba en mi vida, meditar sobre mi accionar. No estaba dispuesta a comenzar a hacerlo allí y tampoco con él.
-No sabía que dibujabas tan bien -dijo mientras guardaba la hoja.
-Gracias -respondí como un reflejo.
-¡Emma! ¡Emma! -gritaron a la distancia.
Tomás venía corriendo en mi dirección. Sonreí al verlo: su camisa lucía un poco desarreglada y sus pelos volaban al viento.
-¿Querés tu ropa? -le pregunté y él asintió.
-¡Luca! -dijo al verlo.
-¿En qué andás, enano?
-Voy a jugar al fútbol -mostró sus dientes formando una gran sonrisa.
-No creo que puedas con esa ropa.
-Yo le dije lo mismo -le di lo que necesitaba-. Preguntá dónde está el baño y cambiate.
Huyó a gran velocidad. En ese lugar había cosas más divertidas para hacer que pasar el tiempo con su hermana mayor y un profesor de música con el cual no había tenido gran relación. Me acomodé en el asiento y comencé a sacar las cosas de la facultad, tenía que pasar el tiempo y distraerme. No estaba dispuesta a relacionarme con él... Quería pero no estaba dispuesta a hacerlo. Sin embargo, él tenía otros planes y me lo hizo saber.
-¡No me hagás esto, Emma! -me dijo- Estuve esperando que terminaras de dibujar y ahora te vas a entretener estudiando... -tomó mis apuntes y los ojeó- ¿Estás estudiando esto?
Se los saqué de las manos bruscamente. ¿Qué sabía él de mí? ¿Por haber compartido algunas clases privadas de canto creía conocerme? ¿Creía tener derecho a opinar sobre lo que hacía? ¡No, por supuesto que no! Yo no le había otorgado ese privilegio.
-Lo que yo estudie es mi problema, Luca -me enfadé.
-No podés negarte tanto... Amás tu arte pero perdés tu tiempo con... con fríos e inútiles números.
Sencillamente se había pasado. No tenía ningún derecho a recriminarme nada y, si bien nuestras voces se mantenían bajas, el aire que nos unía se sentía tenso y molesto.
-Es mi asunto, no el tuyo -sentencié.
-¿Qué nos pasó, Em? -preguntó aunque no sé si buscaba una respuesta de mi parte.
Tom me dio su ropa y yo la guardé. Lo mismo hice con mis cosas de la facultad. Me levanté y comencé a caminar. No quería sentarme a su lado, su sola presencia me molestaba. Veía en él todo lo que hacía tiempo venía bloqueando y rechazando.
-¿A dónde vas?
-A caminar por ahí... Vuelvo a buscar a Tomi -dije y seguí mi paso, no me detendría por él.
La verdad desconocía por completo la zona así que sólo me dediqué a caminar para el lado contrario a la ruta. Encontré un pequeño sector lleno de pasto y me recosté allí. No quería hacer cosas para la facultad. Sólo podía pensar en lo inoportuna que había sido la presencia de Luca. ¿Cómo iba a sospechar que él era el tío de Agustín? Ni en un millón de años lo hubiera descubierto.
Cerré mis ojos y me dejé llevar por la suave brisa. El sol calentaba mi cuerpo y el frío parecía no tener cabida en esa pequeña zona pintada de verde y celeste cielo. ¡Qué fastidio! Sólo pensar en sus palabras me hería e irritaba.
-Emma... -su voz, otra vez él, ¿acaso no pensaba dejarme en paz?
-¿Qué querés? -esbocé sin siquiera abrir los ojos.
-¿Podemos hablar? Ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos la última vez y cuando nos vimos esta semana casi que no me diste lugar a decir nada.
-No quiero hablar con vos.
-¿Qué te hice para que estés tan enojada conmigo? -se sentó y sentí su piel cerca mío.
-No estoy enojada, ¿de acuerdo? -me levanté torpemente con mi cara molesta, con mi típica mirada asesina.
-Puedo notarlo -comentó y reí.
¿Me había reído? Sí, lo había hecho. Era culpable e internamente no me sentía mal por ello. Había sido una forma de aflojar la tensión, de romper el bloque y sentirme más relajada, más yo -como solía ocurrir cuando estaba con él-.
-Está bien, estaba molesta -admití-. Y sigo estando un poco irritada. Es solo que después de tanto tiempo sin vernos... Hay cosas que me fueron muy difícil dejar y vos... Nunca más nos vimos... No era correcto...
-Em, somos adultos y sabemos perfectamente qué fue lo que pasó -señaló-. No estaba bien que estuviéramos juntos, no era ético... Intenté llamarte cuando terminaste el secundario pero nunca contestaste...
-Yo... Lo siento, las cosas se pusieron complicadas, no quería agregar más quilombo a mi vida.
-Nunca llegaste a compartir mucho conmigo -enunció con algo de dolor.
-Fuiste con quien más cosas compartí después de mi... -callé.
-No necesitás contarme nada que no quieras, Em. Sólo quiero saber cómo has estado, qué ha pasado en tu vida, porqué te dedicaste a eso -señaló con asco el bolso.
