Pasado, presente, futuro. Tres caminos: una vida.

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lunes, 6 de enero de 2014

7.01 - Martín

La Vita Strangiato — “Danforth & Pape”

  

 

El viernes pasado el mediodía, tras haberle entregado el avance a Pozzini esa misma mañana, cada uno volvió a su grupo original durante el almuerzo en Hipertensión. Mientras Teresa comía, cabizbaja, a una histérica de distancia de Amanda, Fernando —sentado entre María Vistarini y Bruno Stecchi— devoraba con una sonrisa alegremente indiferente su hamburguesa con queso y dulce. Martín, sin acabar de preguntarse porqué había decidido no regresar al bar de la esquina de la escuela, comió solo antes de volver a casa.

 

El horario pactado por Celeste, en primera instancia, había sido un ambiguo «tipo nueve», con opción a definirlo en caso de que le interesase —y sí que le interesaba. Escribirle fue lo primero que hizo tras atravesar el jardín-pasillo que daba a su departamento.

---Che

>>Me copa lo del sabado, tengo q llevar algo?

La chica se tomó (su tiempo) unas tres horas para responderle. A las siete de la tarde,  su voz, impresa muda en la ventana de chat, le pasó la dirección de su departamento y le indicó que llevase la gaseosa más grande que pudiera encontrar. Le comentó —siempre entre “:P”s— que pedirían pizza y le pidió que le dijera su gusto preferido así podía tener todo listo en caso de que los invitados se tardasen y los lugares cerraran.

---sos un poco maniatica no te parece? xD

---nah, simplemente m gusta tener todo calculado.

---pero es un sabado! Las pizzerias no van a cerrar hasta muuuuuuuuuy taaarde!

---cuando hagamos joda en TU casa hablamos :P ---Martín sintió que el corazón le daba un vuelco. ---Hasta tanto, mi casa mis reglas :P

La conversación acabó un par de líneas después, con el horario definido de las 21:30 y un abrazo.

Martín cerró el explorador y se distanció con lentitud de la notebook. La habitación estaba en silencio; del resto de la casa sólo le llegaba el correteo psicópata de General, a lo largo y ancho del living. No había adultos responsables a la vista —la estancia estaba vacía. Podía hacer que estallaran los parlantes, pero no se sentía de humor. Había escuchado Grace Under Pressure de principio a fin unas dieciocho veces y no le apetecía volver a poner By-Tor & the Snow Dog. Se sentía con la falta de voluntad suficiente como para escuchar algo de lo que le había robado a Cito.

Volvió a acerarse a la computadora y, con los dedos a milímetros del teclado, sintió repentinamente la necesidad de cubrirse con la campera blanca. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y tuvo que refugiarse en el colgante del Hombre y la Estrella, cerrando el puño sobre él —haciendo caso omiso del pinchazo con el metal puntiagudo y presionando hasta que sus dedos dejaron de dolerle y pasaron a entumecerse. Sólo entonces pudo buscar entre las carpetas. Dejó pasar «Cats» y se decidió por una que decía «Company». Sonaba agradable. Compañía, ¿no? Mientras elegía entre los siete discos disponibles, se preguntó si se refería a personas o a una empresa. Eligió la grabación londinense de 1972, planteándose que podían ser personas en una empresa.

Echó un vistazo a los nombres de las canciones. No entendía ni la mitad. Uno de ellos, no obstante, le llamó la atención. The Ladies Who Lunch. Se exprimió el cerebro para intentar traducirlo. Si tenía “The” y “Who” en el título, y había sido grabado en los setenta, quizá fuera bueno.

—¡Las señorasque almuerzan! —exclamó con un dejo de orgullo en la voz mientras la seleccionaba.

Música lenta, y de repente una vieja empezó a hablar incluso más lento. Martín frunció el entrecejo. ¿Qué carajos escuchaba su amigo? No había nadie cantando ahí. ¿No se suponía que la gente cantaba sobre la música? No, se dijo de repente; la señora estaba, en efecto, cantando. Extendía un poco las notas quebradas, gritadas. Era algo extrañísimo. Se acercó al parlante. No entendía ni la mitad de nada, pero aquel discurso en jeringoso sonaba interesante. Al momento la música empezó a subir su intensidad para luego bajar sin gracia, como una montaña rusa para personas con problemas cardíacos. La señora que almorzaba (¿tendría ella los problemas cardíacos?) se había calmado, pero algo en la voz de aquella mujer seguía repicando, algo que nunca antes había oído en ningún otro lugar. Se acercaba bastante a lo que oía en las partes lentas de 2112, pero lo excedía (dramática) kilométricamente.

Sacudió la cabeza y pausó la canción. ¿No tenía su amigo nada que no le trastocara el cerebro? Suspiró. No obstante, aquel disco tenía algo extraño y atrayente que el de los gatos carecía —algo que no dejaba de hacerle un ruido familiar. La idea de la canela resurgió de las profundidades de su mente como un acceso de vómito psíquico, decidiéndolo a escucharlo todo, desde el principio. Se abalanzó sobre la pantalla del reproductor. Había algo de Cito en aquel disco que Martín ansiaba recuperar.

La primera pista, Company, empezó con unos buenos golpes y luego unas voces se susurraron —esta vez claramente cantando—, persiguiéndose de un parlante a otro. Y unos veinte segundos después fue locura cruda. Debía haber al menos una docena de cantantes, todos arrojando versos como granadas y huyendo cuerpo tierra a sus trincheras para que luego otros salieran y dieran unos escopetazos antes de volver a guarecerse. Por unos momentos, alternado la mirada entre las salidas del equipo de sonido, Martín pensó que su mente simplemente colapsaría, pero aún así no se atrevió a pararlo. Las voces se unieron en un coro (casi) uniforme y luego una sola tomó el relevo. Respiró tranquilo, apenas notando que comenzaba a agradarle. Y entonces la locura regresó. ¿Cómo podía Cito disfrutar semejante cosa? Mientras cada cual hacía su gracia, paseándose entre los cinco diferentes parlantes del home theatre, Martín recordó que Teresa había definido su música como «gritos sobre ruido». ¿Cuán alejado estaba esto de su definición? La gente no gritaba, no, pero no había melodía distinguible. No, se dijo, había demasiadas. Contrapunto, era un violento contrapunto lo que le atacaba los oídos, le paralizaba el brazo y le producía un escozor detrás de las orejas.

Tragó saliva y se acomodó en la silla de escritorio. Le... ¿le gustaba?

 

***

 

La música rock se escuchaba a dos manzanas de distancia y poseía la misma y particular vibración con la que las señoras almorzaban, con lo cual, dedujo, no era sencillamente rock. La canción, ininteligible pero pegadiza, sólo podía tener una posible procedencia.

—Comedias musicales —masculló Martín sin pensarlo mientras el elenco londinense de Company le cantaba al oído el cuarto y final reprise de la primera canción. El finale, se dijo con una sonrisa. En un día ya había aprendido lo esencial del vocabulario técnico que su amigo había manejado en secreto hasta hacía dos semanas.

Dobló la esquina, adentrándose en Dorrego y preguntándose a qué le temía exactamente Cito. ¿Por qué se lo había ocultado? Había estado a punto de entrar en colapso nervioso antes de la mitad de Company, y Las señoras que almuerzan, musicalmente hablando, le había producido retorcijones en el estómago, pero no había estado tan mal. No era su música, desde luego, y ni aunque se la martilleara en el cerebro —como llevaba haciendo desde el viernes por la noche— lo sería; pero podría soportarlo de tanto en cuando, de la misma manera que podía aguantarse tres horas de Educación Física a la semana. Sin embargo, algo en su mente hacía ruido cuando Elaine Stritch le pedía que levantase su copa por las señoras que toman antidepresivos. Ese algo replicó, en un tono rasposo y sofocado, que se trataba de una necesidad dormida sacudiéndose los pies entumecidos. Por primera vez sentía que debía saber qué era lo que la gente cantaba, y eso lo inquietaba.

Tocó el timbre y esperó a que una voz metálica le preguntase quién era. El finale finalizó y se quitó los auriculares.

Antes de que pudiese sacar el celular para comprobar si era (políticamente) correcto volver a tocar, un golpe sordo lo sobresaltó. Se giró hacia la calle. Alguien acababa de arrojar un manojo de llaves envuelto en un repasador mugriento. Miró hacia arriba y descubrió una mano que lo saludaba agitándose exageradamente.

—¡Es el B, el que no tiene letra! —le gritó Celeste desde una terraza del tercer piso antes de desaparecer más allá del hormigón sin pintar de otro edificio rústicamente posmoderno.

Dejó la botella de gaseosa en el suelo y recogió el repasador.

 

***

 

Antes de que lograra poner la llave —e incluso que llegara a la puerta—, Celeste abrió de un tirón. Lo recibió con una sonrisa cálida y algo retorcida. Llevaba el cabello recogido en una pañoleta verde brillante y sus brazos, ocultos bajo una túnica con un idéntico motivo, se extendieron ante él; un collar ridículamente largo se sacudía sobre su mono negro y suelto.

—¿Quién soy? —le preguntó, abriendo como psicópata los ojos sobremaquillados y la boca roja de tanto lápiz de labios.

Martín arqueó una ceja y ladeó la cabeza en señal negativa.

—Ni la más mínima idea —replicó.

—Cierto que vos no sabés ni mierda y media de musicales —dijo Celeste, bajando los brazos, pero sin perder el entusiasmo. —Soy Glenn Close interpretando a Norma Desdmond en la única canción de Sunset Boulevard que realmente vale la pena escuchar, ¡With One Look!

Martín dejó escapar una risotada nerviosa y Norma lo tomó de la mano, arrastrándolo dentro. La música pseudo-rock aún hacía vibrar las paredes.

—Estamos escuchando A Freak Like Me Needs Company, del musical de Spider-Man —anunció Celeste.

—¿Hay un musical de Spider-Man? —le preguntó Martín, frunciendo el entrecejo con más preocupación que sorpresa.

—Hay musicales sobre ajedrez y chicas que menstrúan y matan a sus compañeros con rayos láser —explicó la chica cruzándose de brazos en uno de sus gestos desmedidamente dramáticos. —Poné la gaseosa en la heladera y servite algo de todo el copetín barato mientras esperamos a la pizza.

La chica se encaminó fuera de la cocina, abriendo la puerta —revelando así una improvisada pista de baile— pero deteniéndose en el umbral. Se dio la vuelta y le dedicó una sonrisa a Martín. «Con calma», dibujaron sus labios carmesíes antes de desaparecer. El chico suspiró y, tras dejar las llaves sobre la mesada, abrió la heladera. Guardó la botella y enfiló hacia el living, no del todo seguro de querer averiguar qué le esperaba al otro lado de la puerta. Quizá todos los invitados estuviesen en disfraz y él pasaría por el desubicado de turno que había decidido ir de sí mismo. Tomó un vaso de plástico de una bolsa abierta y se lo quedó viendo antes de siquiera atreverse a girar el pomo. Arqueó las cejas. Claro que la dueña de casa no le había advertido nada —y dudaba que Celeste fuese capaz de malicia alguna. Llenó una compotera vacía con una bolsa de papas tamaño industrial y entró.

Una bola disco claramente artesanal enviaba luces de colores en todas direcciones. El sofá del living había sido movido contra una pared, junto a una mesa de jardín y otra de café, ambas cargadas con botellas medio vacías y vasos usados y olvidados. La gente —una veintena— vestía de civil; la única que se destacaba era Celeste, que saltaba al compás de la música agitando el collar y la túnica. La música de Spider-Man había acabado y rock convencional inundaba ahora la pista de baile. Dejó la compotera en la mesita de café y se sirvió un poco de gaseosa.

—¿Nada más fuerte? —le preguntó un chico a sus espaldas, y Martín se dio la vuelta.

Lo primero que tuvo tiempo de pensar —incluso antes de darse cuenta de qué le estaba hablando— fue qué carajos hacía alguien con una bufanda dentro de la casa. Incluso con el aire acondicionado encendido, la concentración de gente agitándose como condenada hacía subir la temperatura a los límites de lo soportable. Y allí estaba el chico —un rubito, hubiese dicho Cito—, con una bufanda a cuadrillé dándole tres vueltas al cuello.

—No hay Fernet —replicó Martín, encogiéndose de hombros y ofreciéndole una sonrisa gentil. —¿Te sirvo algo?

—Nah, estoy bien —contestó el rubito.

La bufanda se acercó peligrosamente a un vaso con agua mientras el chico se inclinaba para tomar un puñado de chizitos que rápidamente metió en su boca. Acto seguido, sacó la lengua y, enseñándole una amorfa y repugnante masa amarilla, levantó los pulgares en señal afirmativa al tiempo que se adentraba, de espaldas, entre el cúmulo de personas que bailaban y gritaban. Martín lo observó hasta que la bufanda se perdió de vista y finalmente localizó la botella de Fernet. Se sirvió más de lo recomendado —resultando el trago casi demasiado fuerte y amargo para su garganta acostumbrado sólo a chocolatada y gaseosa—, pero la situación lo ameritaba. Bajó medio vaso de un trago y se limpió la boca con la manga de la camisa, preguntándose dónde carajos había ido a meterse.

 

***

 

Lo salvaje de la fiesta se aplacó media hora más tarde, cuando llegó la pizza y todos se abalanzaron sobre las cajas de cartón grasiento. Celeste pasó lista a toda la compañía para Martín, quien asintió, sonrió, besó y estrechó manos en gestos tan gentiles como incómodos. El último al que presentó fue al chico de la bufanda, y Martín estuvo a punto de escupir lo que llevaba de su porción de cantimpalo cuando escuchó el nombre.