-Eso fue una elección...
-Estoy seguro que no fue tuya. Ambos sabemos que lo odiás...
-Hablemos de otra cosa.
-¿Seguiste cantando al menos?
-¿Por qué preguntás esas cosas? -me levanté dispuesta a marcharme.
-Voy a seguirte a donde vayas, Em, así que yo que vos me quedaría.
Lo miré, sabía que estaba dispuesto a hacerlo así que desistí. Me recosté, saqué mis auriculares y me puse a escuchar música. Lo vi moverse y acostarse a mi lado. No le presté atención, no me molestaría, sólo debía viajar a ese mundo hecho de música donde nada importaba.
-Let me riddle you a ditty it’s just an itty bitty little thing on my mind.
About a boy and a girl trying to take on the world one kiss at a time.
Now the funny thing about, ain’t a story without it, but the story is mine.
And I wish you could say, that it ended just fine...
La letra de Happily Ever After de He Is We me permitía ignorar mi entorno y sólo sentir lo que la música permitía. Allí, en mi mundo de notas musicales desconocidas para mí la felicidad era plena y la molestia desaparecía. Sin embargo, no todo era perfecto. Con solo retirar un auricular de mis oídos mi universo desaparecía y era tragado por el vacío sonoro del resto del mundo.
-Seguís teniendo una hermosa voz -su cercanía me produjo escalofríos.
¿Había cantado?
-No podés no arruinar un momento, ¿verdad? Va contra tu naturaleza, ¿no?
-Basta ya con esas estupideces, Emma. Pasamos mucho tiempo juntos años atrás y nunca tuvimos tantas peleas como en estos pocos minutos de convivencia -se enfadó-. ¿Podemos tan solo sentarnos y hablar un poco?
Me quedé anonadada, simplemente estupefacta y le hice caso. Me senté y traté de serenarme.
-Contame vos de tu vida, así no me irrito por tus preguntas.
-Me parece justo -sonrió-. Sigo en el Superior, trabajo también en la escuela de música e intento formar una banda con unos amigos.
-Bastante ocupado.
-No tanto en realidad, si uno se organiza tiene tiempo para todo -me miró fijo a los ojos por unos instantes y continuó-. Estuve de novio -algo se movió dentro mío-. Casi un año... Se fue a vivir al extranjero y yo no estaba dispuesto a seguirla... Terminamos...
-¿La extrañás?
¿Por qué preguntaba eso? No quería realmente saber si la extrañaba, no me interesaba para nada su historia romántica -no con otra chica que no fuera yo al menos-.
-No en realidad -suspiró-. Fue lo que fue y terminó cuando tuvo que terminar.
-¿Algo más que haya pasado?
Esa pregunta podía traducirse en: cambiemos de tema, no me interesa saber nada de tu antigua novia.
-No que recuerde -sonrió y nos mantuvimos en silencio.
Yo me entretuve cortando el pasto y doblando ramitas y hojitas. Me sentía bien, algo alterada pero bien.
-Elisa tuvo otra hija hace poco, conseguí trabajo en la biblioteca Argentina, seguí pintando, no practiqué mucho canto, me hice amiga de un compañero de trabajo, sigo detestando a mis padres, empecé a estudiar Contabilidad este año -escupí trabando cada una de las sílabas pero a la mayor velocidad que me era posible.
-¡Eso sí que es mucha información! -rió.
-Yo... -mis ojos se abrieron como platos.
¿Qué acababa de hacer? Había soltado mi lengua, había dicho demasiado, no con muchos detalles pero sí con datos certeros. Me había liberado -aunque aún me quedaba mucho por dejar ir-.
-No pasa nada, Em... Aunque sí me preocupa que hayas elegidos los números.
Esa vez no me molestó su comentario, de hecho, me dio el pie perfecto para hablar, para explicarle qué había pasado.
-En realidad lo hice para molestar a mi madre... Me insistía que eligiera una carrera y opté por la de sus sueños, quería que me envidiara por ser eso que ella nunca pudo ser... Suena estúpido, lo sé.
-Cada uno tiene sus formas de lidiar con las cosas, algunas pueden ser más alocadas y otras quizás más comunes -corrió mi mechón turquesa para despejar mi cara-. Lo que no entiendo es porqué dejaste de cantar. Te gustaba, yo lo sé.
-No me ha dejado de gustar, sólo no he encontrado el tiempo.
-El tiempo está ahí, siempre te espera porque en realidad el tiempo te pertenece a vos y a nadie más. Sólo hay que organizarse.
-Te extrañaba, Luca...
-Yo también.
Se acostó y yo apoyé mi cabeza en su pecho, no era habitual en mí pero era agradable esa sensación que recorría todo mi ser. Mi cabeza danzada al ritmo de su respiración y el calor de su cuerpo se transmitía al mío. Tomó mi mano y yo no rechacé su caricia. Yo quería estar ahí y no me molestaba admitirlo... ¿O sí? No, no me molestaba...
Author of the moment, can you tell me do I end up, do I end up happy?