—Y este es Kevin —el rubito tosió dramáticamente—, Kev Steller.

—Un… un gusto —replicó Martín, extendiéndole una mano temblorosa.

Kev la tomó y presionó con fuerza, viéndolo directamente a los ojos de una manera (demasiado) particular. Un pensamiento mudo le sugirió a Martín que era casi como si quisiese inyectarle algo de sus irises azules a través de la mirada. No, no inyectar, comunicar. Un relámpago de algo indescriptible atravesó el espacio entre ambos y Martín tuvo que soltarse. Lo sabe, aulló su mente.

—Perdón, me está vibrando el celular —se excusó y, tomando el teléfono, escapó hacia la cocina.

Cerró la puerta tras de sí e inspiró largas bocanadas de aire. Era imposible que supiera que él había entrado en la sesión de Cito. Si Celeste no lo había supuesto, tampoco él. Claro que la chica no había visto la sesión abierta. Pero no. No. No había manera. Tenía que relajarse —tomar un largo vaso de la gaseosa que se enfriaba en la heladera y un puñado de (la masa aforma de saber lo sa be) papas fritas.

 

***

 

La «llamada» duró poco menos de cinco minutos.

Nadie de la compañía volvió la mirada cuando la puerta se abrió. La charla se veía tan interesante y apasionada que Martín dedujo que debían estar sacando mano a alguien que no se encontraba allí —y su mirada fue a buscar directamente a la persona que (sorpresa sorpresa) estaba ausente. Kev Steller, el chico bufanda.

—¿Todo en orden? —le preguntó Celeste, extendiéndole una porción de mozzarella en una servilleta.

—Supongo que sí —replicó Martín, aceptándosela con una sonrisa.

La chica le hizo señas con la cabeza de que la acompañara y ambos se sentaron junto al equipo de música, en el extremo opuesto al grupo de La Forza.

—¿La estás pasando bien? Te traje acá y no conocés a nadie, debe ser bastante incómodo —Celeste se quitó la pañoleta y la dejó sobre su regazo. Se detuvo unos momentos a contemplar con detenimiento el motivo en verde antes de finalizar, levantando una mirada esmeralda inexpresiva hacia Martín. —Disculpame.

El chico sacudió negativamente la cabeza.

—Está bien —dijo cuando finalmente pudo tragar. —Me estoy acostumbrando a socializar. Parecen copados.

Celeste resopló una risita.

—Son unas viles arpías que vienen por la bebida gratis —recogió un vaso de jugo de naranja junto a su silla y bebió un poco. —Quería hacer una fiesta temática con los musicales que Juan amaba y odiaba. Por eso estoy vestida tan ridículamente. A él le encantaba With One Look; nunca se dignó a escuchar el resto de Sunset Boulevard, pero por lo menos esa le gustaba —la chica se acomodó en su asiento, recostándose contra un estante repleto de libros. —Juan decía que todos los musicales de Webber eran una bola de caca —Celeste levantó el dedo índice en el aire y abrió los ojos con violencia, robándole unas risas a Martín—, porque él no decía mierda, vaya uno a saber porqué; pero bueno, una bola de caca excepto por esa canción que la rompía. ¿Ubicás Memory? Todo el mundo ubica Memory, igual que la canción del Fantasma de la Ópera y No llores por mí, Argentina, a eso se refería. A mí personalmente me gustaba el Fantasma, pero nunca me senté a escuchar Sunset Boulevard. Supongo que en memoria a Juan nunca debería hacerlo. ¿Qué te parece?

—Que no entiendo ni la mitad de nada de lo que acabaste de decir —admitió Martín al tiempo que le daba un mordiscón a la pizza.

—¡Demasiados musicales! —exclamó Celeste, incorporándose de un salto y haciendo flamear su túnica como una bandera. —Escuchemos música de personas normales —quitó el pendrive de donde surgía la música con vibración y eligió una emisora de radio al azar. Les llegaron los últimos versos de Rainy Days and Mondays y la chica comentó: —Cortémonos las venas con una sonrisa alegremente melancólica.

Un par de cabezas se dieron la vuelta y los miraron con cejas arqueadas, en un gesto tan similar al que hacían las acólitas de Amanda Grossi que Martín tuvo que apartar la vista. En cuestión de segundos los hermanos Carpenter dieron paso a algo que el chico simplemente tuvo que celebrar. A Passage to Bangkok, la segunda pista de 2112, empezó a sonar y Martín no pudo evitar cantar en un jeringoso afectado tras la introducción oriental. Comenzó silenciosamente y el caudal de su voz fue aumentando a medida que sus ojos se cerraban. Celeste lo observó atentamente, entretenida y algo sorprendida por el look dramático que el chico iba adquiriendo. Con uno de los primeros violentos golpes de la música, Martín elevó la voz y la nota con un falsete admirablemente preciso. Un par de cabezas se dieron la vuelta y rápidamente se giraron nuevamente hacia el círculo de conversación, agitándose en algo entre negación y vergüenza ajena.

Cuando llegó el estribillo, Celeste lo levantó de un tirón y lo arrastró hasta el centro de la habitación, justo debajo de la bola disco. El chico la observó, sorprendido, empezar un dueto:

—We're on the train to Bangkok —Celeste le tendió una mano y Martín, sonriendo, retomó su jeringoso agudo— aboard the Thailand Express. / We'll hit the stops along the way; we only stop for the best!

El estribillo finalizó y hubo unos instantes de silenciosa reverberación en los que ambos sintieron el ardor de las miradas de veinte personas sobre ellos. Celeste recogió la pañoleta y se la ató a Martín al cuello al tiempo que el vocalista —y su coro en vivo— regresaba. Encararon a su picajosa audiencia para el momento en el que el estribillo volvió. El chico siguió los pasos improvisados de su amiga, que lo llevaron a tocar con sentimiento desmedido una guitarra eléctrica invisible para luego, al tiempo que se repetía la introducción oriental, dar unos cómicos pasos de costado, abriendo y cerrando los brazos y las piernas, agitándose tanto la túnica como la pañoleta.

Ya casi sin aliento, entonaron por tercera vez el estribillo y finalmente, mientras sacudían las cabelleras como en un ochentoso concierto de metal, clavaron con envidiable maestría la última nota, continuándola incluso hasta después que Geddy Lee hubiese dejado de chillar.

El público seguía sentado e intercambiaba miradas, dudando acerca de si aplaudir,  abuchear o simplemente volverse a seguir comiendo. Sólo una chica se decidió a felicitarlos, optando por incorporarse y abrazarlos a ambos.

—Buenos agudos —comentó dirigiéndose a Martín, con una sonrisa divertida y una extraña mueca en la boca. —¿Hacés comedias en algún lado?

—No, sólo exhibicionismo musical en fiestas privadas —replicó Celeste por él, guiñándole un ojo. —Parecés un cowboy de bajo presupuesto o un metrosexual de los sesenta.

Martín rió, no ante el chiste —el cual se escapaba de su comprensión, como la mayor parte de lo que salía de la boca de la muchacha—, sino a causa de la adrenalina que pulsaba por evacuarse. El pecho le latía con un sentimiento que jamás había experimentado; se acercaba a los nervios de exponer una clase especial pero lo excedía (kilométrica) dramáticamente. Sus dedos aún vibraban y era extrañamente agradable. Mientras volvía a su asiento, ya con un vaso de gaseosa en la mano, se preguntó si aquella sensación, tan (gloriosa) sencillamente espectacular —en todo lo que esa palabra le representaba ahora—, era lo que su amigo experimentaba cuando hacía comedias musicales. Bebió un sorbo y se dejó caer en la silla junto al equipo. A medida que se adentraba en lo que Cito había visto, oído, y ahora incluso sentido, comprendía menos la necesidad de ocultarlo. ¿No querría compartirlo? Frunció el entrecejo y dejó el vaso en el suelo.

En su mente volvió a sonar Company, con aquella docena de voces queriendo destacarse al mismo tiempo, recordándole a un(a compañía) aula de escuela. Pensó en cómo Teresa había ansiado tanto tener una voz propia y lo tembloroso que había detrás del discurso de yo-macho de Fernando. Observó el grupo que su amigo había compartido dos veces a la semana por sólo Dios sabía cuántos años y en cómo se parecían a las chicas de su curso.

Kev Steller pasó a su lado y le dejó una compotera con chizitos en el momento en que su cabeza empezaba el solo. La bufanda se agitó tras él y una parte de su cuello quedó a la vista. El chico se detuvo en seco y se la levantó en un movimiento (duro) rápido, pero ya era tarde. Martín había alcanzado a ver las terribles marcas de su quemadura.

 

***

 

Se acercaban las tres de la mañana y la mayor parte de los invitados estaban congregados en torno al televisor, viendo con atención evanescente la película de Cats. Martín, por su parte, compartía una gaseosa dietética con Celeste en la seguridad de la cocina.

—Es bastante divertido que compartas los gustos de Juan —comentó la chica mientras rellenaba el cuenco de papas. —Él odiaba esa cosa que están viendo allá.

—¿Entonces por qué lo estás pasando en una fiesta en su honor y memoria?

Celeste suspiró y jugueteó un poco con el collar antes de responder.

—Se suponía que íbamos a verla para reírnos de la falta de trama y coherencia que intenta vincular las canciones —replicó, desviando la mirada al reloj a un lado de la heladera. —Pero parece que nada está saliendo como debería. Después de todo, soy la única ridícula que se disfrazó —procedió a quitarse la túnica, pero se detuvo. —Es raro, veo a esa gente dos veces a la semana desde hace más de cinco años y recién ahora me doy cuenta de que apenas los conozco —hizo una pausa que Martín reconoció no era deliberadamente dramática, y le dirigió una mirada de desconcierto iracundo (que en el caso de que la chica hubiese tenido una nariz aguileña hubiese pasado por una expresión de Glenn Close)— y apenas les importo. Creo que no tengo un solo aliado pasando esa puerta.

—¿Y la chica que nos saludó después que la rompimos con un poco de Rush?

Celeste dejó escapar una risotada y, con la boca aún abierta, se acomodó el carré detrás de las orejas. Martín se descubrió pensando que era un delicioso tic nervioso.

—Esa chica es dulce, pero hasta ahí. Es el tipo de persona que sabe perfectamente quién es y lo que puede hacer, y todo eso sin miedo de llevarse al mundo por delante. Y creeme que lo ha hecho, varias veces. Es la estrellita de La Forza.

—¿Tan terrible es toda esta gente? —Martín se recostó en el respaldo de la silla y cruzó los brazos detrás de la cabeza.

—Es el negocio del espectáculo, baby, matar o morir —explicó Celeste, encorvándose en torno a la mesada que los separaba y sirviéndose más gaseosa. —Dog Eats Dog, como diría Thénardier. ¿Escuchaste Los Miserables? Es la mejor mierda jamás compuesta —aseveró la chica al tiempo que se incorporaba sobre su asiento. —Lo que él te pasaba estaba bien, Tommy, pero no escuchaste música hasta que le preguntan a una chica, en pleno 1832, “en qué anda”.

—¿Y vos conocés todo lo que él me pasaba? —la cuestionó, cruzándose de brazos.

—Conocía Tommy porque hay un profe en La Forza que siempre te pasa musicales copados que uno de otra manera no conocería. Él me hizo escuchar el de la chica que menstrúa y mata a sus compañeros. Y Juan me pasó 2112. El disco me gustó, no es mi estilo, pero me gustó.

—Y sin embargo cantamos E Pasish tu Bancoc en tu living.

Celeste hizo una mueca de sufrimiento y agitó la cabeza.

—No vuelvas a hablar en inglés, por favor —suplicó dramáticamente, entrecerrando los ojos. —No suelo hacer ese tipo de cosas, pero sentí como que tenía que hacerlo. La canción la conozco bien y además estuve obsesionándome con ese disco estas dos semanas. A todo esto, ¿dónde aprendiste a cantar?

—Yo no canto —replicó Martín con una sonrisita avergonzada.

—Cantás —aseveró Celeste. —Pocas veces escuché agudos tan seguros en un hombre. En serio.

—Supongo que gracias —el chico se encogió de hombros y de pronto una idea volvió a su cabeza. —¿Y el chico de la bufanda, no hace agudos él también?

—Quemi es un tema.

—¿Quemi?

—Ouch —la chica echó un vistazo a la puerta y se acercó un poco más a Martín. —Supongo que no vas a volver a ver a esta gente, así que no hay problema si te cuento. Ese chico, Kevin Steller, tuvo un accidente hace un par de años. Fueron fuegos artificiales en las fiestas. Él dice que alguien los encendió mal, pero yo creo que él se la mandó solo. La cuestión es que algo de lo que estaba tirando salió disparado contra él y se le quedó atrapado en la ropa. Casi le destroza todo el cuello —Celeste no pudo evitar llevarse allí las manos. —Se salvó por poco, pero le quedaron unas marcas bastante importantes.

—¿Y ustedes le dicen Quemi? —el comentario salió con más acidez y agresividad de la que Martín había esperado; no era un reproche tonto, era una acusación lo que se le había escapado de los labios.

—Sé que no está bien, pero el chico se hace odiar —Martín notó cómo ni siquiera ella acababa de tragarse su excusa. —Como sea, no tiene muy buenos agudos, pero como es el único que tiene los huevos, va a cantar la canción de Juan para la muestra de mitad de año.

—¿La canción de Juan? —el chico bajó el vaso.

—Memory —replicó Celeste, y volvió a mirar el reloj. —Debe estar por empezar el reprise en este momento. ¿Querés escucharla?

—No voy a entender nada —admitió Martín. —Ya escuchaste mi inglés.

—Pongo los subtítulos —propuso la chica, abandonando la silla. —De paso los molestamos un poco.

Martín tomó los vasos y la acompañó a través de la puerta. Tal como Celeste había calculado, estaban a sólo media canción de Memory. El chico dejó los vasos a un lado del equipo de música y se reunió con su amiga en torno al sofá —ahora vuelto a su lugar original, frente al televisor—, con una compotera en la mano. Celeste le ofreció un almohadón y ambos se sentaron en el suelo. Un gato en algo parecido a un esmoquin terminó de bailar y desapareció en un efecto especial que a Martín le desprendió una risita.

Memory dio inicio, haciendo que todos los presentes giraran las cabezas en una expresión de lastimosa ternura. Celeste apoyó la cabeza en su hombro y el chico tuvo sólo unos segundos para saborearlo antes de que un escalofrío violento le recorriese la espalda.

—¡Poné los subtítulos! —exigió en un grito, hacia nadie en particular.

Uno de los gatos había empezado a hablar, y si bien el inglés era indistinguible, reconocía perfectamente la cadencia. Estaba dando un recitado que ya había oído antes. Celeste se apresuró a localizar el control remoto y buscó el español.

—...y a través de un silencio que con un cuchillo podrías cortar —decía el gato en pantalla—, anuncia al gato que puede ahora resucitar... y en una nueva vida Jellicle regresar.

Una gata raída entró con el primer golpe de la música y Martín apretó la mano de la chica.

—Eso lo decía Cito cada vez que salía de bañarse, después de Gimnasia —musitó, con los ojos imposiblemente abiertos.

—Recuerdos —empezó la gata en una voz quebrada. —Bajo la luz de la luna, deja a tu mente guiarte —los ojos de Martín no podían despegarse de las letras blancas de los subtítulos mientras sus oídos intentaban decodificar, infructuosamente, lo que les llegaba. —Abrete, dejate. / Si descubres lo que la felicidad es, / una vida recomenzará.

El pecho empezó a vibrarle —sintió cómo un agujero negro tomaba forma en la boca de su estómago— y presionó aún más la mano de Celeste dentro de la suya. La chica hizo una leve mueca de dolor y se giró con suavidad para verlo. Tenía los ojos vidriosos y una expresión de algo que rayaba el terror pero lo excedía terriblemente.

—Recuerdos —prosiguió la película. —Sola bajo la luna, / Sonrío a esos días / de belleza y amor —la garganta de Martín se retorció en un nudo violento— Recuerdo cuando sabía qué era ser feliz. / Que el recuerdo vuelva a ser.

A partir de allí ya no pudo seguir (escuchando) leyendo. La vibración rompió todas sus barreras y algo en su mente se rompió. Y con ello llegaron las lágrimas. Había decodificado qué era lo particular que reverberaba en Las señoras que almuerzan, qué obligaba a esas doscientas personas a gritar al mismo tiempo en Company, y, fundamentalmente, qué tenía de interesante Memory. Se avergonzó y sintió ganas de vomitar. No por el ridículo que podría estar pasando, sino por jamás haber tenido la decencia de detenerse a escuchar lo que estaba oyendo. Había algo que excedía a la orquesta y a la voz que la mujer gato pudiese hacer surgir. Estaba en las palabras, esas dichosas palabras que había ignorado por tantos años. Había emoción cruda apenas diferenciada en versos y allí, entre las estrofas y los silencios, entre esos benditos agudos y en toda la vibración estaba Cito. Y era tan glorioso y tan triste que cuando la gata cayó al suelo él también lo hizo, deshecho en lágrimas, incapaz de recomponerse, con la cara envuelta en una película de llanto y moco líquido. Y la canción siguió y, aunque lo deseó con todo su ser —con toda la fuerza de su mente colapsada—, Martín no pudo dejar de escucharla.


domingo, 15 de septiembre de 2013

3.03 - Martín

La Vita Strangiato — “Strangiato Theme”

Todo el pasillo del tercer piso —y parte de la población curiosa de los salones 15, 18 y 17— había atestiguado atentamente la confrontación y posterior enfrentamiento verbal entre un estudiante de quinto y una profesora de música; incluso en la preceptoría se habían acercado a la puerta para escuchar mejor. Habiéndose extendido la entrevista unos momentos más allá del último recreo, la profesora de la asignatura de la séptima y última hora —Historia— también acabaría por enterarse.
Para cuando Martín regresó al aula las caras ya se habían volteado al frente. No obstante, los comentarios —«m a l susurrados»— por lo bajo le confirmaban que la voz ya se había pasado. Le dirigió una mueca de disculpas a la profesora y atravesó el salón. Su nuevo compañero de banco —Bruno Stecchi, uno de los esbirros de María Vistarini— lo miraba con aire expectante, habiendo asumido que, de un día a otro y con sólo ocupar el lugar vacío de la izquierda, se había convertido en su confidente. Abrió con violencia sus ojos rasgados, comunicándole que ¡no podía esperar a que le contara! Se sentó, intentando —infructuosamente— disimular su desprecio. Dejó escapar un suspiro y recordó que en una sonrisa se invierten —«mu chos»— menos músculos que en una expresión de odio —aunque la primera serie de contracciones se le antojara tanto más dolorosa que la segunda. Optó, finalmente, por restregarse la cara con la mano. ¿Qué acababa de pasar?
—¿Qué pasó en el tercer piso? —preguntó Bruno emocionado, tras comprobar que Verdi no iba a escupirlo por las buenas.
—Una psicótica me abordó por algo que no entendí —dijo Martín a través de su mano, sin dejar de copiar los lineamientos para el examen de Historia que la profesora había escrito en el pizarrón.
—¿En serio? —exclamó su compañero en voz baja, con sus ojitos de cerdo asiático brillando a la expectativa de más.
—En serio —replicó Martín con sequedad, separándose de sus dedos y la hoja para hacer el esfuerzo de concentrarse en lo que acababa de transcribir.
La conversación acabó allí. No obstante, su compañero continuó echándole comentarios y miradas nerviosas y curiosas —como el resto de la clase desde lo que iba de la mañana. Quería creer que para el último módulo ya se habría acostumbrado a ser el foco de esa silenciosa atención, pero cada tanto una ojeada mal disfrazada llegaba a abrumarlo, al punto de descolocarlo de su rezago de realidad. Amanda Grossi no había intentando molestarlo ni hacerlo quedar en ridículo en ninguna clase e incluso sus amiguitas parecían algo desanimadas. Era como si la clase entera se hubiese puesto de acuerdo para desinflarse —como si aquella quietud fuera su retorcida forma de dar el pésame.
Ninguno de sus compañeros le había hablado de Cito directamente. Le dirigían sonrisas rotas, muecas tristes, cejas comprensivas, claro, pero nadie osaba abrir la boca. Mejor así, se dijo con amargura, entornando los ojos sobre el papel. Después de todo, ¿qué tenían para decir? No podían decir que alguna vez se hubiesen detenido a conocerlo. Con una mueca amarga y dejando las consignas nuevamente en el banco, se dijo que, claro, él tampoco lo conocía tanto como —hacía un fin de semana y una muerte horrible atrás— creía.
Queriendo sacudirse las ideas, sacudió la cabeza. Hasta la profesora, escudada detrás de su escritorio metálico y oxidado, lo trataba como si temiera que fuera a romperse —aunque no dejara de observarlo con una mirada ojerosa que no acababa de desprender empatía. Había lástima allí, claro, pero se dijo que no eran por —«juan»— Cito ni por él. Hizo bailar la birome entre sus dedos, preguntándose si los profesores no competirían por los mejores —«promedios»— alumnos y luego, por debajo de su consciencia, se aseguró que lo que aquella despreciable señora añoraba era, sencillamente, ya no poder cagarlo a pedos.
 
***
 
Era lunes, lo que significaba que tenía el espacio de una hora para correr a La Cantina, almorzar y volver a correr —esta vez en dirección al club donde se dictaba la clase de Educación Física. Ejecutó cada paso con solemnidad, en silencio.
Ninguno de sus compañeros iba al bar de la esquina de la escuela: todos preferían el popular local de comida rápida ubicado a cosa de siete cuadras, Hipertensión, donde se podía comer por más del doble de precio el triple de calorías y grasas saturadas. Se alegró de que su compañero de banco decidiera abandonarlo para escoltar a su dueña y acompañar al resto del curso en su peregrinación a aquel sucio tugurio del Glorioso Imperialismo. Él celebraba al sistema desde una silla —«la de siempre»— no atornillada al suelo, con la comida más frugal y económica que su bolsillo nada abultado pudiera encontrar.
Tenía demasiado en qué pensar como para poder sentir la soledad de comer en la mesa que había compartido con Cito por los últimos cinco años. Su mente oscilaba entre el recuerdo siempre presente de —«lafigurade»— Celeste, la pregunta de si quizás no debería haberle dado de comer a —«sucio gato»— General después de haber sido mordido a mitad de su desayuno, otra acerca de qué tema prepararía para la prueba de Historia y, finalmente, la profesora desquiciada que lo había atacado en la escuela. ¿Cómo era que todos sabían quién era y él, muy por el contrario, estaba siempre desorientado? La mujer había enrojecido al punto de que su cara y su pelo —«de loca debería internarse psiquiátrico»— revuelto habían estado a sólo un tono de diferencia. Entre gritos, había mascullado algo acerca de él y la amiga de Cito. El grueso del discurso se había perdido, no debido a sus cada vez más frecuentes nublamientos de cerebro, sino por cómo la profesora al hablar alternaba entre chillidos, gritos mascullados y resoplidos de algo que sonaba como un caballo muriendo lentamente —pero sin demasiados vocablos inteligibles. En efecto, las únicas palabras que había comprendido habían sido “Verdi” y “Celeste”, aunque la última la había pronunciado con una ch en lugar de la c normal —pero, claro, aquella señora no podía ser normal, tampoco.
En el transcurso entre limpiarse los restos de carlitos que habían quedado atrapados en su miserable bigotito de —«cuando fue la ultima vez»— semana y media y volver a pasar por la fachada de la escuela, una idea salió a la luz, tan cegadora como el sol quebrando las sombras nacientes de —«oh tan poe ti co»— pasado el mediodía. Había vuelto a Celeste y el chiste de “Mi Velorio”, pero la risa no se había desencadenado. Su expresión, en cambio, se había petrificado. La bibliotecaria, aulló su mente con tal fiereza que tuvo que voltearse para asegurarse de que nadie lo hubiese oído. Le había tomado los datos antes de darle el libro de —«aida aida celeste no cheleste aida— Verdi; había encontrado la hoja de partitura entre las páginas y se la había entregado a la bibliotecaria. ¿Podía ser que la profesora fuera la legítima dueña de ese pentagrama casi destruido?
 
***
 
Costa no hizo reparos en la delicada condición psíquica de Verdi. En su cabecita de troglodita —tanto peor que la de cualquier otro docente de su insufrible asignatura— no existía relación posible entre la muerte de un mejor amigo y correr y golpear pelotas. En cierto sentido, se hubiera dicho Martín en el caso de que algo más que su cuerpo le respondiera, había estado bien. Trotaba como si más allá de la vigésima vuelta lo esperase algo precioso y su puntería ciega había mutado hasta ser violentamente certera; tres compañeros —entre ellos el idiota de junto— habían sufrido las primeras paralíticas voluntarias de Tommy y el profesor había observado boquiabierto cómo convertía doce tantos sin el menor esfuerzo.
Era una máquina corriendo en automático, reflejos e instintos imponiéndose sobre una mente que se había apagado, los párpados bañados en sudor abriéndose para que sus ojos vieran sin ver. El pelo se le pegaba a la frente y se lo corría a un costado a intervalos regulares. Los músculos no le latían, vibraban. No hablaba: gruñía y hacía señas con los brazos. Por el espacio de ochenta minutos, no había articulado pensamiento consciente alguno —sólo un par de imágenes habían desfilado, translúcidas y transparentes a la vez, ante su mirada vacua; canciones se habían reproducido en aleatorio, a través de un sonido hueco.
Al terminar la hora, el silbato del profesor lo despertó del trance y de un golpe en las —«basket bol a»— costillas fue consciente del cansancio y de su cuerpo, que le colgaba del cuello como un —«fiambre»— peso —«como vos»— muerto. Sacudió la cabeza, cubriendo el suelo de aún más gotas de sudor, e intentó enfocar —«que como cuando por-que donde»— su mente. Las duchas. Hizo una mueca al observar cómo sus compañeros desfilaban a la izquierda de la cancha en una masa deforme, adelantándose y alentándose al insultarse entre ellos. Se secó la frente con la campera que jamás se había quitado, recordando que, en una vida pasada, Cito y él se duchaban en el vestuario del ala de los viejos, en el edificio de la derecha, que correspondía al natatorio. A esas horas la clase de aquagym ya había finalizado y no quedaban más sacos de arrugas con pelo —«en to dos lugares posibles menos la cabeza»— cambiándose las desvergonzadas sungas por ropa interior seca. El lugar era enteramente de ellos. Era, se recordó con una especie de cólera sofocada mientras una gota de transpiración le bajaba la frente, atravesaba las cejas y lo golpeaba en el ojo.
De un momento a otro, un pensamiento lo hizo estremecer. Jamás había visto a otro hombre —«las pornos no cuentan»— desnudo. Cito, siempre acelerado, se adelantaba y, antes de que Martín pudiera conseguir quitarse la remera empapada, ya se había envuelto en una toalla y entrado en el último cubículo, haciendo malabares con la botella de champú y la jabonera. A él le tomaba una vida y media ducharse y, para cuando acababa, su amigo lo estaba esperando al otro lado de la puerta, seco y en su mundo musical de auriculares —con la vista ausente, ajeno a las fluctuaciones del universo conocido.
Mientras simplemente se quedaba allí, con la transpiración resbalándole por la mejilla —mezclándose con lo que, estaba seguro, podía ser una lágrima o dos—, otro recuerdo destelló en su memoria. Era del único año en que había estado en el equipo de natación, a los ocho. A la salida de su primera clase, con el cuerpo goteando sólo un poco más de lo que entonces mojaba la cancha, el nadador —«luis pedro juan no juan no manual manuel»— estrella se le había acercado. Era ancho de hombros y, a la derecha de los labios —conectando el área de la boca con sus cachetes abultados—, tenía una cicatriz en forma de ojo que lo observaba. Su piel opaca era la única que no brillaba con el agua y el sol. Tenía los dedos de los pies muy abiertos, como si temiera que fuera a formarse una membrana entre ellos, y los de su mano estaban cerrados en puños que se había clavado a la cintura. En retrospectiva, se veía ridículo, y su sunga naranja hacía de su figura algo casi hilarante, pero había aún allí un algo que le erizaba los pelos mojados de la nuca. Aquel chico goteaba autoridad y podía olerla con la misma claridad que a la canela.
—Te esperan las novatadas —reconstruyó su mente en lo que su padre solía llamar “idioma traducción”.
La palabra exacta se había perdido y agradeció al cielo por ello. Si se había ido, debía tener una buena razón. El chico, muy firme, alzándose sobre la última conejera, lo veía a los ojos y, sin perder el contacto visual, ladeaba la cabeza en dirección al umbral más allá del recinto de la pileta. A partir de allí empezaban una serie de —«la de la izquierda»— escaleras que acababan en los vestuarios, donde el resto de —«novatadas ne no te to bata pata pe das dad»— los chicos lo esperaban. Pero él sabía que había otro lugar donde cambiarse, uno que había encontrado por casualidad esa misma tarde, al que podía huir corriendo en la dirección contraria —uno que sabía que sólo él conocía; uno en el que no había nada de eso que no —«quería»— podía volver a decirse.
Dio un paso hacia delante.
Estaba en el último año y ya había pagado su derecho de piso para con su curso, pero de alguna manera no le cabían dudas de que, si se aventuraba en el vestuario de la izquierda, le aguardarían las novatadas. No quiso pensar pero lo hizo igualmente. Volvió a sacudir la cabeza, intentando hacer que las ideas a medio —«cua je ja ji jo ju arse»— formarse se soltaran. Sólo consiguió liberar un par de gotas de sudor más y, finalmente, se giró a la derecha.
 
***
 
Se bañó en relativa tranquilidad —sin poder dejar de echar miradas nerviosas sobre su hombro— y para las cuatro su cabello acabó de secarse con el viento ligero de la tarde. El sol ya había muerto y las nubes hacían un triste esfuerzo por ocupar su lugar en el abovedado sobre su cabeza. Las novatadas se habían ido de su mente, rezagadas a un par de compartimientos de distancia de donde la palabra originaria celebraba una pijamada eterna junto a todo lo que —«quiza»— jamás podría evocar. En sus pensamientos volvía a destacar la bibliotecaria: la sucia rata que le había causado problemas. Atravesó el Shopping del Siglo, entrando por la puerta de Rioja con cada fibra de su ser bajo el trance que había experimentado en Educación Física y saliendo por la de Córdoba hecho una furia plenamente consciente. Quería destriparla. En su mente, destriparla hizo eco, y al cabo de unos momentos —justo antes de cruzarse a la vereda de enfrente—, resonó como “tripa”, que, como una pala psíquica, acabó levantando una ilación oscurecida. Esa mujer había estado en —«mi»— el velorio. Conocía a Cito y, por cómo se estaban dando las cosas, seguramente mucho mejor que él, que tan descaradamente seguía ubicándose como su mejor amigo.
Pasó frente a la Plaza Pringles y, sin voltearse a ver Velatorios Allievi y su ominosa fachada, dejó atrás la calzada y dio cinco pasos por el pavimento. A fin de cuentas, ¿qué sabía de él, aparte de su nombre y que debía de ser el fanático número uno de las canciones 2112 y Pinball Wizard?
Decididamente ciego, no llegó a dar el sexto antes de ser embestido y oír una cacofonía de ruidos y alaridos que no llegaban a acabar antes de volver a comenzar, cada vez más fuertes. Todo dejó de ser durante un instante interminable y en su cabeza se proyectó la bocina que jamás había llegado a escuchar. De repente, perdido en aquel universo ciego, el abdomen, la rodilla y sus cuartos traseros comenzaron a gritar.
—¡Pelotudo! —chilló una voz de chica a una distancia indecible del lugar en el cordón donde había aterrizado. —¿No mirás por dónde...?
El grito —«histérico»— se detuvo en el preciso instante en que logró identificar la corta cabellera rubia. Los ojos de Celeste estaban antinaturalmente abiertos, uniéndose con su boca entreabierta en algo que estaba más allá de la estupefacción. Había entre sus gestos algo que alternaba, indeciso, entre el desprecio y la locura.
—¿No aprendiste nada de lo de Juan, pedazo de idiota? —le espetó, acusándolo con movimientos convulsos de sus brazos raspados, aún en el suelo.
—Creo que no —masculló Martín, casi inaudible, ayudándola a incorporarse.
Corriéndose el pelo detrás de las orejas, continuó insultándolo con un implacable dejo de preocupación bajo cada —«quiza no tan in justo»— adjetivo. Entre los dos levantaron la bicicleta, que se había llevado la menor parte del impacto. Por cómo le ardía la rodilla, estaba seguro que un hilo de sangre debía correrle bajo el jogging. La calza de la chica se había cortado en la pantorrilla, enseñando un pequeño corte enmarcado por un moretón.
—Listo —comunicó Celeste cuando finalmente logró bajar la patita, que se había quedado trabada. —¿Algo que decir en tu defensa o intercambiamos papeles de seguro antes de darte las que te merecés por ser tan estúpidamente imprudente?
Al cruzarse de brazos en uno de sus tantos gestos dramáticos, asegurándole así que —a pesar de los cortes, raspones y el hecho de que podrían haber muerto si hubiesen llegado a caer del lado de los autos y no de la calzada— todo estaba bien entre ellos, su camperita de jean se le corrió debajo y Martín alcanzó a leer parte del estampado de su remera.
—Aida —dijo, entornando los ojos.
—Así es —confirmó ella, soltando los brazos.
—No te veía como una chica de ópera.
Celeste soltó una carcajada al cielo.
—¿Ópera? ¿Yo? Jamás. Igualmente, esto no es de la ópera —se abrió la campera, revelando el estampado completo; sobre las letras, un logo extraño parecía describir a una mujer y un hombre en algo similar a un beso o un enfrentamiento. —Es del musical.
—No, Aida es una ópera —afirmó Martín, torciendo la cabeza y alzando las manos con vehemencia. —Estoy haciendo un trabajo sobre eso.
—Entonces no lo estás haciendo muy bien —terció Celeste, volviendo a cerrar la campera. —En el 2000 se hizo en Broadway, con música de Elton John. Lo vamos a presentar a fin de año. Juan estaba muy emocionado por eso.
Sus ojos se abrieron como platos. De repente todo comenzaba a cobrar alguna clase de sentido para Martín. Cito no podía haber simplemente saltado con la ópera porquesí. Allí tenía su razón: era también una comedia musical. Pero si jamás le había comentado que le interesaban las comedias musicales, ¿por qué arrastrarlo a un trabajo práctico casi al respecto? La ilación se enredó con la pregunta de quién era Elton John y, finalmente, ambas se dispersaron sin cerrarse. ¿Pensaba contarle todo en mitad de una tarde de estudio? Ya se interrogaría por eso después.
—Bueno, te dejo que estoy llegando tarde a La Forza—se montó a la bicicleta y, quitando su freno de mano, explicó: —Es el centro cultural donde hago comedias.
Le sonrió y, con un chasquido de la correa, retomó su pedalear. Antes de bajarse de la calzada trabó los pies y frenó. Se dio la vuelta, sacudiendo su carré rubio, y le preguntó, en un tono tan —«vacío»— inexpresivo que se le hizo sincero. Por primera vez, no estaba interpretando un personaje.
—¿Pensás mucho en el accidente?
Lo tomó por sorpresa. Las palabras se le escaparon y, no pudiendo encontrar otra respuesta, sacudió la cabeza en señal —«bastante»— afirmativa.
—Jugá al Tetris, dicen que disminuye los flashbacks.
Su cabello volvió a ondear y sus pies a pedalear. En algún momento que Martín no había alcanzado a percibir, Celeste se había puesto los auriculares y ahora cantaba a viva voz por Presidente Roca, rumbo a La Forza —donde fuera que eso estuviera.
 
***
 
Una vez Celeste se perdió en el horizonte tras doblar a la izquierda o a la derecha un número indistinguible de cuadras más allá del encontronazo, Martín no volvió la vista a la Biblioteca Argentina. Como si jamás hubiese tenido la intención de entrar, se dio la vuelta y bajó hasta llegar a San Luis. Los auriculares funcionaban como anestésicos para su cerebro; no podía oír sus ideas, lo cual era glorioso. Pasó Dorrego y en Balcarce volvió a Rioja. A media cuadra, como por inercia, se detuvo frente a un local que hacía al menos dos años estaba vacío, sucio y en alquiler. Había huecos en el techo allí donde, acorde a los recuerdos que empezaban a fluir, habían brillado fluorescentes. Más allá del frente vidriado ennegrecido por pintura y polvo, entornando los ojos casi pudo volver a ver los fichines. Sus labios formaron una palabra muda: Arcadia. En una melodía familiar, escuchó el susurro de la voz de Cito en su oreja a través y más allá de sus auriculares:
—At the ballet.
Eso era lo que cantaba apenas entraban, bajito para que no llegase a oírlo —aunque seguramente a sabiendas de que lo hacía. Sintió un escalofrío recorriéndole la espalda y cerró los ojos con firmeza para que aquella sensación le embargara el cuerpo entero. Dio un suspiro quebrado y una lágrima le recorrió el rostro. No se atrevió a volver a abrirlos. En la oscuridad se estaba seguro. Allí las luces aún se encendían, las cosas aún vivían. En el extremo izquierdo, rodeado por todo el sector de juegos de carreras, Mortal Street, invitaba a que apretaras player one start a cambio de —«insert coin»— una ficha. Se trataba de un hack de, básicamente, todo juego de pelea desarrollado a lo largo de los años noventa; cuando jugaban, Cito luchaba siempre con el hijo bastardo de Yoshi y Martín con un experimento de laboratorio en que Ryu, Scorpion y Megaman se habían involucrado para pagar el alquiler de su cabina de juego. La mayor gracia no era la lucha en sí, sino quién lograba trabar primero el sistema y descubrir un nuevo insulto en alemán, detalle del dependiente.
En la otra punta, cerca del mostrador donde se cambiaba dinero de vida real por una existencia de vida virtual, estaba la vieja cabina de Tetris en la que sólo jugaban los padres cuyos hijos habían arrastrado hasta allí. Estaba seguro de que al momento del cierre —en algún momento en que, perdiendo su relativa la inocencia, habían dejado de ir— el récord seguía siendo el de su padre. Sus iniciales, LAV, junto a la fecha de nacimiento de su hijo, 199,697. Y a un lado del Tetris, la más preciada máquina de todo el lugar: el pinball de la película de Tommy. Se pegó al vidrio, como si, desde detrás del temblor de sus párpados, aún pudiera verlo a través de los años. Cito cantaba una versión ridículamente desafinada —pero tan terriblemente sentida— de Pinball Wizard y ambos reían, incluso cuando perdían la bola en jugadas idiotas. Cada tanto, el que no jugaba sacudía la máquina para ayudar al otro, asegurándose de llegar justo hasta la presión máxima antes de que el juego se trabase y empezara a gritar o el alemán los viera y empezase a gritar él. A pesar de la práctica, ninguno de los dos podía escapar de la categoría de pésimo, pero eso —de alguna manera— siempre había estado bien.
Sacó el celular y puso a reproducir el disco de Tommy entero, pero no alcanzó a acallar los recuerdos que lo atacaban. Esta vez no cerró los ojos, sino que los dejó abiertos, perdidos dentro del local abandonado. La música llegó a entonar con su memoria y el aleatorio lo llevó desde la Overture a —«sorpresa sorpresa»— Pinball Wizard. Pudo verlos a ambos allí, proyectados como una diapositiva sobre una tela vieja, jugando en un espacio donde el polvo desaparecía temporalmente, desternillándose de la risa, insultándose mutuamente cuando uno perdía y aún más fuerte cuando el otro ganaba, las semanadas gastadas en tardes tan breves que el tiempo no alcanzaba a medirlas —una dulce inocencia que ya no podía recobrar.
Se despegó del cristal y, con una sonrisa amarga, se dijo que, suponiendo que realmente quisiera acabar con aquellas regresiones tan —«violentas»— intensas, iba a necesitar unas buenas sentadas con el bendito Tetris. Suspiró y volvió a calle San Luis.